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Paraná » 9digital
Fecha: 20/01/2026 20:59
Juan Chiviro de las pajas Las ruinas vienen con los años, como para empezar a hablar sin decir nada. La frase está bien, el tiempo hace un trabajo lento, irreversible. En la calle ya desaparecieron las vías, las tragó el cemento y el yuyo. Antes, acá atravesaban la avenida y el ferrocarril tenía galpones enormes a los lados. Hay foodtrucks y perros que permanecen flacos desde cuando yo era niña y caminaba pocas cuadras como si atravesara montañas. Señalo un tanque que en esa época me parecía inmenso, un aljibe sostenido por Dios en La Loma, la zona más alta de mi pueblo. Ahí terminaba el rostro urbano y empezaba el trigal. Un río dorado que movía sus espigas como huesos de tiburones. Ese fin del pueblo que recuerdo está comido por el pueblo que persiste en despegarse un trocito más de tierra y clavar las uñas de cimientos bajos. La tierra como una costra, los dientes con la arenilla seca. Los silos entre el cableado y los gorriones delante de acoplados. Siento las cosas correrse de lugar aunque permanezcan quietas. Mi hermano maneja tranquilo, me pasea por los barrios mientras buscamos medicación para mamá. Me muestra las novedades que ya parecen viejas. Entre el camino de tierra y mi nostalgia, las calles se hacen sepia y los nombres traen acarreados tras de sí la historia de un nacimiento y una muerte. Es como si arriáramos con nuestros talones escenas que nos pusieron un pedazo de carne en la carne, una lengua sobre la lengua, una manera de volver a nombrar lo que dejamos. Volvemos a donde crecimos, como si sostuviéramos los eslabones que se hunden con ancla en la risa pareja que compartimos mientras decimos apellidos y casas, las respectivas historias que nos unieron o nos pusieron en lados distintos. Pocos enfrentamientos, había dos tribunas para dos clubes, dos o tres iglesias con su fe apenas distinta, otro par de escuelas y de distintivos. Siempre un mismo 25 de mayo. Un mismo verano en la pileta que nos abría la yema de los dedos del pie. Una helada que arrasaba con todos y siestas interminables. Acá las horas duran días. Pensamos como lo hacemos porque la geografía nos es propia, escuchamos el silbido de los pájaros y Tavi dice te acordás del Juan Chiviro de las pajas, y recita solo un poema popular del libro de la escuela. Creo que para no sentirnos solos, escarbamos la tierra del mismo patio. Como volviendo a la parte del pecho donde los huesos se inclinan y crean profundidades. Ahí entre la clavícula y las costillas, como si pusiéramos estacas. Medimos como agrimensores hasta dónde nos sentimos bien en esas paredes. Hasta dónde la mancha nueva de humedad en la casa de nuestros padres nos nubla la vista de tristeza. Por qué volvemos, me pregunto y a escondidas como una travesura, nos guardamos flores de los canteros en los bolsillos. Y reviso las posibles respuestas y elijo la que me reconcilia conmigo y con mis enojos, porque a mí en ese pueblo la puerta siempre se me abrió sin llave y detrás estaban tantas cosas que amo.
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