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» Clarin
Fecha: 18/01/2026 10:06
Máximo Thomsen corre. Rápido y furioso. Es el único que parece hacerlo de su grupo, que, tras cazar a sus presas, se retiraron caminando como si nada hubiera ocurrido. Corre desesperadamente, huye del agujero del crimen, pisa el suelo de arena de las calles de Villa Gesell con la zapatilla negra que, luego, se sabrá como el arma letal, la patada que dio fin a una vida tan joven como la de él. Fue un abrir y cerrar de ojos, dice ahora con la voz ahogada, cinco años después, sentado en la cárcel donde cumple prisión perpetua. Y luego, un llanto repentino y el brazo fuerte, de rugbier, tapando la cara de la vergüenza: Cuando hacemos las cosas sin pensar, ahí ocurren las tragedias. Es uno de los instantes bisagra del documental 50 segundos: el caso Fernando Báez Sosa (Netflix), donde algunos chicos del grupo conocido como Los rugbiers, condenados por el asesinato del joven Fernando Báez Sosa, de 18 años, sucedido en la madrugada del 18 de enero de 2020, hablan frente a cámara, así como también sus padres. Hay quienes dicen arrepentirse, otros muestran perplejidad, están quienes se escudan en la voz de su abogado. Del otro lado, la serie documental de tres episodios dirigida por Martín Rocca, cuenta la historia de la víctima, que viaja a la costa con sus amigos de secundario como última aventura de adolescente antes de meterse de lleno en la facultad de Derecho; en el medio los esfuerzos de su familia inmigrante, el retrato de un chico solidario, alegre y que, según sus amigos, no quería que lo pisoteen. Todo sucedió rápidamente. Video En el documental se escuchan los llamados de emergencia médica, como en Carmel: ¿quién mató a María Marta? (Netflix), de cuya muerte el 27 de octubre se cumplieron 23 años, y se cruzan testimonios de familiares, abogados y periodistas, como en Las mil muertes de Nora Dalmasso (Netflix); todos casos argentinos donde el impacto mediático involucró cuestiones de linaje, falsos culpables, versiones disparatadas, el espectáculo del morbo y la amenaza social de la impunidad. Mi casa está vacía, dice la madre de Báez Sosa, mientras el documental repasa las marchas multitudinarias con el círculo gravitatorio de peces gordos como Fernando Burlando. Es el primer crimen nacional registrado por usuarios, acota un periodista, dando una dimensión de las imágenes que se viralizaron por celulares y cámaras de vigilancia con el foco en el mundo de los rugbiers, un grupo que tenía antecedentes de violencia y se vanagloriaba de sus acciones de manada. El dolor acontece en el centro del relato. Fernando levanta la mano, implora que frenen las patadas. Me hubiera tirado arriba de él, no le tuvieron piedad, fueron las últimas palabras de su madre, en el juicio. Otra casa familiar surge en el recuerdo, aunque no por un vacío después de un crimen sino de un múltiple femicidio, el del odontólogo platense Ricardo Barreda y su cacería cuando, en 1992, asesinó a su esposa, a sus dos hijas y a su suegra. Una nueva mirada coral, desde las resonancias del presente, Barreda, el odontólogo femicida (Flow) dos capítulos de media hora, dirigidos por Lucas Jinkis, indaga analíticamente el caso revisitando archivo y con testimonios inéditos, como una amiga íntima de una de las víctimas, que apenas se enteró de la noticia pensó: Las debe haber matado Ricardo; o las declaraciones del subcomisario Ángel Petti, eslabón fundamental para lograr la confesión y el quiebre de Barreda con una estrategia de acercamiento de dos días en la comisaría. Reconstruyendo la estela pop y controversial del fenómeno, que implicó la idolatría de Barreda por décadas, con canciones, pancartas callejeras y hasta un merchandising de calcomanías y remeras que recuerda, en el caso Dalmasso, a la infame leyenda Yo no estuve con Norita , a la vez que marca un contrapunto de los elementos fundamentales del múltiple crimen si el homicida era o no inimputable, la opinión de los peritos y el contrapunto entre la creación del monstruo y los dilemas morales de la argentinidad, la serie interroga los efectos después de la irrupción del movimiento feminista y las nuevas perspectivas judiciales de la violencia de género, con algunas pinceladas de ficción como la aparición silenciosa de Barreda. Del caso del odontólogo, además, se está terminando el rodaje de Barreda, una ficción con Luis Monzón en el rol de Ricardo Barreda, de próximo estreno por Prime Video. Toda actividad delictiva es hasta cierto punto social: una red de amigos y familiares que, o bien favorece abiertamente al delincuente sexual que hay en su seno, o bien, la mayoría de las veces, se niega a reconocer el problema, se lee como clave de interpretación en Los cuchillos largos (Anagrama), la última novela del escocés Irvine Welsh, a propósito de victimarios y víctimas contemporáneos. Tragedias intramuros Sin renunciar a la estética kitsch que se encuentra en films como El ángel, el retrato de Luis Ortega sobre Carlos Robledo Puch, otro célebre criminal argentino, la serie Yiya (Flow), la famosa envenenadora del barrio porteño de Monserrat, propone una breve ficción cinco episodios de media hora de duración en dos rostros: el de Julieta Zylberberg en la Yiya Murano adulta y en plena acción de sus asesinatos, y el de Cristina Banegas, en Yiya, ya anciana, recibiendo a un periodista Rodolfo Palacios, en la piel de Pablo Rago. La de Yiya también es una tragedia intramuros, con las casas de una sombría Buenos Aires como protagonistas, mientras Yiya va de un lado a otro con una sonrisa a cuestas, bajo promesas de prestamista financiera de sus amigas, y con las emblemáticas masitas dulces en paquetes con moño. Estás muy ansiosa con lo del dinero, tenés que tomarte un tranquilizante, le dice Yiya con falsa amabilidad a su cuñada cuando esta le pide su parte, a la postre su primera víctima, con lo que se convierte, además de una estafadora profesional, en una fría asesina serial dentro de su entorno cercano. Video Junket Yiya Ante el éxito de las series en la audiencia, el periodista Rodolfo Palacios, creador de varios libros en los que se basan los productos audiovisuales, cree que se trata de casos muy argentinos y a la vez universales. Yiya es producto de la era de Martínez Hoz y los descalabros financieros que permitieron ese tipo de estafas dice, en una primera reflexión. Y en ella hay algo único: haber envenenado a sus amigas, incluso cuidando la salud de ellas. Los asesinatos, que terminó disfrutando, fueron un fin, porque el medio fueron las estafas, y luego de los crímenes se convirtió en alguien teatral, un personaje seductor, que salió en libertad y era feliz yendo a los programas de televisión. Un ícono pop que llegó hasta los jóvenes, firmando autógrafos y con una banda de rock que se puso su nombre. Juez y parte, jugando por un rato a ser detective, el espectador todavía no sale de su asombro por la fascinación de los crímenes y sus marcas populares, odiando, admirando o temiendo, según cada quien, frases como Conchita, Caducó y las mentes intrincadas que hacen del crimen un enigma social. Recuerdo que un periódico había titulado 'Barreda, ¿victimario o víctima?' se explaya Palacios. Él se construyó ese relato, con eso de que 'eran ellas o yo', mientras tenía una doble vida con muchas amantes. Era una persona como cualquier otra, iba al cine arte, era piola con sus pacientes; nadie se podía imaginar que un domingo podía aniquilar a su familia, no tenía antecedentes. Se transformó en un personaje famoso luego de la masacre que causó. Después del asesinato muchos de estos criminales encontraron una identidad, se transformaron incluso en celebridades y no fueron descartados por la sociedad incluso sin nunca haberse arrepentido de sus crímenes. Preguntas que siguen en casos recientes, como signos de época, como el de Nahir Galarza y todo el morbo y machismo que generó su figura. PC Sobre la firma Mirá también Newsletter Clarín
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