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» Clarin
Fecha: 18/01/2026 07:30
A estas alturas tras los eventos en Venezuela e Irán y la reunión sobre Groenlandia, las expectativas de Donald Trump de ganar el premio Nobel de la Paz habían debido descender considerablemente, aunque parece haber recibido consuelo con el regalito de la medalla que le hizo María Corina Machado. Este bochornoso intercambio solo habla por lo demás de la endeblez generalizada de la clase política, casi sin distinción de continentes, ideologías ni regímenes. En realidad el premio en sí no lo gana nadie, sino que se le concede a alguien; no se trata de un concurso sino del reconocimiento del esfuerzo y el liderazgo de ilustres personajes que esfuerzan su carrera y veces arriesgan su vida en favor precisamente de la paz. No es el caso del inquilino de la Casa Blanca, y por eso resulta aún más lamentable, por bien intencionada que fuera, la decisión de María Corina de regalarle la medalla del premio. Porque en realidad, después de los sucesos de Caracas, las amenazas a Irán, o la disposición del autonombrado gobernante máximo de Venezuela a ser también el dueño de Groenlandia por las buenas o por las malas, el mundo está más cerca de la guerra que apenas hace un mes. Y cualquiera que sea el desarrollo de los acontecimientos es fácil prever que el actual orden internacional, por llamarlo de alguna forma, esté a punto de perecer. Ese llamado orden mundial, entendido como un acuerdo entre los diversos países y sus regímenes políticos para mantener una cierta estabilidad y garantizar el desarrollo social y económico, amén de las relaciones entre naciones con culturas, historias y regímenes políticos diferentes, nunca ha existido como tal. La historia de las civilizaciones es la de las guerras que las acompañan, la fundación de nuevos imperios y el descalabro de los que desaparecen. El mundo asiste a la emergencia de la primera civilización global que ha conocido, al margen la diversidad de creencias, ideologías y credos que lo habitan. La sociedad digital, todavía lejos de su mayoría de edad, tiene características inéditas hasta ahora en la historia de la humanidad. Contra cualquier intento de evitarlo, es una sociedad realmente global. La economía financiera, el comercio, el intercambio de conocimiento, la circulación de la información y las migraciones masivas caracterizan dicha globalidad. Por si fuera poco, tiene lugar en un mundo que estará habitado en apenas décadas por 9.000 millones de seres humanos. Hace menos de un siglo, al fin de la Segunda Guerra Mundial, los terrícolas éramos menos de 2.400 millones. La gobernación de este mundo funciona con arreglo a un sistema basado históricamente en la llamada Paz de Westfalia, que puso orden en las reyertas armadas entre los países europeos, y acabó basando su crecimiento y desarrollo en el reconocimiento del estado nación como piedra maestra tanto del ejercicio del poder interno, como en el desarrollo y mantenimiento de las relaciones internacionales. Para nada hay que menospreciar la existencia de semejante institución, todavía hoy básica en el sistema político general. Pero incapaces sus dirigentes de hacer frente a la nueva situación descrita, por ignorancia o corrupción según los casos, corremos peligro cierto de vernos empujados de nuevo al eterno retorno, que tantas narraciones literarias , especulaciones filosóficas y creencias religiosas avalan, generalmente como una aspiración al regreso a nuestra desconocida edad de oro. Ese parece ser el empeño de Donald Trump, pero también de Putin: hacer de nuevo grande América y Rusia. En el caso de Xi Jinping, China , con miles de años de historia a su espalda, aspira por su parte a la búsqueda de armonía que Confucio predicó a sus discípulos y el Imperio del Centro garantizaba. Imperio que está dispuesto a resucitar a nivel del comercio mundial. Para concretar la imaginería política del presidente de los Estados Unidos, merece repasar brevemente algunos aspectos de la historia de su país, de cuya independencia inicial se cumplirán el 4 de julio los doscientos cincuenta años. Y analizar el uso y el abuso que Trump hace de la doctrina Monroe a la hora de enarbolarla como base de sus más significativas decisiones. En diciembre de 1823 el presidente James Monroe en su mensaje al Congreso sobre el estado de la Unión advirtió a las potencias europeas que se abstuvieran de intentar cualquier nueva colonización de los continentes americanos dada la condición de libre e independientes que han asumido y mantienen. Años antes, los Estados Unidos ya habían comprado a Francia la Luisiana y a España la Florida. Esa doctrina Monroe, redactada en realidad por su secretario de estado y sucesor en la presidencia John Quincy Adams, no era una amenaza para las emergentes naciones de lo que hoy es América latina pero sí una evidente demostración de las aspiraciones hegemónicas de Washington. Dos décadas después el periodista John L. OSullivan publicó un articulo en su revista Democratic Review, de Nueva York, un articulo en el que aseguraba que los Estados Unidos tenían, por decisión divina, la misión de propagar la democracia en todo el nuevo mundo: El cumplimiento de nuestro manifiesto destino es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Basándose en ese relato los Estados Unidos incorporaron a Texas, se apoderaron de California y Oregon y declararon la Guerra a Mexico, adueñándose de la mitad de su territorio. Luego vino la guerra contra España en 1898, en apoyo de la independencia de Cuba, a la que convirtieron después casi en una colonia, y también asumieron Puerto Rico y Filipinas, por la que compensaron a España con 20 millones de dólares Fue entonces cuando Estados Unidos se convierte por vez primera en potencia imperial. A partir de ahí no es necesario ahora repetir la cantidad de intervenciones de todo tipo en America Latina que ha protagonizado el gran hermano, las más de las veces como en el caso de Chile, Republica Dominicana y tantos otros, interviniendo en el poder político legítimamente elegido por sus ciudadanos. Este sucinto recordatorio histórico para explicar que las actitudes y reclamaciones de Donroe Trump que le han llevado a reclamar hasta Canadá (estuvo ya en el punto de mira también en la era Monroe), no son una mera invención suya, ni una extravagancia sino una línea de actuación sostenible y sostenida durante dos siglos y de la que solo el presidente Obama y su secretario de Estado John Kerry pusieron fin en 2013 cuando este dijo que ya no estaba vigente y anunciaba una nueva era de cooperación entre iguales con América Latina. Admiro a los Estados Unidos por muchas razones, entre otras su defensa de las libertades en Europa Occidental, y su apuesta por las democracias en momentos cruciales para la Humanidad. Para mi generación, sometida a la dictadura franquista fue un espejo donde mirarse y aprender. Pero la política del presidente Trump resucita lo peor de los demonios de su historia. Está llevando incluso a poner en peligro su propio sistema democrático, en nombre exclusivamente de la eficiencia económica, tampoco asegurada. Así lo advierten dirigentes del partido Demócrata e incluso relevantes miembros del Republicano tras los sucesos en Minnesota, la ocupación de hecho de ciudades por la Guardia Nacional y el brutal comportamiento de la policía encargada de la expulsión de inmigrantes ilegales. Periodistas, jueces, y hasta el presidente de la Reserva Federal, han sido amenazados púbicamente. Para no hablar del indulto a los alborotadores armados que tomaron por la fuerza el Congreso tras la victoria de Biden. El uso del poder y la violencia no como defensa de los propios derechos e intereses sino como medio de expansión del poder mismo comienza a ser una amenaza real para la defensa del multilateralismo y los derechos humanos de millones de personas. Frente a la agresión de Rusia, el genocidio en Gaza, o dictaduras teocráticas y siniestras como la de Irán, es necesario que el todavía país más poderoso del mundo no regrese a sus prácticas imperialistas. El futuro de nuestras democracias está en juego. Copyright Clarín, 2026. Sobre la firma Newsletter Clarín
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