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Concordia » Diario Junio
Fecha: 21/01/2026 09:00
El gobierno de Milei y el horror después del horror Los incendios que arrasaron la Patagonia, el Programa Nacional de Cardiopatías Congénitas, la eliminación de ANDIS, la regresiva reforma laboral, no pertenecen al mismo expediente administrativo ni ocupan el mismo lugar en la agenda pública; sin embargo, tienen un hilo conductor que evidencia algo más profundo y peligroso que la suma de crisis o ataques sectoriales: o sea, que todas las medidas regresivas que se despliegan en la administración pública tienen una intencionalidad manifiesta que hacen, con su sumatoria, una imposibilidad de una vida digna. Ya pasaron algo más de dos años, cuando el «incendio» sin fuego del gobierno mileista arrasó con las conquistas y derechos sociales de los trabajadores, entregando a los dueños del capital los privilegios que le quitan al resto de la sociedad. Recordemos que, como es costumbre en este tipo de democracias líquidas, circulaba una narrativa casi indulgente y emocional de que había «que darle tiempo» a un gobierno nuevo, y que el sacrificio valía la pena, o que los ajustes eran herencia inevitable de administraciones anteriores. Hoy esa tesis no resiste el menor análisis. Los resultados a la vista no son producto de errores ni de descoordinaciones. Tampoco de discapacidades técnicas. Son la consecuencia directa de un proyecto político-económico dogmático y de entrega del país, que avanza con coherencia y eficacia debido a la cobardía política de gobernadores y legisladores, que privilegian sus pertenencias y privilegios personales antes que lo de la Nación toda. Esto que se consolida en forma irracional es, a su vez, una visión del gobierno que concibe al Estado de bienestar como una variable residual que deberá adaptarse o quedar excluida del Dios Mercado. Allí donde la vida necesita tiempo, previsión, cuidado, inversión sostenida y continuidad institucional, el Estado, bajo esta supuesta «racionalidad», se retira. En simultáneo, se refuerza un único rol estatal: vigilar, amedrentar, controlar, disciplinar cuerpos y subjetividades para que se adapten y acepten resignadamente la explotación. Esta combinación no es nueva en la historia del capitalismo, pero, pasado el primer cuarto del siglo XXI, adquiere un rasgo cruel, sobredimensionado por las nuevas lógicas comunicacionales. Ya no se trata de administrar la vida, como lo hicieron de manera diferencial incluso los modelos más duros de los años noventa, sino de retirarse de todo aquello que la sostiene, dejando a amplios sectores sociales librados a su suerte o a su muerte. Este sistema, no solo dogmático sino impregnado de odio social, canibaliza a las personas, la naturaleza y a la democracia, o sea, a las propias condiciones que hacen posible la acumulación, pero es así como esa «sed» de daño y negacionismo termina matando la vida misma. Un gobierno que reduce el presupuesto de educación del 6,4 % del PBI en 2005 a casi el 1,4%, está negando que el conocimiento en todas sus disciplinas es la única fuerza motora de desarrollo de todas las otras políticas de desarrollo. Ni hablemos de las políticas públicas con la desaparición del ANDIS para los discapacitados, como del Programa Nacional de Cardiopatías Congénitas; vuelve esta lógica libertaria todavía más explícita porque se «mete» con una política pública que garantizaba diagnósticos tempranos, derivaciones y cirugías a los más de 7.000 bebés con malformaciones cardíacas congénitas que hay y más las que sobrevendrán cada año en la Argentina. Como Milei ha sido incapaz de tener hijos, solo tenía veterinarios para sus perros. Este colapso silencioso y brutal significa la interrupción de un circuito que sostenía vidas concretas. Lo mismo pasa con los medicamentos para los jubilados, esos mendigos del siglo XXI, que tienen que elegir entre comer o comprar los exorbitantes precios de los medicamentos, que aumentaron un 450 % desde su asunción por los laboratorios que financiaron su campaña electoral y amasaron una verdadera fortuna. La idea de que la salud puede ser librada a la lógica del mercado se vuelve obscena, canalla y miserable cuando el sujeto de esa «libertad» es un niño, un jubilado o cualquier ciudadano enfermo. Esta meritocracia heredada del macrismo neoliberal, con el esfuerzo individual y la autosuficiencia como pilares discursivos del gobierno, choca con la realidad material de todos los días y se viven horas de angustia en todos los hospitales del país por subejecución de presupuestos destinados a su funcionamiento. No hay política económica de excusa cuando se pone como tal el equilibrio fiscal, que reemplace a la salud pública, que llegó a ser la mejor de toda América Latina. Porque con ese «secuestro» de presupuesto se está decidiendo, día a día, por omisión, quién tiene derecho a vivir y quién no. Pero esto no es solo en salud, sino también en tecnologías de investigación, que es lo que hace crecer a las potencias del mundo. El presupuesto estatal se reorganiza para fortalecer áreas de control, espionaje, vigilancia e inteligencia. Y no es una cuestión técnica o de montos, sino de sentido político: el Estado se ausenta allí donde la vida requiere inversión sostenida y se expande donde se busca disciplinar a una sociedad empobrecida y atemorizada. El miedo y la inseguridad sin herramientas para ordenar conductas justifican políticas de ajuste, mientras la corrupción asoma en cada sector de un gobierno incapaz y corrupto que se sostiene porque la justicia, en gran parte, es cómplice por omisión; caso Libra, que no avanza porque tanto el fiscal Taiano como el juez Martínez de Giorgi responden a Macri, y este siniestro personaje lo protege para luego extorsionarlo. Milei y su gobierno no proponen administrar la vida de los ciudadanos, sino retirarse de todo lo que la hace posible, y eso sí: tercerizarla a los «verdugos» económicos, Caputo y Surtzeneger, a los narcos, a los mercados ilegales, endeudamiento, precarización, pobreza e indigencia. Es lo que alguien definió acertadamente como la «necropolítica», es decir, un poder soberano, un poder libertario que omite la evidencia elemental de la humanidad misma. Esta es una forma contemporánea de violencia, una crueldad sin gritos ni golpes visibles; una violencia por omisión, por abandono, por indiferencia estructural. No hace falta, a veces, reprimir si se puede dejar caer y simplemente dejar morir. El problema es la existencia del daño a largo plazo; a medida que la anarquía se apodere de la sociedad y deje de acostumbrarse a que «todo es posible» en el país de la impunidad y la naturalización que traen los nuevos tiempos. Las crueldades de estos tiempos empujan sensibilidades dañadas a hacerse más daño. Eso sí, ofrecen la opción de elegir cómo dañarse. Es inútil. La civilización del capital practica siempre la crueldad. ¡¡Hasta cuándo!!
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