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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 22/01/2026 02:56
Este martes, cuando se despertó, Rodrigo Etchegaray no sabía que algunas horas después iba a viajar en el tiempo. No lo sabía él, que tiene 54 años y es nacido y criado en Mar del Plata, ni lo sabían sus dos hermanos, Pedro y Martina, que hace años emigraron a Europa pero que ahora mismo están en La Feliz porque viajaron a pasar las Fiestas en familia. No lo sabían otros tres hermanos, los De Roni, pero pasaditas las siete de la tarde estaban los seis reunidos en una vereda que no pisaban juntos desde hacía décadas, saboreando las anécdotas de la infancia, en medio de una historia que las redes sociales habían viralizado. La historia, la gran historia, empezó en 1978. Justo un día después de que empezara la Copa del Mundo que se disputó en la Argentina. El 2 de junio de ese año, el fotógrafo japonés Masahide Tomikoshi frenó su andar y apuntó su lente ante una imagen que lo atrajo. No era un partido de fútbol, ni una tribuna, ni Diego Armando Maradona, a quien le sacó cientos de fotos, muchas de ellas en situaciones poco conocidas y casi siempre con resultados tan sorprendentes como conmovedores. Lo que vio Tomikoshi esa tarde de ese 2 de junio fue un chalet marplatense de esos que se construyeron con la piedra que lleva el nombre de la ciudad, y a ocho chicos sentados sobre el muro del chalet. Los vio, les sacó una foto y, este martes, casi 48 años después de ese disparo de cámara, la imagen de esos ocho nenes y nenas sentados en el (casi) invierno del barrio Los Troncos se volvió viral en Instagram. No sólo por la infancia que evoca, esa que alguno de sus protagonistas recuerda como andar con total libertad en la vereda hasta que desde casa llamaran a cenar, sino porque la propia viralización impulsó el reencuentro espontáneo e inesperado de seis de los ocho protagonistas. Una foto al pasar La viralización empezó después de que Tomikoshi publicara hace apenas unos días la imagen de los chicos -entre varias otras fotos de los días del Mundial 78- en sus redes sociales. Una de las miles de personas que vieron la foto en la cuenta de Instagram del reportero gráfico fue Joaquín Monti, un locutor y creador de contenido que se enorgullece de autodefinirse como nacido y criado en Mar del Plata. Desde hace unos seis meses, Joaquín cuenta a través de sus redes sociales historias sobre esa ciudad que es el corazón de las vacaciones argentinas y, también, una de las más pobladas del país. Joaquín, que fue empleado de comercio y también taxista como su papá, cuenta Mar del Plata a través de sus barrios, sus calles, sus íconos, sus rincones no tan conocidos y su gente. Y ante la foto de Tomikoshi algo lo desveló: el chalet. A través de sus stories, Monti empezó a interpelar a sus seguidores: ¿les sonaba la casa? ¿podían aunque sea inferir en qué barrio de la ciudad se había tomado la foto? ¿seguiría en pie ese chalet? Su comunidad, que ronda los 30.000 seguidores, empezó a responderle. Algunos decían que era el barrio Mundialista, otros Chauvín, otros San José. En medio de esa conversación que empezaba a armarse y mientras el enigma sobre la ubicación exacta de la casa crecía, otro usuario de Instagram dio en la tecla: Matías Staci, que en algún momento manejó una cuenta dedicada al patrimonio arquitectónico marplatense, se contactó con Joaquín Monti y le sacó las dudas. A través de imágenes de Google Maps, Staci comprobó que el chalet está -todavía está, no fue víctima de ninguna demolición en una ciudad en la que los edificios avanzan sobre las casas- en Los Troncos. Más precisamente en la calle San Lorenzo entre Paunero y General Lavalle, detrás del parque San Martín y cerca de Playa Grande. La ayuda de Matías fue fundamental porque hizo todo un trabajo de rastreo y de chequeo a través de imágenes que Google Maps tomó en nuestra ciudad desde 2013 hasta la actualidad. Él fue el que confirmó la ubicación exacta del chalet, le cuenta Joaquín a Infobae, conmocionado y feliz por el alcance de la historia que empezó a gestarse en sus redes. Con la confirmación de la ubicación concreta de la casa, la historia parecía terminar. Pero lo que empezó como una intriga geográfica se convirtió enseguida en un reencuentro atravesado por el paso del tiempo. Dos de los cientos de personas que le dejaron un mensaje a Joaquín debajo de la foto que posteó en su Instagram, que combinaba la imagen de Tomikoshi con la del chalet en Google Maps, le escribieron que estaban en la foto original. Eran dos de los ocho nenes que el fotógrafo había retratado sobre el muro del chalet. En ese momento, lo que parecía la búsqueda de una casa se convirtió del todo en la búsqueda de los protagonistas de la imagen. Les respondí el mensaje por privado pero todo terminó de crecer cuando pudimos contactar en vivo a Rodrigo Etchegaray, uno de los ocho fotografiados, en el programa de radio en el que hago una columna, cuenta Joaquín. Cada semana, Monti cuenta alguna historia marplatense en el programa Yo te dije, conducido por Pepe Basko y transmitido desde un estudio móvil que ahora mismo está instalado en Playa Varese. De repente me empezaron a escribir varios amigos para decirme que estaban hablando de mí en la radio y enseguida me contactó Vane, que es amiga y mi paciente, y que trabaja en el programa. Me mandó la foto mientras estaban al aire, y ahí terminé de confirmar que era yo, eran mis hermanos y mis amigos del barrio, cuenta Rodrigo Etchegaray por teléfono, desde las playas del sur marplatense. Me llamaron, salí al aire y ahí empezó la locura del reencuentro, enseguida hablé con mis hermanos, fue todo una locura muy hermosa, llena de vitalidad y de alegría, suma Rodrigo. Joaquín, que empezó a pensar en estudiar periodismo o locución gracias a las largas horas como oyente de radio que pasó en el taxi, cuenta: La producción del programa se ocupó de contactar a las personas de la foto para proponer un reencuentro, y la gente en mis redes y en las del programa estaba cada vez más enganchada. Un reencuentro improvisado y feliz Fue increíble. Me reuní con mis hermanos Pedro y Martina en la casa de mis viejos, que es a 30 metros de la casa de la foto. Mis viejos siguen viviendo allí, y mis hermanos paran en su casa ahora que están de visita: él vive en Londres y ella, en Barcelona. Caminamos los 30 metros y de repente estábamos ahí, fuimos los primeros en llegar, reconstruye Rodrigo. Un ratito después llegaron Lorena, Rodrigo y Leandro, los tres hermanos De Roni, que vivían a la vuelta de la casa de la foto y que jugaban con los Etchegaray en toda esa manzana. Ellos también están en la imagen que retrató Tomikoshi, y no dudaron en sumarse al reencuentro que nació de las redes. Fernanda, la otra nena de la foto, era muy amiga de mi prima y vivía en la casa que está frente al chalet de la foto. Se quería morir porque no pudo ir al reencuentro que surgió tan espontáneamente, tenía un compromiso laboral. Y a Mariano, el octavo integrante del grupo de la foto, le perdimos un poco el rastro. Creemos que vive en Córdoba, cuenta Rodrigo. Nos reencontramos e inmediatamente empezamos a rememorar esa infancia que ocurría con total libertad en la calle. Salíamos a la mañana a la vereda y volvíamos a entrar a la hora de la cena, cuando nos gritaban desde casa que era la hora de comer. La única regla que había era no bajar a la calle, podíamos jugar en toda la manzana pero siempre sobre la vereda, reconstruye Rodrigo. Había una sola excepción a la regla: Podíamos bajar a la calle para jugar con los autitos, que eran de plástico y les sumábamos masilla para fueran más pesados y anduvieran más rápido en la bajada. Y les poníamos una cuchara debajo para que sacaran chispas. Ese era uno de los juegos de todos los días. También andábamos en bici, en patines y en skate, suma Etchegaray. Éramos todos amigos del barrio, jugábamos todos los días juntos. Después nos perdimos un poco el rastro, aunque nos cruzábamos y nos reconocíamos, porque en esta ciudad nos conocemos un poco todos. Pero me pasaba que por ahí los reconocía pero no me acordaba de dónde. En el chalet, apenas nos vimos, fue un momento hermoso, cuenta Rodrigo. En la manzana de la infancia, había una señora a la que los chicos disfrutaban de hacer enojar. Había muchas casas que eran de veraneo de algunas familias, o venían en los fines de semana, y nosotros entrábamos por las ventanas para jugar en esas casas vacías. El chalet de la foto, al momento del Mundial 78, era de un matrimonio de yugoslavos que no estaban mucho en la casa. No les gustaba mucho que jugáramos en la vereda, pero nosotros jugábamos igual, suma, y se ríe de ese desafío a los adultos cometido hace más de cuarenta años. Rodrigo no se acuerda en absoluto del instante en el que el fotógrafo japonés inmortalizó esa postal de su infancia. Debe haber sido un segundo. Pasó, nos vio, sacó la foto y siguió su camino. Y nosotros seguimos jugando en la vereda, que era lo único que nos importaba en ese momento, sostiene. Una mezcla de nostalgia y alegría Fue increíble todo lo que fue pasando desde que compartí la foto de 1978 hasta que se produjo el reencuentro de seis de los ocho protagonistas. Jamás me hubiera imaginado algo así, que fue creciendo primero en Instagram, después en la radio, y después directamente con un efecto real en la puerta de la casa que yo había empezado a buscar, reflexiona Joaquín. Rodrigo Etchegaray no tiene dudas sobre qué fue lo que generó tanto interés e incluso alegría en los que fueron siguiendo la historia de la foto viral: Me parece que lo que más pegó fue esa evocación de una infancia feliz, de jugar con los amigos y los vecinos, de ser un nene chiquito y poder estar en la vereda jugando. Esa nostalgia fue para mí lo que más impacto generó, sostiene. Una vecina de 89 años que todavía vive a metros de la casa de sus padres le escribió un mensaje: le dijo que le daba una alegría enorme ver la foto original y la del reencuentro, y que le daba pena que sus nietos se hubieran criado sin jugar en la calle. Es hermoso esto que pasó con la foto. Hasta el mismísimo Tomikoshi terminó compartiendo el reencuentro de los protagonistas en su cuenta de Instagram. Todo empezó como una búsqueda de un chalet bien marplatense y terminó con el reencuentro de esos chicos que ahora tienen más de 50 años. Poder contar esa historia fue increíble, remata Joaquín. Pasó casi medio siglo de aquel instante retratado por el japonés, pero las ganas de reunirse en la vereda siguen intactas. Los protagonistas de la foto no dudaron a la hora de viajar en el tiempo para reencontrarse en la cuadra de siempre.
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