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  • Milei, frente a las rupturas de Trump

    » La Nacion

    Fecha: 21/01/2026 04:12

    Milei, frente a las rupturas de Trump Fernando Henrique Cardoso solía decir que Washington es la nueva Roma, en alusión a la ciudad que fue la cabeza del mundo entonces conocido. La ironía del expresidente de Brasil era también una metáfora que aludía a un Washington gobernado por Bill Clinton, un líder que prefería ejercer el poder blando de la principal potencia mundial. Últimamente, Cardoso, de 94 años, casi no hace declaraciones públicas; es imposible, por lo tanto, saber cómo el viejo sociólogo brasileño definiría al Washington beligerante que está emergiendo con Donald Trump, decidido a incursionar por sí solo en otros países, a adueñarse de territorio de otras naciones y a romper la alianza occidental que creó un nuevo orden internacional desde el final de la Segunda Guerra. Por ahora, Francia ha tomado el liderazgo de la oposición a las visiones (y a las decisiones) de jefe de la Casa Blanca. Un Emmanuel Macron enfurecido apareció ayer en el foro de Davos, luego de que Trump jugara en su red social con la bandera norteamericana sobre los actuales territorios de Canadá, Groenlandia y hasta Venezuela. Vale la pena detenerse en la posición de Francia, porque fue este país, con otro presidente entonces, Jacques Chirac, quien encabezó la crítica a la decisión de invadir Irak de los Estados Unidos, gobernado en ese momento por Bush hijo, y perseguir a su gobernante, el tirano Sadam Husein, para buscar supuestas armas de destrucción masiva. La historia le dio la razón al gobierno francés: nunca se encontró ningún arma de ese calibre en Irak, y la guerra en ese país dejó un Medio Oriente más convulsionado de lo que estaba. La disputa de ahora es de otro orden, porque lo que está haciendo Trump significa una invasión al territorio de uno de los países miembros de la Unión Europea (Groenlandia forma parte autónoma de Dinamarca); declaró una guerra económica contra los demás países del continente europeo y prometió descerrajar otra guerra, política y cultural, contra esos viejos aliados de Washington. Hasta la OTAN, el tratado militar del Atlántico norte que tanta seguridad le dio al mundo occidental, está ahora en peligro. Para peor, Trump hizo algo que los presidentes no suelen hacer, salvo los de naciones intrascendentes: difundió públicamente un intercambio de mensajes con Macron y una conversación telefónica reservada con el jefe de la OTAN, el holandés Mark Rutte. En medio de las críticas de Europa, Trump tuvo el inmediato apoyo implícito de su amigo Putin. El eterno canciller ruso, Serguei Lavrov, acaba de declarar públicamente que Groenlandia no es parte natural de Dinamarca. La Rusia de Putin siente una evidente satisfacción por la división entre los Estados Unidos y Europa, que promueve Trump un día sí y otro también. El ataque a Europa se ha convertido en una ideología, concluyó Rosa Balfour, directora del centro de estudios políticos Carnegie Europe. Sin la fuerza de la alianza estratégica de los Estados Unidos y la Unión Europea, que ahora tambalea hasta con la irrupción descarada de Rusia, Occidente dejará de ser Occidente. No hay vuelta atrás, acaba de decir Trump refiriéndose precisamente a su decisión de anexar Groenlandia. No tiene en cuenta que los habitantes de Groenlandia no quieren dejar de ser un territorio autónomo de Dinamarca ni que el 75 por ciento de los norteamericanos, según las últimas encuestas, está en contra de esa decisión que rompería la vieja alianza occidental. Pero hay que creerle a Trump cuando habla de Groenlandia. Durante varias semanas, el presidente norteamericano anticipó que ocuparía el territorio de Venezuela para terminar con la dictadura de Nicolás Maduro. Todos creyeron que se trataba de una estrategia para que Maduro abandonara el poder por su propia decisión. No fue así. Tropas de élite de los Estados Unidos invadieron territorio de Venezuela, ingresaron a Caracas y se llevaron preso al autócrata venezolano. El caso de Venezuela es polémico en el mundo porque nadie sabe responder cuál era la alternativa a la discutida solución de Trump, cuando ya Maduro había realizado elecciones presidenciales y había ignorado impúdicamente los resultados que significaban su derrota. Pero nadie puede desconocer tampoco que se trató de la invasión de una potencia militar y económica al territorio soberano de otro país sin el acuerdo de los organismos multilaterales, sobre todo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Es significativo, además, que Trump no habló luego de restaurar la democracia entre los sufridos venezolanos, sino de la posibilidad que tendrán las empresas norteamericanas de extraer petróleo en Venezuela. Es comprobable también su alianza estratégica con la presidenta provisional de Venezuela, Delcy Rodríguez, que fue la vicepresidenta de Maduro y su principal cómplice en todas sus fechorías. Trump no trató bien en una breve audiencia que le concedió a la auténtica lideresa de la resistencia venezolana, María Corina Machado, enojado porque esta obtuvo el Premio Nobel de la Paz, al que tanto aspira el presidente norteamericano. De hecho, Trump habló por teléfono con el primer ministro noruego y le anticipó que ya no tiene compromisos con la paz después de que no le dieran el Premio Nobel. Nadie en el mundo de la política internacional fue tan explícito ni tan poco elegante para expresar sus ambiciones personales. En su primer mandato, Trump era mucho más moderado. Nadie puede responder en Washington si su actual inmoderación se debe a que está buscando una forma de continuar en el poder, después del actual mandato, que es el último según la Constitución de los Estados Unidos, o se debe a problemas de salud no reconocidos. La enmienda 22 de la Constitución norteamericana señala claramente que nadie puede ser elegido presidente del país más de dos veces. Pero Trump aclaró que no estaba bromeando cuando planteaba seguir en el poder más allá de su segunda elección; aceptó, inclusive, que una alternativa podría consistir en que en la próxima elección presidencial, el actual vicepresidente, J. D. Vance, se postule como presidente de la Nación y lo lleve a Trump como candidato a vicepresidente. El plan concluiría con la posterior renuncia de Vance a la presidencia, en caso de que ganaran las elecciones, para dejarle el despacho oval de la Casa Blanca al propio Trump. Pero no es la única alternativa con el objetivo de seguir en el cargo, alardeó para degradar aún más las cosas. Solo al formoseño Gildo Insfrán se le ocurren semejantes barbaridades contra la Constitución y contra la más elemental noción de la democracia. A todo esto, el jefe político de Washington no está bien en las encuestas. Todas las mediciones están anunciando un triunfo demócrata en las elecciones legislativas de mitad de mandato de noviembre próximo. Faltan varios meses todavía y las cosas pueden cambiar, pero los anticipos no son buenos. De hecho, Trump ya perdió las gobernaciones de Virginia y de New Jersey en manos de candidatos demócratas. Un candidato demócrata de religión musulmana, Zohran Mamdani, ganó la alcaldía de Nueva York, la ciudad donde el presidente norteamericano nació y vivió gran parte de su vida. Una candidata demócrata acaba de ganar la alcaldía de Miami por primera vez en 24 años. Cuando Trump se regodea hablando de la extensión de su poder más allá del mandato constitucional alude a alternativas improbables e imprevisibles de la política. El mismo día en que Trump anunció que castigaría a los países europeos con un arancel extra del 10 por ciento por oponerse a la anexión norteamericana de Groenlandia, los líderes de la UE, Ursula von der Leyen y António Costa, firmaban en Paraguay el tratado de libre comercio con el Mercosur. Poco después, cuando Macron anunció que Francia no integraría el Consejo de la Paz, una creación personal de Trump, el jefe de la Casa Blanca anunció aranceles del 200 por ciento al vino y al champagne franceses. Imposible encontrar un capricho parecido entre los líderes del mundo, nuevos o viejos. Pero, ¿qué hará Javier Milei, si el presidente argentino anunció el sábado último en Paraguay que se comprometía a que ese tratado con los europeos sea ratificado cuando antes por el Congreso argentino? Milei fue también invitado a integrar ese confuso Consejo de la Paz que imaginó Trump; el presidente argentino lo aceptó en el acto y de manera entusiasta. Después, el norteamericano aclaró que los países integrantes deberán pagar unos 1000 millones de dólares por la membresía y se reservó para sí mismo el derecho a proponer, aprobar y vetar las decisiones de ese Consejo. Es claramente una manera de crear un organismo alternativo al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, al que detesta porque por lo general no le aprueba sus iniciativas. Milei está en el medio, entre sus nuevos socios europeos (todavía faltan algunos trámites para que esa sociedad se consume) y su deber de agradecimiento a Trump, quien le permitió ganar las últimas elecciones legislativas argentinas de octubre último colocando dólares sobre la mesa electoral. Su vocación natural está más cerca de Trump que de los europeos, aunque difieren sin reconocerlo en política económica. Trump no le da mucha importancia al déficit de las cuentas públicas del Estado y es un proteccionista de cabo a rabo de la industria norteamericana. Mi palabra favorita es arancel cuando hablo de economía, repite cada vez que le hablan de su proyecto económico. El Fondo Monetario prevé para este año un déficit de las cuentas públicas del Estado norteamericano del 7,7 por ciento. Una enormidad que cometieron casi todos los últimos presidentes norteamericanos, con la excepción de Clinton. A su vez, Milei es un apasionado del superávit fiscal, que alcanzó en tiempo récord, y un aperturista de la economía argentina, ciertamente demasiado cerrada durante demasiados años. La Argentina tiene dos premios Nobel de la Paz, uno de ellos fue el excanciller Carlos Saavedra Lamas, por haber conseguido el armisticio en el conflicto entre Bolivia y Paraguay. Nadie le pide a Milei que aspire a tanto, pero por lo menos que sea coherente con la política exterior de la democracia argentina, que promovió en todo momento la solución pacífica de los conflictos internacionales. Cualquier guerra es siempre una regresión.

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