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  • A los 88 años cumplió el sueño que postergó durante cuatro décadas: saltar en paracaídas

    » TN

    Fecha: 18/01/2026 06:42

    Betty Anastasio tiene 88 años, vive en Hurlingham y habla con una mezcla de dulzura y firmeza que desarma. No levanta la voz, no exagera, no se presenta como heroína. Pero lo es: después de más de cuatro décadas de espera, cumplió su sueño de tirarse en paracaídas. No se dio por no animarme o simplemente no llevarlo a cabo, pero las ganas estuvieron siempre, explicó en diálogo con TN, como si estuviera contando algo simple. El deseo había quedado guardado, intacto, esperando su momento. Ese momento llegó a los 88 años. Es mi locura La escena que lo cambió todo ocurrió casi sin aviso. Un viaje por el campo junto a su hija y su yerno. De repente, vio gente lanzándose al vacío. Ahí quiero yo, expresó. No fue una frase al pasar. Fue una decisión. Sus hijos se miraron, hicieron un trato silencioso y empezaron a averiguar. Betty no sabía nada. El regalo de cumpleaños fue una sorpresa. Leé también: Un hombre se vistió elegante para reencontrarse con su esposa que recibió el alta: su reacción causó emoción ¿Cómo que no?, respondió cuando le preguntaron si se animaba. Es mi locura y quiero cumplirla, dijo. El salto fue apenas diez días después de su cumpleaños. No pidió tiempo para pensarlo. No pidió garantías imposibles. Solo quiso hacerlo. El regalo y la certeza Antes de contratar el servicio, su hija hizo lo que cualquiera haría: consultó con médicos, cardiólogos y reunió distintas opiniones. El día del cumpleaños, el regalo llegó en forma de folleto, con su nombre impreso y una sola palabra que lo decía todo: paracaidismo. Hasta el último momento le preguntábamos si estaba segura. Una vez que te subís, ya no hay vuelta atrás, contó Claudia, su hija. Betty no dudó ni una vez. Leé también: Cuándo se deja de ser joven: un estudio revela que en la Argentina la sensación dura más que la media mundial Cuando llegó el día, caminó con bastón hasta la avioneta. En un punto, alguien le dijo que debía dejarlo. Betty, sin problemas, accedió. Allí comenzó la travesía. La aventurera estaba acompañada de cuatro instructores, que no solo la sostenían, sino que también la guiaban. El instructor me preguntó si estaba segura, que si no me sentía cómoda podía avisar y no hacer el salto. Yo le dije: Por supuesto que estoy segura. Póngame los equipos, recordó entre risas. Chocaron los puños. Betty estaba feliz. Sobre el cielo, sin miedo Arriba del avión no hubo nervios ni arrepentimiento. Hubo canto. No tenía miedo, para nada. Era tal el placer que me daba la vista desde el avión que me puse a cantar en italiano, sostuvo. Miró al cielo. Pensó en su marido y en su hijo, que ya no están. Los tengo ahí arriba. Son mis guías, mis ángeles. Los saludé y les agradecí por acompañarme siempre, explicó entre lágrimas. Cuando la avioneta atravesó las nubes, lo que vio la dejó sin palabras: abajo, un piso completamente blanco. Arriba, un cielo celeste infinito. Los otros dos compañeros de salto se reían de todo lo que decía. Betty no paraba de hablar, de señalar, de mirar. Hasta que llegó el momento. El fuerte viento y la presión generada por la gravedad acentuaron la sonrisa que llevaba de oreja a oreja. Lejos de desesperarse, lo disfrutó segundo a segundo. Leé también: Cuándo decidir una internación en pacientes con alzhémeir y cómo acompañar desde la familia Me encanta, me enloquece, son los gritos de felicidad que se le oyeron a Betty y que no solo quedaron grabados en un video filmado por el equipo de paracaidismo, sino también en su memoria y en su corazón. Cuando pasó la caída libre y se abrió el paracaídas, miró hacia abajo y apareció algo conocido: los campos parecían ravioles. No es una metáfora casual. Betty tuvo una fábrica de pastas durante años. Su mirada sigue siendo la de quien trabajó con las manos. Era hermoso. De golpe me di cuenta de que todo estaba conectado con mi vida, aseguró. Finalmente aterrizó, puso los pies nuevamente sobre la tierra, sin dificultades, y con la confianza y seguridad de que su sueño se había cumplido. Una vida de trabajo y fortaleza Betty no llegó con esa condición física por casualidad. Toda su vida trabajó. Antes incluso de formar su familia, lo hizo junto a su padre, que fabricaba moldes para fideos, únicos en el país. Leé también: Piyamada viral: la reacción de los abuelos cuando llegaron los nietos y por qué se hicieron famosos Pesaban como 80 kilos de bronce. Los cargaba al hombro, los llevaba hasta la camioneta y manejaba hasta el centro para repartirlos, recordó. Después llegó el matrimonio, la fábrica de pastas propia, los cajones de verdura, la limpieza, la atención al público, la crianza de los hijos. Mi marido me decía Kung Fu. Porque no paraba nunca, recordó entre risas. El diagnóstico y la decisión de vivir Hoy, a los 88 años, Betty convive con un diagnóstico difícil: un tumor en los riñones. Lo dice sin bajar la voz, sin dramatismo. No tengo miedo. Estoy deseando tratarme y salir adelante, aseguró, con la fuerza y simpleza que la definen. Hace kinesiología en su casa. Convive con dolores en las rodillas y la cintura, secuelas de una vida de esfuerzo físico. Pero su energía sigue intacta. Tal vez ese diagnóstico empujó el sueño. Tal vez le puso urgencia. Creo que, en parte, esto que me diagnosticaron me impulsó a no postergar más mi sueño. Ahora que lo cumplí, quiero disfrutar, reconoció. Lo que dejó el salto Cuando se le pregunta qué aprendió de sí misma con ese salto, Betty no duda: Que vale muchísimo la pena vivir la vida. Habla del salto como una revelación. De ver las nubes, el cielo, el mundo desde arriba. De una imagen que queda grabada para siempre. Cuando subís por encima de las nubes y ves eso, no te lo olvidás nunca, insiste. Pero el paracaídas no fue el final, sino el comienzo. Ahora quiere bucear. Ya piensa en estudios médicos, cardiólogos, otorrinos. Si me dan el ok, lo hago. No lo plantea como desafío ni como récord. Lo piensa como deseo. ¿Por qué no?, pregunta. Un mensaje, una enseñanza Cuando se le pide un mensaje para quienes tienen miedo o creen que ya es tarde, Betty es directa: Si te gusta de corazón, hacelo. Ahora, si tenés miedo, pensalo un poco, aconsejó. Leé también: Mi abuelita está embarazada: grabó un video para hacer una broma y descolocó a toda su familia Ella no pensó demasiado. Siempre fue arriesgada. Le gustan los globos aerostáticos, las tirolesas, todo lo que implique soltarse un poco, aunque todavía no haya hecho ninguna de esas actividades. Y también le gusta empujar a otros. Si veo a alguien que le gusta o que tiene un deseo, lo jorobo hasta que lo cumpla, dijo, riéndose. Una certeza que queda Betty no se define como ejemplo, pero lo es. Para los jóvenes que postergan. Para los grandes que creen que ya no pueden. Para quienes viven esperando el momento. A los 88 años, Betty saltó al vacío y volvió con una certeza simple y profunda: Mientras estés vivo, vale la pena animarse. Y en esa frase, dicha sin grandilocuencia, está todo.

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