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» Clarin
Fecha: 24/01/2026 06:21
Los pequeños perros de Miami Beach circulan en carritos para bebés. O, más bien, para perritos pretendidamente humanizados. Transitan aupados por sus maquiavélicos dueños; en esos brazos protectores que los elevan del piso. Sus amos se conciben benévolos por esas decisiones contra natura. Es precisamente maquiavélico simular bondad para aplicar dominio. Aunque ahora se ha dictaminado que Maquiavelo ha muerto. La presunta ternura es una correa sujetadora, wireless, un cordón umbilical atrapador. La correa es invisible, pero ata. Es el sometimiento perfecto. Por alguna razón consistente con el Primer Mundo, aquí los canes -los más menudos- van por las calles levitando en sus cochecitos o a upa. No pisan las veredas impolutas ni levantan sus patas ante los árboles que se les ofrecen en vano. Quizás sufran ese cuidado desmedido que les extirpa su identidad perruna. Algunos usan botitas y gorritos. ¿Cuál será el fin que justifica los medios de transporte de estos perritos miamenses que no pueden mear como todo perro que pretenda ser feliz? Dicho sea de paso, Maquiavelo fue un defensor de la libertad en Florencia. Un republicano genial. Jamás escribió lo que se le atribuye: que el fin justifica los medios. Él escindió la ética cínica de la política, aquella pseudomoral que se exponía desde el Medioevo como proveniente de Dios y que, en rigor, arropaba al Papa y a sus ejércitos pontificios en guerra contra las ciudades-estado que luchaban por su autonomía. De todos modos, la reciente alocución presidencial en Davos; en la que se garantizó la defunción de El Príncipe, abre un campo de interpretaciones variopintas sobre la homologación entre eficiencia y ética. Bilardo la sostendría sin leer la letra chica. Para los anarcocapitalistas, en la teoría, el Estado no tiene razones que justifiquen su intromisión en la vida individual. Maquiavelo, por su parte, admiraba a César Borgia, un poderosísimo lobista del Papa, inescrupuloso y pragmático. Apreciaba, entre otras, una decisión tremenda de Borgia: la estrangulación de los condottieri rebeldes en Senigallia, el 31 de diciembre de 1502. Maquiavelo describe con detalle y admiración cómo Borgia atrajo a los mercenarios condottieri -sus enemigos- con promesas de reconciliación. Mintió. Los esperó, los encerró y sus sicarios los mataron. Vio allí la culminación exitosa de la astucia, la audacia y el control psicológico. Borgia mató a diestra y siniestra. En todo caso, si en efecto Maquiavelo ha muerto, César Borgia vive. Pero lo que opera como un puñetazo en la mandíbula es la contraposición de estos dos mundos: el Primer Mundo y el nuestro. Es un elogio al Primer Mundo, y una herida por el nuestro. Aunque nada es tan simple, y en el norte desarrollado también hay horrores. Intentamos aquí una idealización metodológica del Primer Mundo, para pensar en nuestro mundo. Por las calles de Miami hay automóviles sin conductor. Un estrafalario radar sobre el techo detecta todo mejor que el cerebro humano. Se detienen en los semáforos, respetan la distancia y estacionan. También hay robots que hacen el delivery. Circulan por todas partes con dos pequeños faros que parecen ojitos titilando mientras avanzan hacia las puertas de los domicilios. Con un código PIN se abre el compartimento donde está el pedido. Pero es inevitable: a cada momento llegan las noticias de Argentina. La inseguridad rampante, el verano feroz en Pinamar, la AFA y el curiosísimo cambio de juez en la causa que -tal como va- tranquiliza al "Chiqui" Tapia, enfundado en una fundada sensación de impunidad. Jeremías Monzón, asesinado de 20 puñaladas en Santa Fe, habría sido liquidado por menores de entre 14 y 15 años. Y todavía no se sabe bien qué pasó. Dos mundos. El Primer Mundo y nuestro mundo, donde todos vivimos en vilo. Donde el roce con el otro puede terminar en discusión, en piña artera, en navajazo o en una tramposa causa judicial que cambia de juez como quien hace zapping. Me siento de noche en el umbral de mi alojamiento en Miami, adonde estoy por razones académicas y laborales, sin el temor que tendría en Buenos Aires. Se me acerca una mujer con un hermoso galgo italiano (Italian Greyhound). No lo lleva a upa. El perrito es elegantísimo, ágil; él sí está libre. Su dueña me cuenta que Devil (Diablo) pasa seis meses aquí y seis en Inglaterra. Vive todo el año en la misma temperatura. Recuerdo a mi perro en Argentina, en el conurbano oeste, liquidado por un vecino malhumorado con un "matagatos". La Argentina salvaje no se rinde y continúa lastimando. Resiste a los algoritmos, a las recetas importadas y a las consignas grandilocuentes que se pronuncian mal y se aplican peor. Mientras los perritos de Miami levitan en sus cochecitos, tantos perros de los nuestros siguen esquivando pozos, barriales, motochorros sin piedad y balas perdidas. Los humanos, en nuestro país, a veces las esquivamos. Y a veces no. Sobre la firma Newsletter Clarín Newsletter Clarín
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