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Parana » ViaParana
Fecha: 21/01/2026 10:57
Noel Barrionuevo es una de las pocas mujeres que han dejado una huella imborrable en el deporte argentino, y en el hockey su nombre se cuenta entre los históricos. Durante 15 años formó parte de Las Leonas, ganó un diploma en los Juegos Olímpicos y sumó tres medallas con la selección nacional. Participó en cientos de partidos memorables y protagonizó jugadas que quedaron grabadas en la historia del hockey. Su carrera también estuvo marcada por la lucha contra trastornos alimenticios, un desafío que enfrentó mientras ejercía un liderazgo único dentro y fuera de la cancha. Hoy, adaptada a la vida más allá de la competencia, está por finalizar el libro que relata su historia. El terrible episodio que tuvo Noel Barrionuevo con los trastornos alimenticios Comenzó a jugar al hockey a los cuatro años, casi de manera natural: en una familia de cinco hermanos donde todos practicaban el deporte, ella, la cuarta, los seguía, los observaba y se sumó sin darse cuenta de que no pararía más. Con el tiempo, el problema no estuvo vinculado a la exigencia deportiva, sino a la imagen que veía reflejada en el espejo. Era mirarme al espejo y verme horrible, fea, gorda. Estaba días sin comer para que el espejo me devolviera una delgadez extrema, explicó Barrionuevo. Lejos de asociarlo al hockey, comenzó a preguntarse qué podía hacer para verse mejor y recurrió a dietas extremas, influenciada por las revistas de la época: llegó a limitar su alimentación a milanesas de soja con calabaza, frutas o directamente a pasar días sin comer, en busca de una imagen corporal que nunca terminaba de conformarla. Luego, reveló que los primeros síntomas aparecieron alrededor de los 15 o 16 años, mientras ya entrenaba con su club y empezaba a tener concentraciones con los seleccionados de Buenos Aires. Fue un desastre. No tenía fuerza, pero yo disimulaba todo con una sonrisa para que estuviera todo bien, para poder jugar y pasar ese momento, confesó al recordar cómo intentaba ocultar su estado durante la competencia. Su objetivo era claro: El deseo era estar extremadamente flaca. Veía esos desfiles típicos con modelos con unas patas espléndidas, largas, flacas. Yo quería eso. Al ser consultada sobre la relación entre delgadez y rendimiento o imagen, explicó que existía una presión implícita: Sí, que todo te queda mejor. El look, a mí me gusta mucho la moda. Yo decía, si me compro este jean me va a quedar como a ella. La comparación aparece mucho con estos trastornos de la alimentación. Esta necesidad de validación externa se reflejaba también en los comentarios de los demás: Cuando te ven un poco más delgada, siempre hay un comentario. ¡Qué linda que estás! ¡Estás más delgada!. Yo decía: entonces está bien lo que estoy haciendo. Y no. El impacto emocional fue profundo. Tenía la autoestima por el piso. Estaba aislada, no quería salir, reconoció. Evitaba cumpleaños, reuniones con amigas y hasta los terceros tiempos después de los partidos, prefiriendo quedarse en casa. La enfermedad, explicó, lo que hace es aislarte de tu círculo de amigas, de tu familia, de tu entorno más cercano. Durante años nadie supo lo que le pasaba, y la falta de diálogo la llevó a un aislamiento aún mayor: Yo quería estar sola, no quería tener un diálogo con nadie. En las reuniones sociales hay comida, se junta la gente y come, yo eso lo quería evitar y para evitar eso me iba. Una locura. Y me fui aislando cada vez más, hasta que arranqué el tratamiento. El padecimiento duró aproximadamente tres años, en los que alternaba periodos de restricción extrema con atracones. El atracón, exacto. Bulimia no purgativa, yo comía y no vomitaba, atracones de mucha ingesta de comida y no vomitaba, relató. Después venían períodos de no comer: Después tenía periodos de no comer, de una restricción total. En ese momento no era consciente del daño que se hacía: No, en ese momento tenés la cabeza tan, tan enferma, que no tenés conciencia real de lo que sucede. Durante esos años, su madre fue la primera en notar los cambios. Mi mamá lo descubre porque ve el cambio de humor. Un día estás feliz y al otro día que no te hablen porque explotás veía en mí los cambios de humor y detectaba que yo solo comía ciertas cosas y mis hermanos no. Mi mamá tenía que hacerme una comida distinta de la que comían todos. En cuanto al seguimiento deportivo, explicó que al inicio no había un control nutricional estructurado: No, en el club a los 14 o 15 años no tenías algo estructurado. De más grande, sí y yo disimulaba todo. En el seleccionado, en Las Leonas, tenía un nutricionista, un plan de alimentación, mediciones. Era otro cantar. El momento de pesarse era particularmente angustiante. ME PESABAN CADA 15 DÍAS, ERA HORRIBLE. LA NUTRICIONISTA DECÍA EL PESO EN VOZ ALTA. TODAS SABÍAMOS EL PESO Y LAS MEDIDAS DE TODAS, recordó. Escuchar su peso y el de las demás era una comparación constante y un desafío emocional, incluso estando en tratamiento. Si, ya estaba controlada, tenía una contención, pero igualmente yo estaba muy, muy mal. El proceso de recuperación fue largo y complejo, con altibajos: Duró muchos años. Ya no, gracias a Dios, no. Sé que hay una cura, sé que hay una recuperación en el TCA porque yo lo viví. Sé que se puede salir de un infierno porque es un infierno lo que vivís, y que podés tener una vida mucho mejor, plena y feliz. Recordó que durante ese tiempo tuvo pensamientos autodestructivos: YO ME LASTIMABA, NO QUERÍA VIVIR. TENÍA OBSESIÓN POR LA DELGADEZ. Sobre los daños físicos y psicológicos, agregó: Sí, una vez me lastimé. Héctor, un psiquiatra que me salvó la vida, me tranquilizó y me ayudó y me hizo ver otras cosas que yo no estaba viendo en ese momento. Pero sí, una vez me lastimé. La conciencia sobre la enfermedad llegó de a poco, gracias a la terapia y al seguimiento profesional: Cuando arranqué el tratamiento me costó mucho, porque yo tengo que tener todo bajo control. La enfermedad te lleva a que tengas todo bajo control, si se te pasa algo de la raya, ya estás mal. Al principio tuve mucha resistencia al tratamiento, hasta que pasaron unos meses y me fui aflojando, fui confiando en lo que me decían para recuperarme. Es clave confiar en el terapeuta, en la nutricionista, en el psiquiatra, en que estás en buenas manos. Es el camino para la recuperación. Hoy su relación con la balanza cambió completamente: Sí. Yo no me peso ya. En el tratamiento está prohibidísimo pesarse, te pesaban de espaldas. No veías el número y estabas sola con la nutricionista, no había más nadie. En cambio en el seleccionado vos veías el número y cantaban todas las mediciones. No, no me interesa ya. En total, contó que su proceso de recuperación duró aproximadamente diez años: Sí, es fuerte, yo me resistía mucho. Al principio no aceptaba que estaba enferma, después me fui aflojando. El tratamiento no es lineal, no es que te recuperás y estás diez puntos. Tenés tus picos, subís y bajas.
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