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» Clarin
Fecha: 19/01/2026 12:04
Para Donald Trump, el Premio Nobel de la Paz no es solo un reconocimiento honorífico. Es una medida de legitimidad global, un símbolo de estatus histórico y una vara con la que compara su legado frente a otros presidentes estadounidenses, en especial Barack Obama. Esa convicción, repetida en discursos, entrevistas y conversaciones privadas con líderes extranjeros, ha pasado de ser una fijación personal a convertirse en un factor que influye en la forma en que Estados Unidos proyecta su diplomacia en el mundo. Nadie ha hecho más por la paz que este gobierno, dijo Trump en distintas ocasiones, al quejarse de que otros líderes recibieron el Nobel por mucho menos. Desde hace años, Trump sostiene que merece el Nobel por haber evitado guerras, impulsado negociaciones directas y alterado el enfoque tradicional de Washington hacia los conflictos internacionales. Para sus asesores, esa narrativa tiene un doble objetivo. Hacia adentro, refuerza la imagen de un líder que se considera injustamente subestimado por las élites internacionales. Hacia afuera, funciona como una herramienta para presionar y reordenar relaciones diplomáticas, presentando cada gesto exterior como parte de una búsqueda mayor: ser reconocido como un pacificador global. La comparación con Obama La sombra de Barack Obama aparece de manera recurrente en las referencias de Trump al Nobel. Obama recibió el Premio Nobel de la Paz en 2009, apenas meses después de asumir la presidencia, una decisión que incluso entonces generó controversia. El Comité Nobel se lo otorgó por lo que describió como sus extraordinarios esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos, así como por su llamado a un mundo sin armas nucleares y su apuesta por el multilateralismo tras años de guerras lideradas por Estados Unidos. El reconocimiento, otorgado al inicio de su mandato, estuvo basado más en las expectativas y en el tono que buscaba imprimir a la política exterior estadounidense que en resultados concretos. Ese enfoque contrastó rápidamente con las decisiones tomó como comandante en jefe, entre ellas el envío de 30.000 soldados adicionales a Afganistán pocas semanas después de recibir el premio, una escalada que triplicó la presencia militar estadounidense en el país y expuso la tensión entre el ideal de liderazgo pacificador que simbolizaba el Nobel y las realidades estratégicas y militares de su presidencia. Obama lo ganó prácticamente al asumir, ha dicho Trump en reiteradas oportunidades. Yo he hecho mucho más y no me lo dan. En otra ocasión, fue aún más explícito: Le dieron el Nobel por nada, absolutamente nada. En su entorno, Trump suele señalar que Obama obtuvo el premio sin haber hecho nada aún, mientras que él se atribuye la contención de conflictos y la negociación con actores considerados imprevisibles o adversarios. Para Trump, el Nobel parece representar una confirmación de grandeza histórica que, a su entender, ya fue concedida a su predecesor demócrata y que a él le ha sido negada. La insistencia en esa narrativa también explica parte de su incomodidad con los mecanismos multilaterales tradicionales. Trump ha mostrado desconfianza hacia organismos internacionales y premios otorgados por comités extranjeros, pero al mismo tiempo busca activamente uno de los reconocimientos más emblemáticos que surgen de ese mismo sistema. Nominaciones y respaldos A lo largo de los años, Trump fue nominado al Premio Nobel de la Paz en varias oportunidades por legisladores y figuras políticas de distintos países. Las nominaciones, que forman parte de un proceso amplio y poco transparente, no garantizan ninguna consideración especial por parte del Comité Nobel, pero han sido utilizadas por Trump y su equipo como prueba de respaldo internacional. Me han nominado muchas veces, dijo Trump en un acto reciente. La gente lo sabe, aunque el comité no quiera reconocerlo. Uno a los que se refiere es al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quien envió una carta formal al Comité Nobel destacando el papel de Trump en los Acuerdos de Abraham y en la normalización de relaciones entre Israel y varios países árabes. También impulsaron su candidatura legisladores conservadores europeos, entre ellos parlamentarios noruegos y suecos que ya habían promovido su nombre en años anteriores, argumentando que su enfoque no convencional había contribuido a reducir tensiones internacionales. Cada nueva nominación fue presentada públicamente como una validación de su política exterior. En actos oficiales y mensajes en redes sociales, Trump mencionó esas postulaciones como evidencia de que su enfoque bilateral, directo y a menudo confrontativo estaría dando resultados en términos de estabilidad global. Sin embargo, para el Comité Nobel, las nominaciones forman parte de un procedimiento rutinario y no implican evaluaciones públicas ni comentarios anticipados. No comentamos sobre nominaciones ni candidaturas, ni confirmamos ni negamos nombres, reiteró un portavoz del comité ante la creciente presión mediática. El Nobel como objeto y como mercado En paralelo, en los últimos años se hizo visible un mercado creciente alrededor de medallas, diplomas y objetos asociados a los premios Nobel. Algunas de estas piezas han sido subastadas por familiares de laureados o por terceros que las obtuvieron legalmente, alcanzando cifras millonarias. En 2014, James Watson vendió su medalla por más de USD 4 millones, tras haberla recibido décadas antes por codescubrir la estructura del ADN. En 2022, el periodista ruso Dmitry Muratov subastó la suya por la cifra récord de USD 103,5 millones para recaudar fondos para los niños refugiados ucranianos. Ese fenómeno contribuyó a reforzar la idea de que el Nobel tiene no sólo un valor moral y político, sino también económico y cultural. Para Trump, un coleccionista declarado de símbolos de poder y prestigio, el Nobel encaja en una lógica más amplia en la que los objetos representan estatus, historia y reconocimiento. La existencia de ese mercado también obligó al Comité Nobel y a la Fundación Nobel a reiterar que, más allá de la propiedad física de una medalla, el título de laureado es intransferible. El Premio Nobel no puede ser pasado a otra persona, ni siquiera simbólicamente, señaló la fundación en una aclaración pública. María Corina Machado y el episodio de la medalla La tensión entre el deseo de Trump y las reglas del Nobel alcanzó un nuevo nivel tras el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a la dirigente opositora venezolana María Corina Machado. El galardón reconoció su trayectoria en defensa de la democracia y los derechos políticos en Venezuela, y fue interpretado como un mensaje fuerte de la comunidad internacional frente a regímenes autoritarios. Meses después de recibir el premio, Machado se reunió con Trump y le entregó su medalla del Nobel como un gesto simbólico de agradecimiento. Este premio también pertenece a quienes han apoyado la lucha por la libertad en Venezuela, dijo Machado durante el encuentro, según versiones oficiales. La reunión se produjo en un contexto de tensiones políticas, incluyendo presiones previas entre Trump y Machado por el reconocimiento internacional y la evolución de la situación en Venezuela, y reflejó tanto la ambición de Trump por asociarse al premio como los intentos de Machado de consolidar apoyo político externo. El gesto generó una reacción inmediata en Noruega. Es absurdo, dijo a The Guardian un político noruego al conocer la noticia. El Premio Nobel no es un objeto que se regala como si fuera un trofeo personal. El Comité Nobel y la Fundación Nobel aclararon que la medalla puede cambiar de manos como objeto físico, pero que el premio sigue perteneciendo exclusivamente a Machado. La medalla es solo un símbolo material, señaló la fundación. El reconocimiento permanece con la persona galardonada. Para Trump, sin embargo, el gesto fue presentado como una confirmación de su rol central en procesos de cambio político. Fue un honor enorme, dijo. Demuestra quién realmente trabaja por la paz. Groenlandia y la tensión entre paz y poder El impacto de la obsesión de Trump con el Nobel quedó especialmente expuesto en su postura frente a Groenlandia. Tras no haber recibido el premio, endureció su retórica internacional y dejó en claro que ya no se sentía obligado a actuar bajo una lógica estrictamente pacificadora. Ya no siento que tenga que pensar puramente en términos de paz, dijo Trump en una carta y en declaraciones posteriores, en medio de tensiones diplomáticas con Europa. En ese contexto, volvió a plantear públicamente el interés estratégico de Estados Unidos sobre Groenlandia. Es algo que necesitamos por seguridad internacional, afirmó. No se trata sólo de Estados Unidos, se trata del mundo. "Tenemos que tener Groenlandia". Sus declaraciones, que incluyeron advertencias económicas hacia Dinamarca, fueron interpretadas como una señal de presión directa. Funcionarios europeos expresaron preocupación por el tono y el momento elegido. Para aliados y analistas, Groenlandia se convirtió en un símbolo de esa transición: de una diplomacia presentada como búsqueda de paz a una política exterior más explícitamente basada en el poder y la coerción. Ante los episodios recientes y la insistencia pública de Trump, el Comité Nobel mantuvo una postura constante y restrictiva, evitando responder a presiones políticas o pronunciarse sobre candidaturas individuales. La Fundación Nobel, por su parte, reiteró que el Premio Nobel de la Paz no puede ser utilizado con fines políticos y recordó que el galardón no es transferible ni puede reinterpretarse fuera de su marco institucional. Sobre la firma Mirá también Newsletter Clarín
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