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  • Un golpe sobre la mesa de la Real Academia: polémica sobre la lengua, entre el guasap y la Inquisición

    » La Nacion

    Fecha: 18/01/2026 00:42

    Un golpe sobre la mesa de la Real Academia: polémica sobre la lengua, entre el guasap y la Inquisición Arturo Pérez-Reverte, el celebrado autor de la serie de aventuras del Capitán Alatriste y de una copiosa obra que incluye Una historia de España y El problema final, veterano corresponsal de guerra y colaborador regular de LA NACION, ha golpeado en protesta y advertencia sobre la mesa augusta de la Real Academia Española (RAE). Esta vez lo ha hecho sin el casco protector del periodista que corre una vez más hacia la primera línea de fuego y ya oye la primera ráfaga de disparos hacia su cabeza. Lo ha hecho como escritor y académico que grita -un grito controvertido y arrojado de la prosa- el desencanto por una laxitud que atribuye a la mayoría de sus pares. Los acusa de legitimar los usos lingüísticos de un tuitero analfabeto o de un folleto farmacéutico mal traducido y de anteponerlos a la autoridad de los maestros de la lengua, vivos o muertos. Ha usado pólvora de munición de guerra, no de pirotecnia, y la contestación comienza a llegar de igual manera. Pérez-Reverte ha hecho crujir la mesa de la Academia desde la calle, al descampado, para que todo el mundo lo oiga y se entere de lo que a su juicio ocurre adentro, alrededor de aquella mesa a la que tienen derecho a sentarse los jueves 46 eminencias de la lengua. Lo hacen en el recinto de la RAE en Felipe IV, número 4, con el Museo del Prado de un lado, y el más que centenario Hotel Ritz del otro, desde hace años rebautizado con el pasmoso nombre, para los madrileños más tradicionalistas, de Mandarín Oriental Ritz. Esta referencia lateral sobre el más copetudo de los hoteles de Madrid, que seguirá siendo el Ritz por más que le hayan rediseñado la etiqueta, está lejos de ser ociosa. Concierne a la forma arrolladora en que todo se ha transformado en las últimas décadas, en particular en cuanto a las formalidades de comunicar y de entrecruzar culturas. El fenómeno asoma su hilacha perturbadora en la polémica arriesgada que ha abierto esta semana uno de los grandes escritores de España. Pérez-Reverte ha empezado a pagar el precio por haber desafiado la conveniencia tácita, y de apego riguroso en las academias desde tiempo inmemorial, de andar en puntas de pie: silenciosas, cautas, prudentes, circunspectas, al punto de haber llevado a Chesterton a recordar que para algunos de sus pares ingleses aquellas pertenecen más bien a un paraíso plagado de carteles de prohibido pisar el césped. Pues bien: con otras controversias como esta las academias podrían desplazarse desde el paraíso a espacios mundanos preparados para el entrevero dialéctico en la plaza pública, como ha sido el Speakers Corner del londinense Hyde Park. La RAE ha sido arrastrada a un jaleo entre principios y procedimientos lingüísticos, a pesar de que hace mucho más que aprobar o desechar vocablos. Realiza una tarea múltiple, entre las complejidades de la lexicología, la ortografía, la gramática, la filología, la fonología, y demás. Por añadidura, evacúa día a día decenas y hasta cientos de consultas de todo el mundo. Hace sus tareas en coordinación permanente, desde principios del siglo XXI, con las otras veintidós academias de naciones donde el español es la lengua madre. Ayer, en el suplemento Ideas, volvimos a leer el artículo de Pérez-Reverte publicado originalmente en El Mundo, de Madrid. Sabemos por vías privadas que el autor no se siente en conflicto con el presidente de la RAE, Santiago Muñoz Machado, que es lo primero por lo que se ha indagado en los cotilleos literarios maldicientes de Hispanoamérica, pero a este no le ha gustado nada lo que aquel ha hecho. Puede haberle alcanzado a Muñoz Machado, tan amigo de los argentinos, alguno de los mandobles de Pérez-Reverte dirigidos a la mayoría de sus colegas en la corporación fundada 1713 en tiempos de Felipe V, a fin de que velara por la prestancia y unidad de la lengua. Pérez-Reverte deja a salvo su reconocimiento por la valía de la actual conducción integral de la RAE. Es más: cuando los funcionarios del Instituto Cervantes, que dependen de los ministerios de Asuntos Exteriores y de Cultura, han atacado a Muñoz Machado en lucha sorda por convertirse en los reales guardianes de la lengua, en lugar de hacer que ese instituto actúe como homólogo de la Alianza Francesa o de la Dante Alighieri para lo que fue concebido, Pérez-Reverte intervino en apoyo del presidente de la RAE. Aunque no lo haya dicho expresamente, Pérez-Reverte ha explotado, si es que alguien puede explotar, en su doble condición de escritor y de periodista; o, para unificar categorías, en el carácter indiscutido de hombre de la cultura. Cualquier periodista de raza ha de sentirse interpretado por algunas de las admoniciones que ha hecho públicas a una academia que observa descompensada en favor de los filólogos y otros administradores del idioma, y en disfavor de los creadores más respetables de la lengua. Los dos grupos están lejos de ser compactos, lo ha reconocido su artículo. Eso es tan evidente como que Pérez-Reverte añora la presencia de Javier Marías y de Mario Vargas Llosa, dos escritores de fama mundial, prosa prodigiosa y, a los efectos de la campaña en que se ha empeñado, sin pelos en la lengua. Cree que de estar vivos podrían haberlo acompañado en la lucha emprendida. Pérez-Reverte está, sin embargo, lejos de sentirse en soledad. Entre las filas ahora algo raleadas de los académicos de igual condición, o sea, escritores y periodistas, puede contar con la cercanía, pero no necesariamente con el acuerdo por lo que se sabe de lo sucedido este último jueves en la sesión privada, de Luis María Ansón, Juan Luis Cebrián, Álvaro Pombo, José María Merino, Luis Mateos Diez, Soledad Puértolas, Clara Sánchez, el helenista Carlos García Gual, y claro, Javier Cercas. Lo que ha de estar percibiendo Pérez-Reverte es que en el peso de las gravitaciones verdaderamente efectivas la línea de gravedad se ha deslizado en los últimos tiempos hacia la vereda de quienes son considerados los técnicos del lenguaje: Ignacio Bosque, Salvador Gutiérrez, Guillermo Rojo, José Antonio Pascual, Pedro Álvarez de Miranda, entre otras personalidades relevantes. Así las cosas, lo que Pérez-Reverte imputa a la corriente a su juicio dominante en la Academia es la tendencia a aceptar todo lo que viene de la calle, sin frenos u orientación que moderen modernismos innecesarios, vulgaridades, y hasta errores. Quienes conocen al escritor de La Reina del Sur saben que aún lo atragantan decisiones como la de que la Academia haya aceptado legitimar álgido, en el carácter de dicho sobre un momento o período crítico o culminante (candente), cuando toda la vida fue lo que sabíamos: un sinónimo de frío. Las denuncias de Pérez-Reverte han repercutido también en otras de las academias, entre ellas la argentina, que comparten activamente desde comienzos del siglo XXI la máxima con la que se fundó la Academia de limpiar, fijar y dar esplendor a la lengua que hablamos y escribimos. Incomodó, en principio, a los académicos argentinos consultados el modo en que Pérez-Reverte irrumpió en público, pero anida entre ellos la esperanza de que el escándalo de sus palabras constituya el disparador de una política en adelante más cautelosa en la aprobación de voces discutibles. Nada agrega, por cierto, a la belleza de la lengua que se haya españolizado el anglicismo whatsapp. Ahora podemos escribir indistintamente guasap y whatsapp, aun con la desventaja para aquel de que al leerlo golpea en los ojos como un gazapo. Con la irreverencia de la estudiantina de la que formábamos alegremente filas en épocas de juventud hubo un tiempo de preguntar con qué detergente fregaban los académicos en el afán de conferir pulcritud al idioma. Pérez-Reverte ha salido con rudeza al ruedo para referirse a eso mismo, pero con el rigor, por discutible que haya sido, del profesional consagrado, no con las desaprensiones de la muchachada. En su artículo destila bronca porque la Academia, en su opinión, se ha desentendido en demasía de la máxima de limpiar, fijar y dar esplendor a la lengua. Pérez-Reverte ha ido lejos con palabras que llegan más hondo al espíritu de un viejo periodista de lo que acaso imaginara: La presión del clic, la velocidad de la publicación y la precariedad laboral han erosionado el cuidado del idioma. Y lo ha dicho, además, objetando que la Academia haya hecho poco para encarrilar por mejores sendas el fenómeno. Tal enjuiciamiento ha sido como un disparo que alcanza, en el rebote inevitable, el corazón siempre expuesto a cielo abierto de los medios de comunicación. El clic de las convocatorias algorítmicas presiona también entre nosotros, don Arturo. Cuantos más clics sobre el título de una noticia desplegada en las pantallas del mundo virtual, y no necesariamente virtuoso, más incentivos para insistir con esa u otras noticias de igual índole. Pareciera que fuera desdeñable que carezcan muchas veces de otro mérito que el interesar al mayor número de gentes con tal de que al final conquisten, en gran emulación en cadena, a cientos, a miles de clics más en un fragoroso cliqueo. El prodigio de esa naturaleza se explaya en una retroalimentación incesante, y a menudo perversa, entre editores y lectores. El problema es que la opinión aprobatoria de la mayoría no asegura que sea la más razonable y certera sobre la real trascendencia de las informaciones que se divulgan. Anotarlo no significa ignorar que estas deban impregnarse con la sal y pimienta que generen, en proporción adecuada, interés por los contenidos. Un alto número de clics puede estimular a que se insista con infortunios que deriven en gigantescos equívocos de los que el periodismo profesional se cuidaba de caer en un pasado más precavido, exigente, riguroso. Basta observar la reiterada, abrumadora presencia, en palabras e imágenes, de sujetos desprovistos de solvencia moral, artística o deportiva suficiente y a los que el periodismo-espectáculo eleva en la actualidad a la azarosa condición de influencers. En este mundo de hoy un tipo puede correr carreras de Fórmula 1 a lo largo del año. No arañar el podio en ninguna competencia ni obtener un solo puesto medianamente destacado; provocar, incluso, consternación hasta por los riesgos para su propia constitución física a raíz de tanta insistencia en llevarse empalizadas por delante y suscitar, sin embargo, en los comentarios generales la simpatía eufórica, y recibir laureles, en otro tiempo destinados al círculo estricto de los verdaderos campeones. La parodia es hija descarriada de las posibilidades, en otros campos enriquecedoras del conocimiento social, que han abierto las tecnologías aplicadas a la comunicación. Cuantos más clics, más se remacha el clavo de un tema con todos los dilemas que plantearía no hacerlo. Y si es esto parte, como creemos, de las patologías implícitas en la denuncia de Pérez-Reverte, bienvenida la clarinada. Pérez-Reverte reflexiona sobre el asunto cuando inquiere qué ha hecho la Academia para contener las tendencias impulsadas en la contemporaneidad por la alianza entre la tecnología y el marketing en situaciones desprovistas de otro objetivo social que el de acrecentar las audiencias: Un tertuliano (un panelista de segundo o tercer orden), youtuber e influencer analfabetos pueden tener más influencia lingüística que un Premio Cervantes, se lamenta el escritor. En los versos de Discépolo en Cambalache (1934) el lamento vendría a ser así: Todo es igual / Nada es mejor / Lo mismo un burro que un gran profesor / No hay aplazaos ni escalafón / Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, / da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón. La cantidad de clics nada confirma sobre la verdadera importancia de una noticia. Tampoco garantiza nada bueno la magnitud del tiempo que un televidente se detiene ante alguno de esos programas que sin prejuicios descerebran a pobres gentes que inocentemente aceptan que las descerebren. Son datos que nada de provechoso agregan a lo que debería ser la perspectiva sacralizada del periodismo de propender esencialmente a la difusión de cuestiones de interés público. De manera que nos ha tocado nuestra parte en la recriminación que Pérez-Reverte ha hecho en términos directos a la cofradía intelectual que integra desde hace veintitrés años. Ocupa, al margen de un núcleo duro de no menos de ocho filólogos que han sido los destinatarios directos de la filípica urbi et orbe, el sitial T de la academia. Nuestro colaborador imputa a la RAE estar hoy más pendiente del lenguaje de las redes, diseñadas para impactar y no para pensar, que de lo que pudieran haber escrito Cervantes, Calderón, Lope de Vega, Borges o Vargas Llosa. Contrasta el lenguaje de estos gigantes de la lengua con el de las redes, fragmentario, caótico, vulgar, erróneo. Pérez-Reverte se queja, también, de una supuesta pasividad de la Academia frente al lenguaje inclusivo, pese a que aplaude lo hecho por esta en respuesta a las posiciones más extravagantes en materia de género, como las que procuraron poner de moda en la Argentina las voces rectoras de la cultura kirchnerista. Habla, en el fondo, de los abismos de los que todos hemos hablado en algún momento sobre sociedades que ahora se encuentran -en Europa, en Estados Unidos, aquí mismo- en un giro de tendencias que ya se verá cuánto perdura. La RAE ha tomado nota de los razonamientos públicos del escritor nacido en Cartagena y ha anunciado que se abrirá un debate a fin de introducir con urgencia las correcciones que correspondan a su labor. Ha preguntado también, con filo irónico, cuántos académicos acompañan a Pérez-Reverte en su posición sobre los temas que ha ventilado. No le falta humor a la Academia: ha proclamado que arancel ha sido la palabra de 2025. Este escritor de 74 años propugna un debate que haga entrar en razones a colegas a quienes imputa hacer de la Academia una escribanía limitada a registrar lo que se repite en periódicos mal escritos, titulares apresurados, tertulias descuidadas o redes sociales, en lugar de sustentarse más en la autoridad de escritores, filólogos y creadores que han trabajado la lengua con rigor. Entre las denuncias, Pérez-Reverte llama la atención ante lo que observa como una falta de liderazgo frente a la avalancha de anglicismos y tecnicismos innecesarios, que empobrecen el léxico español. Ahora bien, ¿cabía denunciar a una o más academias o cabía exasperarse ante el balance histórico de lo que han producido las sociedades que comparten el español como lengua madre? Hace largo tiempo escuché, precisamente en la RAE, en Madrid, a un interlocutor que decía con absoluta crudeza: Nadie es nada en ciencia si no publica en inglés. Nadie lo contradijo. El artículo de Pérez-Reverte en El Mundo coincidió con la divulgación de 330 vocablos aprobados por la RAE en consulta con las otras academias de la lengua. Ignoramos si el articulista ha apuntado en su filípica contra estos extranjerismos que acaban de legitimarse: mailing, correo masivo; hashtag, etiquetas de identificación en las redes sociales; gif, formato de imágenes animadas que acompañan los chats. ¿Cómo volver atrás, cuando estos anglicismos han tomado nuestra ciudadanía lingüística hace una eternidad, pues maduraron vertiginosamente por la dinámica natural de los fenómenos tecnológicos? Ya teníamos, oh, sí, jipi, por hippie, y bluyín, por blue jean. En su última tirada, la Academia registró la voz loguear, por acceder a un sistema, pero dejó una vez más relegado a nuevos exámenes la acción de googlear, seguramente una de las de mayor imperio en la vida cotidiana. -Che, ¿qué sabés de Napoleón? -Googlealo -contesta el otro, sin dar vuelta la cabeza. Apuesto a que Pérez-Reverte no se habría jugado en favor de güisqui, aceptado por la RAE desde la vigésima edición del diccionario, de 1984. ¿Quién de nosotros bebería, comentábamos con gravedad en una charla de estos días con Juan Luis Cebrián, académico, exdirector de El País, de una botella en cuyo marbete se leyera Güisqui, en lugar de Whisky? Convinimos en que ninguno de nosotros tomaría un trago de güisqui. Me reservé de confesar que no sabría qué hacer de hallarme ante una botella del destilado de tono más fuertemente ahumado en gusto y sabor de los que conozco entre los procedentes de Islay, en el sudoeste de Escocia, donde se producen los whiskies afamados por la incidencia peculiar de la turba quemada sobre la cebada malteada. Queremos suponer que a fin de evitar este tipo de dilemas de la debilidad humana la Academia terminó incorporando whisky en el corpus de su diccionario, y en carácter de extranjerismo. Este será un año de acontecimientos fuera de lo ordinario en la vida de la Academia, no solo por los sobresaltos que ha producido Pérez Reverte. En 2026 se cumplen los trescientos años del Diccionario de autoridades de la RAE. Fue una primera y y admirable obra para su tiempo, como que se editó con citas ejemplificadoras del significado de los vocablos, al estilo del celebrado Diccionario del español actual, de Manuel Seco, que se publicó en el siglo XX. Hacia fines de año, como parte de las celebraciones, la RAE publicará en papel la vigésima cuarta edición de su diccionario. No lo hacía desde 2014, cuando editó la vigésima tercera edición. El tiempo no vuelve atrás: la edición en papel será complementaria, y no al revés, de la versión simultánea digital, que abarcará un contenido más amplio. Los eruditos del Instituto Lexicográfico de la Academia, con Elena Zamora a la cabeza, han retenido cientos de voces nuevas que podrían haber acompañado a las que se han difundido ahora. Los ha decidido por la procrastinación, como se dice ahora sin rubor en lugar de postergación, la voluntad de consolidar la masa crítica de novedades que se difundirán hacia fines de año con la edición histórica del vigésimo cuarto diccionario. Entre las incorporaciones que la RAE ha hecho conocer en estos días figuran voces y acepciones provenientes de diversos espectros: Farlopa: dosis de una droga o sustancia. Brutal: por magnífico o maravilloso (infaltable en tertulias de bares chics de Recoleta, ¿verdad?). Exoesqueleto: cobertura protectora de insectos, de invertebrados, como caparazón de crustáceos (en los cangrejos, por ejemplo). Biobancos: repositorios o muestras biológicas con fines de diagnóstico o investigación. Narcoléptico: que sufre de accesos irresistibles de sueño profundo. La vigésima cuarta edición del diccionario contendrá no menos de 42.800 sinónimos o palabras afines e incluirá unos 95.000 vocablos. Las reglas de acepción serán, en lo esencial, las de siempre: que una voz haya estado en uso un tiempo razonablemente prolongado y dentro de un espacio territorial de dimensiones definidas, como puede ser un país o la región del Río de la Plata. Cuando se requieren otras exigencias sobreviene el riesgo de que le endilguen a uno querer que la Academia se convierta en otra Inquisición, como han dicho fuentes del cuerpo sin identificarse, en respuesta a Pérez-Reverte. Podrían decir algo más duro si se agigantara la ola de disconformidades en formación por el artículo. La lengua es un cuerpo vivo por naturaleza, eminentemente popular y plástico, y si Pérez Reverte lo olvidara su causa estaría perdida; la lengua es refractaria a las discrecionalidades académicas, pero reclama reglas que aseguren la lógica interna de su estructura y una autoridad que legitime lo que de todos modos seguirá diciéndose en la calle mal que nos pese. El español que se habla hoy no es el español que hablaron Cervantes o Quevedo. Pero si por encima de los cambios sucesivos ha preservado una unidad que impresiona frente a la balcanización de otros idiomas es evidente que ha sido por el genio de haber propendido la Academia al ideal en que ha perseverado durante tres siglos: el de su homogeneidad, allí donde se hablara. Integramos así, desde un confín del mundo, una comunidad planetaria de 600 millones de hispanohablantes. Ahí reside, como razón indiscutible, la grandeza de la lengua que nació en Castilla, en el Medioevo, como embrión del latín vulgar.

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