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» Clarin
Fecha: 19/01/2026 10:14
Mientras el mundo observa hacia afuera Ucrania, Medio Oriente, el Mar del Sur de China, algo más silencioso y quizá más decisivo ocurre hacia adentro de los Estados Unidos. Como en otros momentos de la historia, el sistema internacional parece distraerse con los bordes mientras el centro se fisura. En la discusión reciente sobre Venezuela se ha instalado una idea incómoda: el derecho sigue existiendo, pero cada vez más como gramática que como límite. El poder decide, y luego el lenguaje se acomoda. Esa lógica suele pensarse en clave externa, geopolítica. Pero ¿qué ocurre cuando la excepción deja de ser una herramienta de proyección y empieza a instalarse en casa? La película Civil War, escrita y dirigida por Alex Garland y estrenada en 2024, incomodó precisamente por eso. No por su verosimilitud militar, sino por su intuición política: no hace falta una invasión extranjera para que un Estado se fracture. Basta con que sus propios actores dejen de reconocerse dentro de un mismo marco de sentido. La guerra civil, en ese relato, no llega como ruptura súbita, sino como deriva. Minneapolis vuelve a ser una señal. No solo por el nuevo episodio de violencia ligado a una operación federal, sino porque el conflicto ya no es únicamente social: es institucional. Que un gobernador prepare a la Guardia Nacional frente a eventuales acciones del Estado federal no es un gesto retórico. Es una advertencia. La línea que separa cooperación de resistencia comienza a borrarse. No hay secesión, pero hay algo más sutil: desconfianza estructural entre niveles del propio Estado. En paralelo, el posible impeachment a Donald Trump reaparece como amenaza y como insumo de campaña. Trump no se defiende del escenario: lo incorpora. Hace política con la posibilidad de su caída. Convierte la destitución en relato movilizador, en prueba de que el sistema ese que él mismo tensionó busca ahora expulsarlo. El dato no es solo jurídico ni parlamentario; es simbólico. Un liderazgo que gobierna y hace campaña desde la idea de persecución interior. Aquí aparece la paradoja mayor. Trump pateó el hormiguero internacional: erosionó consensos, desordenó alianzas, debilitó instituciones multilaterales, reintrodujo la lógica cruda de la fuerza, del interés inmediato, de la transacción. Muchos celebraron esa ruptura; otros temen sus consecuencias. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿qué ocurre si quien desordenó el tablero también es desordenado por él? Las elecciones de medio término se acercan con ese telón de fondo. No como un simple recambio legislativo, sino como un nuevo plebiscito sobre la estabilidad interna. ¿Puede una potencia ordenar el mundo cuando no logra ordenar su propio conflicto político? ¿Qué tipo de sistema emerge si la otrora principal fuente de previsibilidad global entra en una fase de disputa doméstica permanente? No se trata de idealizar un regreso al institucionalismo ni de suponer que su ausencia explique todo. Tal vez el mundo ya no funcione así. Pero el problema ya no es solo conceptual: es material. Hoy existen nueve potencias nucleares, múltiples doctrinas de disuasión superpuestas y una cadena de frentes activos o latentes que no admiten errores prolongados. Ucrania sigue abierta. Irán empuja los límites del umbral estratégico. Arabia Saudita redefine su rol regional con ambigüedad calculada. Taiwán permanece como la prueba mayor, suspendida entre disuasión y provocación. En ese contexto, la pregunta final no es retórica. Si quien pateó el hormiguero global también es pateado por su propia crisis interna, ¿queda menos incertidumbre o simplemente un vacío más grande? Porque en un mundo con tanta capacidad de destrucción acumulada, los vacíos suelen ser ocupados con rapidez. Y cuando eso ocurre, casi nunca es de manera ordenada Sobre la firma Newsletter Clarín
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