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» Clarin
Fecha: 23/01/2026 06:29
-Uno de los presentes intentó asesinarme -dijo el señor-. Llegó acompañado por un perro inmenso y lanudo, como el Platero de Juan Ramón Jiménez. Ya no recuerdo mayores señas de aquel libro que indudablemente leí en algún momento del colegio primario. Pero haber situado a un burro como protagonista memorable de una novela escolar Mis respetos, don Jiménez. Burako se llamaba el perro del recién llegado. Yo estaba sentado a la mesa con Caimán y Turguenev. Palomino era el nombre del declarante. ¿Quién pudiera haber intentado asesinarlo? Nos hallábamos sentados en un derruido bar de La Habana. Quizás uno de los pocos que no parecían ir a caerse en cualquier momento. Y en el que se podía tomar un café sin temor a que fuera un sucedáneo. Corría 1997. El período especial de la dictadura más larga del mundo hispanoparlante. Me causaba gracia que el tirano -con eco en las muchedumbres- llamara período especial a esa espantosa y auto infligida miseria, mientras que el resto de las décadas, igual de lamentables, se consideraban normales. La Habana era una gigantesca villa miseria, y un prostíbulo interminable. Nuestra reunión era clandestina: si bien yo había llegado con el propósito de realizar tres notas -las exequias de los restos de Guevara, las jineteras y Gregorio Fuentes (cien años cumplía el supuesto viejo del mar de Hemingway)-, me habían contactado de un exánime grupo opositor para llevar un mensaje a unos amigos en Madrid. Con miedo, pero inconsciente, acepté. Palomino era un argentino que se había exiliado en Madrid por un malentendido de los años 70 y con el que habíamos coincidido, aparentemente de casualidad, en el malecón unos días atrás, cuando me pidió que le tomara una foto junto a tres mulatas. También podía ser un espía del régimen. Hablaba portuñol, no del portugués, sino mezcla de porteño y español. Cuando me interceptó en la mesa, nuevamente de casualidad, junto a mis dos contactos apócrifos -Caimán y Turguenev-, no tuve más remedio que permitirle sentarse. Cómo había llegado hasta La Habana con esa bestia peluda no era el menor de los misterios de aquel cónclave destinado al fracaso. -Ni bien llegué del exilio -declaró Palomino sin que nadie le preguntara, en esa mesa donde la palabra exilio denominaba los deseos de buena parte de la población-, me reencontré de casualidad con Vigilia Landera, en Plaza Irlanda. Mi novia de la escuela primaria. Ahora teníamos ambos cuarenta años. 1986. Si bien yo podría haber proferido un y a mí qué me importa, no pude dejar de reparar en que la casualidad perseguía a Palomino más que al común de los mortales, casi tanto como Castro a cada uno de sus súbditos en aquel islote demoníaco. Ni Turguenev ni Caimán hicieron gestos de detenerlo, ni hubiéramos sabido cómo. -¿Vigilia se llamaba? -Se llamaba está bien dicho -ratificó-. Sí, Vigilia Landera. -Nunca escuché ese nombre. -¿Y con eso? -me desafió-. Aprovechó mi silencio para continuar. La veía pasear su perro por las inmediaciones de la avenida Gaona. Entre las hamacas y los árboles. Dejando que los niños lo acariciaran o saludaran. Alguno que le gritaba, también. Pero cuando me acerqué a saludarla, me desconoció por completo. Como si nunca nos hubiéramos visto en la vida. Como si no hubiéramos sido novios en primer grado. Me desoló. ¿Volver del exilio a Buenos Aires, pero quedar exiliado de la memoria de la mujer amada? -Pero hacía 34 años que no se veían -me prendí-. -¿Y? Decidí conquistarla del modo que fuera. Yo siempre temí a los perros. Como usted. -Ah, me leyó -descubrí-. -Claro, no me acercaría porque sí a un desconocido. -Pero ya no les temo. -No le daría mi cámara de fotos a cualquiera -insistió-. Decidí rociarme con una sustancia que generara animosidad del perro hacia mí: el animal me mordiera, y Vigilia Landera se viera obligada a interesarse por mi suerte. -Una locura -reaccioné-. -Por el amor de una mujer -confirmó Palomino-. -Pero la idea de ser mordido por una bestia -Una mordedura. Me pondría protectores en los sitios frágiles. Protección interna en los brazos, un chaleco antibalas. Solo debía evitar que el ataque fuera a la cara. No había un solo veterinario que quisiera hacerse cargo del tinglado. Debí recurrir a una hechicera, de las que hacen y deshacen parejas. Me pidió pelos del perro. Aroma del animal, que le llevaba en la palma de mi mano. No estaba mal la hechicera. Aunque algo mayor que yo, iniciamos un romance. Pero en cuanto trató de disuadirme, seguí adelante. Convenientemente untado con la fragancia que Cachavacha me preparó -No me diga que se llamaba Cachavacha -interrumpí-. -No sea necio -me amonestó-. Debí callar. Me apersoné en la plaza. Burako me había visto muchas veces, tantas otras lo había acariciado. La sustancia que Cachavacha me deparó estaba relacionada con las pasiones animales: el celo, el dominio, la lucha por la reproducción de la especie. El animal saltó sobre mí y atacó el único sitio sobre el que no me había impuesto un cuidado: la yugular. Casi me desangro. Casi me mata. Desperté en una cama del hospital israelita. Me habían salvado la vida al filo. Vigilia Landera falleció del disgusto. Un paro cardíaco fulminante, poco después de que la ambulancia me trasladara una cuadra. El animal había quedado en completa soledad y al darme el alta, supe que su destino era la pena de muerte. Batallé en los tribunales hasta lograr clemencia, demandada por el perjudicado. Incluía la adopción. Desde entonces Burako vivió conmigo. -Parece mucho menos años menor -acotó Turguenev-. -Hay cosas que parecen no terminar nunca -refrendé, mirando a mi alrededor. POS Sobre la firma Newsletter Clarín
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