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» Clarin
Fecha: 24/01/2026 06:32
Nunca vi morir a nadie; ni a mi madre ni a mi padre, a nadie. Mis hermanas murieron sin que yo me diera cuenta; en el caso de la mayor, Carmela, ella estaba como durmiendo y yo estaba en el cuarto del hospital como si los dos estuviéramos cuidando su silencio. Cuando pasó un tiempo que parecía durar siempre, ese silencio con la hermana, entró una sobrina, observó lo que pasaba en el cuarto y ella me dio la noticia. Era por la mañana y me acuerdo de todos los momentos, como si ella, desde donde estuviera, me dijera que aún no se había muerto, que eso- no iba a ocurrir jamás, que eso no estaba pasando. Mi otra hermana, Candelaria, la más chica, vivió en sus últimos momentos una enorme tristeza, pues un médico sin piedad le dijo en seguida de qué iba a morir y cuándo. Me indignó el médico, como si me hubiera quitado la posibilidad de esperar a que la vida le devolviera a mi hermana la esperanza. Esto que escribo en este instante no lo he escrito nunca, aunque sí lo he contado: pero no lo he escrito. Cuando uno cuenta algo así por escrito es que algo grande ha ocurrido ya como para poderlo decir con la escritura. Lo cierto es que yo llegué al hospital aquella mañana y ella, Candelaria, estaba llorando como si el mar viviera en ella y no tuviera piedad u olas sino lágrimas. El cuarto parecía un ámbito roto por la decepción y por el llanto, todo conspiraba allí contra le esperanza. Desde ese momento ella ya no cesó de llorar, y en gran parte fue porque aquel hombre cumplió con un deber que no tenía sentido: acelerar el ruido de la muerte, cuando todo estaba estaba destinado a ocurrir incluso si él no decía nada. Nunca viví una muerte así, tan anunciada por quien tenía que aliviarla. La muerte de mi madre, la muerte de mi madre Mi madre murió de madrugada y yo no estaba allí. Me avisaron de noche y escuché, al llegar al hospital, el sonido que hacía la camilla, que ya se llevaban a mi madre al otro lado del hospital y de ahí a la última sede de la vida, la despedida, el final, lo que ya era la señal irremediable del recuerdo. En el caso de mi padre, que murió mucho después, lo vi cuando ya estaba sin sentido en el hospital y yo venía de Madrid, donde vivía, donde vivo ahora también, avisado de los últimos días y de las últimas horas. Cuando ya nada se espera. Él respiraba como si estuviera en la habitación de casa dormitando mientras veía las películas del oeste. Entonces un amigo de la infancia, que era uno de los dueños del hospital, me dijo que saliéramos a comer, que había tiempo para mucho rato. Al regreso ya mi padre no tenía respiración ni vida, y esta vez su silencio era un recuerdo sin tiempo, una quietud que a él también le habría asustado. Cuando murió mi madre él me trajo del hospital. El silencio de los dos era ahora el recuerdo de uno solo. Todo esto que ahora cuento es para contar por qué, o cómo, me mantuve siempre lejos de la muerte, como si esta no fuera a ocurrir o al menos no fuera a ocurrir mientras yo estuviera cerca, cerca de la última respiración, cerca del último adiós, cerca aun de la vida. El propósito, siempre lo dije, era tener para siempre el recuerdo de quienes se han ido (de todos los que se han ido) vivo, cercano, perenne. Eso incluye, imagino yo, otro deseo, una sensación más, una manía: que nunca sepa yo mismo que eso esté ocurriendo, que no lo pueda saber nunca, que yo fuera dejando la vida pero sin saber nada del sonido del miedo y de la muerte. Esto que cuento aquí viene porque acaba de morir un gran amigo, un pintor verdadero, un hombre que creía que la muerte le vendría tarde o temprano, y que él la estaría esperando porque esa era una manera de estar con Dios, frente a frente, hablando con él de hombre a hombre, por así decirlo. Este hombre es Cristino de Vera, pintor que tuvo a Dios, y los paisajes de Dios y los paisajes de las grandes llanuras de Castilla, pero también tuvo el recuerdo de su querida isla de Tenerife, cuyo Teide era una bendición más que un recuerdo y cuyo mar era su camino, testigo de todos los hechos de su pintura y de su vida. Supe que iba a morir, y murió, es natural, este último jueves de enero, en medio de una ola madrileña de frío y de silencio, en un hospital al que fui llamado por su mujer, Aurora Ciriza, a la que conocí en los años más extraordinarios de Cristino, cuando no sólo era pintor y, como Kim de la India, el amigo del todo el mundo, sino que era además el que cuidaba las noches y los días de sus amigos como si antes se fueran a ir sin darse cuenta de que morirse requiere una preparación, una mirada al final del trayecto que tú hubieras tenido que cuidar. De él escribí, en vida suya, es decir, cuando él luego podía leer, textos distintos acerca de su misticismo, que no era impostado ni lo sería nunca, pues sus cuadros, en los que están Dios y los hombres y sus paisajes queridos, y también escribí a su muerte. Pero no he dicho nada, lo estoy diciendo ahora, de su muerte, de cómo finalmente fui llamado a su lado cuando ya no sabía él (¿o lo sabía?) que nosotros estábamos allí, sino que éramos una sombra que ya estaba en otra parte, junto con el Dios al que quiso cerca y al que buscó para otros. En ese tránsito al que me llevó Aurora, con Manu Llorente, un periodista que fue también su benefactor, su amigo, yo intenté por todos los medios de decir, de hablar, de contar de lo propio y de lo ajeno, como si él me estuviera oyendo desde el otro lado del mundo y yo estuviera tratando de decir en alto cualquier cosa que le entretuviera. A veces lo miraba de soslayo, sabía que era imposible que me escuchara, pero yo no estaba hablando para él, que ya no estaba, sino que estaba hablando con él cuando, mientras él iba a la playa de su ciudad, Santa Cruz, a asomarse a su juventud y también a su futuro, lo seguía como los chicos se asoman a los maestros. Traté de imaginar que Cristino de Vera fuera otro, que el otro, el vivo, estaría en otro lugar del mundo pintando por primera vez los cuadros que le inspiraran el Greco o sus propias maneras de imaginar la pintura. Claro, quien estaba allí, junto a nosotros, diciendo adiós a todo esto, era Cristino de Vera. Quien no estaba, quien no quería estar, era yo, su amigo, al que él llamaba por las noches para irrumpir en el sonido de la televisión de entonces, un artilugio que él no soportaba y que el no quería imaginar en las casas de sus amigos. Él hablaba, por la noche, por las mañanas, siempre, con Dios y con la pintura, con los lienzos en los que dibujaba, en el aire que le llevaba a su padre, que era, como él, un ser de otro mundo, tan niño como lo fue Cristino. Cuando él tenía noventa años y aun tenía afilados los pinceles, me dijo que tenía miedo de terminar los cuadros que imaginaba. Y yo escribí que él estaba como un hombre al final del trayecto, con miedo de no terminar ese cuadro que soñaba, y que esa era su manera de buscar la paz. Cuando ya Aurora Ciriza, su amor, su amiga, me llamó en la tarde del viernes para decir que él se había ido pensé que no sabría decirle adiós, igual que no quise verlo muriendo. Y por eso escribo ahora de él, porque lo quiero, como a mis padres, como a mis hermanas, como a la vida propia, cerca siempre de la vida. Sobre la firma Newsletter Clarín Newsletter Clarín
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