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Parana » El Diario
Fecha: 19/01/2026 19:55
En un mundo definido por la competencia geopolítica feroz y las amenazas híbridas crecientes, Venezuela enfrenta una oportunidad histórica para su reconstrucción tras los sucesos ocurridos el 3 de enero de 2026. Esta intervención traumática también es trascendental y resalta la necesidad de un enfoque bilateral realista, pragmático, que evite la inestabilidad prolongada y maximice beneficios recíprocos, sin sacrificar la independencia y la soberanía nacional. - 1. La dimensión política: realismo hemisférico y el fortalecimiento de la Doctrina Monroe - 2. La dimensión económica: crecimiento, generación de riqueza y recuperación de infraestructura en sentido amplio - 3. La dimensión de defensa nacional: preparación realista para guerras futuras - 4. La dimensión científica y tecnológica: desarrollo para el fortalecimiento nacional - 5. Valores civilizacionales compartidos: ética realista para estabilidad y fortalezas Como indica el análisis del Council on Foreign Relations, mantener estructuras interinas sin una alianza profunda podría perpetuar debilidades institucionales y exponer al hemisferio a influencias externas no convenientes. En ese orden de ideas, propongo una alianza estratégica integral con Estados Unidos: plena, sin restricciones ideológicas ni limitantes más allá de la soberanía y la autodeterminación de cada nación, el trato como iguales y el respeto mutuo. Esta integración total, cooperación plena, asistencia recíproca y construcción conjunta de capacidades une a ambos países como un bloque sólido e infalible, enfocado en el crecimiento económico, la generación de riqueza, el fortalecimiento interno, el desarrollo científico-tecnológico, la recuperación de infraestructura, y la defensa nacional robusta de cara a futuras conflagaciones. Arraigada en el paradigma realista ganar-ganar, esta propuesta abandona idealismos soñadores para priorizar resultados concretos, fortaleciendo soberanías mutuas ante un entorno multipolar hostil. 1. La dimensión política: realismo hemisférico y el fortalecimiento de la Doctrina Monroe Políticamente, esta alianza se basa en el pragmatismo internacional, donde la soberanía se mide por capacidades reales de generación de riqueza y disuasión militar, no por aislamiento retórico. Venezuela, devastada actualmente por el colapso económico, la migración masiva y el deterioro institucional, requiere de una integración inteligente con Estados Unidos, la superpotencia hemisférica y mundial dominante, para reducir riesgos y atraer capital masivo. El Trump Corollary a la Doctrina Monroe, detallado en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, enfatiza la preeminencia estadounidense en nuestro hemisferio para neutralizar sus rivales (como China y Rusia), protegiendo rutas comerciales y recursos estratégicos. Esta evolución de la doctrina original de 1823 transforma a Venezuela de un problema en un socio clave, cogarante de la estabilidad regional mediante la alineación de intereses en energía, seguridad y tecnología. Como un contrato de iguales, la alianza asegura plena cooperación sin tutelaje: veto mutuo a intervenciones unilaterales y control soberano de recursos. Inspirada en el realismo ofensivo de John Mearsheimer, en el que potencias buscan hegemonía regional para seguridad, Venezuela alinea de forma autónoma sus objetivos con los de EE UU para negociar desde una posición privilegiada de ventajas concretas, como acceso prioritario a mercados, financiamiento y transferencia tecnológica en una relación entre iguales. Académicamente, esto se vincula con estudios sobre transiciones posautoritarias; investigaciones de Barbara Geddes y Erica Frantz muestran que alianzas externas fortalecen regímenes emergentes al proporcionar recursos para una consolidación interna, evitando vacuums de donde puedan emerger conflictos. En Venezuela, una justicia transicional realista con reparación y garantías de no repetición, sin venganzas estériles, facilita la convivencia política, permitiendo enfocarnos en el crecimiento económico y la defensa nacional. Esta integración plena construye un bloque infalible, resistente a potencias extrahemisféricas, priorizando riqueza y poder sobre ingenuas abstracciones idealistas. 2. La dimensión económica: crecimiento, generación de riqueza y recuperación de infraestructura en sentido amplio El núcleo de la alianza es económico: reconstrucción material para generar riqueza sostenida y fortalecer a nuestra nación. Venezuela, con reservas masivas de petróleo, gas y tierras raras, se posiciona como un punto energético hemisférico, atrayendo inversión estadounidense para recuperar la producción a tres a cinco millones de barriles diarios y explotar minerales críticos. Una unión aduanera bilateral, similar al USMCA (Acuerdo entre Estados Unidos-México-Canadá) pero ampliada, asegura el libre comercio con reglas claras, seguridad jurídica plena y respeto a contratos, atrayendocapital para empleo formal y salarios reales. Esto no es caridad; es realismo ganar-ganar: EE UU diversifica suministros energéticos cercanos, reduciendo dependencias externas, mientras Venezuela erradica toda expresión de pobreza mediante el desarrollo sostenible, reactivando ciclos de inversión y movilidad social, en paz. La recuperación de infraestructura es prioritaria: alianzas para modernizar puertos, carreteras, cuarteles militares, refinerías y redes eléctricas, hospitales, universidades, en todo el territorio nacional, elevan la productividad y la competitividad del país. Estudios del Banco Mundial indican que las inversiones en infraestructura generan retornos de hasta dos veces en Producto Interno Bruto (PIB), catalizando riqueza en economías en transición. Una plena asistencia recíproca incluye financiamiento conjunto para megaproyectos como la expansión de Petróleos de Venezuela S.A. (PDVSA) con tecnología de punta estadounidense, fortaleciendo la economía venezolana como pilar del bloque hemisférico. Sin idealismos, este enfoque mide el éxito por métricas concretas: crecimiento del PIB, generación de riqueza per cápita y reducción del riesgo-país, convirtiendo a Venezuela en un creador y exportador neto de prosperidad. 3. La dimensión de defensa nacional: preparación realista para guerras futuras La defensa nacional es esencial para el fortalecimiento soberano: sin seguridad, no hay inversión ni riqueza. Esta alianza implica una integración plena en seguridad, con comandos conjuntos para disuasión contra amenazas híbridas, narcotráfico, ciberataques y crimen transnacional; todos estos son factores que erosionan la generación de riqueza. La óptima profesionalización de nuestra Fuerza Armada Nacional en todos sus niveles se refuerza mediante transferencia tecnológica estadounidense: entrenamiento en ciberdefensa, maniobras y entrenamientos conjuntos, guerra electrónica, drones armados e inteligencia artificial para operaciones predictivas. Inspirados en experiencias internacionales, en las que la cooperación elevó capacidades contra carteles, esto erradica redes delictivas transnacionales, protegiendo infraestructura crítica y rutas comerciales. Preparación para guerras futuras, de forma realista y no alarmista: enfocado en conflictos del siglo XXI, como ciberguerra, dominación espacial, y ataques electrónicos que podrían paralizar economías, alianzas para satélites de vigilancia y sistemas antimisiles fortalecen el bloque, disuadiendo a potenciales agresores comunes. Académicamente, esto se basa en doctrinas de RAND Corporation sobre guerra híbrida, donde la preparación integrada reduce las probabilidades de escalada al elevar costos para adversarios. Plena integración significa unidades mixtas y ejercicios combinados, construyendo un escudo infalible que protege riqueza y soberanía, sin concesiones más allá del respeto mutuo absoluto. 4. La dimensión científica y tecnológica: desarrollo para el fortalecimiento nacional El desarrollo científico-tecnológico es el motor de la riqueza y el poder nacional. Convenios bilaterales para universidades conjuntas, doble titulación y repatriación de talento, con incentivos fiscales, permiten saltar etapas de atraso. Transferencia en inteligencia artificial (IA), biotecnología, ingeniería avanzada y defensa tecnológica aceleran la productividad, desde optimización de extracción petrolera hasta sistemas de inteligencia para seguridad económica. Científicamente, colaboraciones en laboratorios compartidos, como en física cuántica para computación segura o nanotecnología para materiales resistentes, se alinean con las prioridades hemisféricas. La diplomacia científica estadounidense en Iberoamérica, documentada por la National Academy of Sciences, demuestra que las alianzas bilaterales elevan la innovación, generando patentes y empresas que multiplican riqueza. En Venezuela, esto fortalece industrias clave, convirtiendo conocimiento en activos económicos y defensivos, construyendo un bloque tecnológico infalible frente a rivales globales. 5. Valores civilizacionales compartidos: ética realista para estabilidad y fortalezas Anclada en valores occidentales compartidos, como lo son la dignidad humana, libertad, responsabilidad, trabajo y límites al poder, la alianza incorpora una ética pública anticorrupción como herramientas para alcanzar eficiencia y riqueza. Venezuela y Estados Unidos, como herederos de centenarias tradiciones republicanas occidentales, comparten valores civilizacionales, una cosmovisión cristiana del mundo, principios de derecho natural comunes, costumbres y culturas entrelazadas, así como un historial de buena vecindad y asistencia recíproca. Estos elementos, inspirados en ideales republicanos que rechazan imperios, no diluyen soberanías; las amplifican al crear un frente unido contra amenazas globales, priorizando resultados concretos como crecimiento económico, estabilidad social y disuasión militar. Simón Bolívar, nuestro Libertador, vio en George Washington un modelo de liderazgo, reflejando una herencia común de independencia y rechazo al autoritarismo. Esta base civilizacional no es retórica, es práctica: facilita alianzas que generan riqueza mediante comercio seguro y estabilidad institucional, como se evidencia en la Doctrina Monroe, que históricamente protegió al hemisferio de intervenciones externas, evolucionando hoy hacia un Corolario Hemisférico donde Venezuela actúa como cogarante de la prosperidad y la seguridad regional. Académicamente, esta convergencia se ajusta al realismo internacional, donde las potencias comparten nomos, un orden territorial basado en amistad o enemistad, para defender intereses mutuos contra rivales geopolíticos. En Venezuela, estos valores se manifiestan en la lucha por la movilidad social y la erradicación de la pobreza, mientras en EE UU impulsan innovación y emprendimiento. Unidos, en condiciones de estricta igualdad y reconocimiento mutuo, forman un bloque resistente a la erosión civilizacional, priorizando generación de prosperidad sobre divisiones ideológicas estériles. La cosmovisión bíblica compartida proporciona un denominado capital moral que es esencial para la reconstrucción venezolana y la alianza hemisférica, enfatizando el respeto a la vida, la verdad, perdón sin impunidad y responsabilidad comunitaria. En Iberoamérica, incluyendo Venezuela, más del 80 % de la población es cristiana (católica y evangélica combinada), con tasas superiores al 90 % en países como Bolivia y Perú. Esta raíz se entrelaza con la herencia protestante y católica de EE UU, donde el 69 % se identifica como cristiano, aunque solo el 6 % mantiene una cosmovisión estrictamente bíblica. No se trata de imposición religiosa, sino de un piso ético compatible con pluralismo que fomenta reconciliación pragmática y disciplina social, clave para estabilidad económica, las libertades públicas, y defensa nacional. Políticamente, esta cosmovisión inspira una hermandad cultural que reconcilia justicia y rectitud, como en la transformación evangélica hispana en EE UU, que inyecta profecía moral en agendas centradas en familia y comunidad. En Venezuela, el cristianismo evoluciona como forma de resistencia cultural, ofreciendo recepción comunitaria y espiritualidad colectiva. Académicamente, estudios como los de Pew destacan que católicos y protestantes en ambos contextos reconocen mutuamente su fe cristiana, facilitando alianzas que fortalecen valores como la libertad y los derechos individuales. Esta unión moral no es soñadora, es realista: reduce la polarización, garantiza la lucha anticorrupción y sostiene acuerdos duraderos para la generación de capitales compartidos. Los principios de derecho natural, derechos inherentes al ser humano, como la vida, la libertad y la propiedad, forman el núcleo común de los documentos fundacionales de ambos países. La Declaración de Independencia estadounidense (1776) invoca leyes de la naturaleza y del Dios de la naturaleza, influenciando directamente la independencia venezolana y la Constitución de 1811, que Bolívar enmarcó en ideales lockeanos de gobierno limitado y derechos inalienables. Estos principios, arraigados en la tradición cristiana y filosófica occidental, limitan el poder estatal y promueven una soberanía real, no retórica, esencial para una alianza donde cada nación respeta la autonomía de la otra. Desde la doctrina, insistimos, el derecho natural en la tradición estadounidense, desde los fundadores hasta la Constitución, enfatiza que el Estado está limitado por normas superiores, un eco en las constituciones estatales fundacionales que invocan explícitamente estos principios. En Venezuela, Bolívar integró estas ideas en su visión republicana, rechazando la tiranía y promoviendo la igualdad ante la ley. Esta convergencia facilita la integración plena: tratados bilaterales basados en derechos naturales aseguran comercio justo, protección de inversiones y defensa mutua, generando abundancia sin subordinación. Las costumbres y cultura compartida entre Venezuela y EE UU se han intensificado como consecuencia de la migración y la americanización, creando lazos prácticos que impulsan el crecimiento económico. Más de 7 millones de venezolanos han emigrado, muchos a EE UU, adoptando tradiciones como el Día de Acción de Gracias o el Super Bowl, mientras mantienen elementos indígenas, españoles y afrocaribeños que enriquecen el mosaico cultural hemisférico. Ambas naciones comparten influencias europeas en gastronomía (arroz, maíz, harina como staples) y valores como calidez familiar, deseo de equidad, y la procura del bien común. Culturalmente, la denominada americanización venezolana, incorporación de símbolos estadounidenses, no nos resta ni representa riesgo alguno, por el contrario, fortalece alianzas, como en Miami (Florida), donde la resiliencia venezolana se fusiona día a día con el emprendimiento estadounidense. Esto no erosiona identidades; las enriquece, las fortalece al ponerlas a prueba mediante el contraste, facilitando la movilidad laboral, la repatriación de talento humano, así como Joint Ventures, que sin lugar a dudas generan patrimonio en cantidad. La buena vecindad, encarnada en la Política del Buen Vecino de Franklin D. Roosevelt (1933), promueve la no intervención y la asistencia mutua, un modelo para la alianza actual. Esta política renunció a intervenciones militares en Iberoamérica, fomentando el comercio recíproco y el respeto soberano, lo que unió a las naciones americanas durante la Segunda Guerra Mundial. En el contexto venezolano, implica asistencia económica y militar mutua: EE UU proporciona tecnología para recuperación de infraestructura, mientras Venezuela ofrece recursos energéticos, creando un vigoroso bloque incontestable. En términos políticos, esta reciprocidad en la que el buen vecino que respeta sus obligaciones evita tutelaje, priorizando ganancias compartidas como estabilidad hemisférica y la defensa de la integridad territorial contra amenazas externas. Hoy, revivir esta política en forma plena asegura preparación para guerras futuras mediante tareas coordinadas y transferencia tecnológica profunda, todo bajo igualdad soberana. Una raíz cristiana informa el compromiso con verdad y justicia, facilitando reconciliación pragmática sin debilidades sentimentales. En conclusión, esta alianza plenacooperación total, con soberanía nacional intacta y generación de riqueza compartida es la ruta realista y acertada para que Venezuela se fortalezca como nación próspera y verdaderamente independiente. En 2026, con el hemisferio en juego, actuemos con coraje estratégico, superemos complejos fracasados, transformando vulnerabilidades en poder y capacidades en resultados tangibles. Con el presidente Donald Trump y su equipo en La Casa Blanca todo esto es honestamente factible, no desaprovechemos la oportunidad histórica que tenemos entre manos.
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