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  • Fantasmas detrás del vidrio

    » Clarin

    Fecha: 23/01/2026 06:31

    Lo veo tarde porque mis ojos están como siempre colgados en el paisaje al otro lado del vidrio. Y una canción en loop sonando. No me doy cuenta de su presencia de poco más de un metro delante de mí. Lo miro y veo que me habla. Pero una voz me sigue cantando en inglés al oído y esa letra con la mímica de su boca no combina. Me saco los auriculares. ¿Qué edad tiene? ¿Once, doce? Lleva unos pañuelitos de papel que vende de a dos. Pienso en todos los planes hermosos que podría estar haciendo en lugar de entrar a un café donde sabe que van a echarlo. Donde tendrá que usar la misma velocidad de un jugador de béisbol para dar la vuelta antes de ser alcanzado (en este caso por un camarero que tampoco quiere escoltarlo a la puerta pero parece forzado a hacerlo y entonces le palmeará la espalda para que la invitación a irse sea más leve). Lo imagino en tantos mejores escenarios: bañándose en un río, dibujando, leyendo un libro de aventuras, bailando su canción favorita, trepando árboles, jugando al fútbol con sus amigos, jugando a algo jugando. Pero no. Está aquí con su pantalón de plush que, ahora me doy cuenta, es un pijama con dibujos de nubes y arcoíris ya sin color. El pelo con mechas rubias teñidas. La raya prolija al costado. Una mochila gastada cual koala en su espalda, el cierre roto en el bolsillo donde no puede guardar nada. Un pozo vacío que no sirve para lo único que debía servir un bolsillo. Abierto como una boca hambrienta. Lo reconozco. No es la primera vez que entra al bar. La vez anterior le di algo y le dije que no me dejase nada. Que ya tenía pañuelos. El no quiso aunque insistí mucho. Se mantuvo estoico, bien firme. Cuando pensé que le ganaba la pulseada, me dejó los pañuelos de prepo en la mesa, dijo graciasqueDiostebendigareina y se alejó sin dar tiempo a nada. Sentí en ese acto una dignidad que me impactó. Lamenté no haberle preguntado su nombre. Sobre todo cuando lo vi deambular por otras mesas como un fantasma invisible sin hacer contacto visual casi con nadie. Esta vez no lo pude evitar. No sé si estuve bien pero fue más fuerte que yo. Hagamos un trato le dije. Yo te doy algo pero vos te quedás los pañuelos así los vendés. Esta vez no se quejó. Aprobó haciendo una mueca de sonrisa breve. Después lo vi cruzar la calle, adulto, solo, con esa seguridad que suele dar una vida sin tantas comodidades. Con la dignidad intacta y su pijama de arcoíris y nubes en una hermosa contradicción. El torso encorvado hacia adelante por su koala de tela. Me pregunté en qué momento, en cuál silencioso pacto acordamos que esa escena se vuelva algo natural. Quedé contra el vidrio de nuevo viendo cómo se alejaba, hasta que la esquina se tragó su cuerpo de un bocado. Recién entonces recordé, mientras la calle seguía rugiendo ajena a él, que olvidé preguntar su nombre otra vez. Sobre la firma Newsletter Clarín

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