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» La Nacion
Fecha: 15/01/2026 11:05
Villa Gesell: noches que quedaron marcadas por una brutal tragedia y la mayoría ruidosa que perdió protagonismo VILLA GESELL (Enviada especial). La música se escucha desde media cuadra antes de llegar. Es un pulso grave, constante, que se filtra entre los árboles y los frentes de los locales. En la vereda, un grupo de jóvenes avanza lento, mirando los celulares, comparando pulseras, buscando a alguien que no aparece. Es viernes por la noche en Villa Gesell y el centro empieza a poblarse, pero no con la intensidad de otros veranos. A pocos metros, sobre un árbol ubicado en plena zona comercial, alguien se detiene a mirar un retrato plastificado. Es la cara de Fernando Báez Sosa. Abajo, flores frescas, girasoles, ramos blancos y azules. Una placa oxidada con su rostro grabado en metal. Más arriba, dos afiches con la misma consigna: Justicia por Fer. El memorial permanece ahí, inmóvil, como una marca silenciosa en una noche que hace seis años se partió en dos. El 18 de enero de 2020, Fernando Báez Sosa, de 18 años, fue asesinado a golpes por un grupo de jóvenes a la salida del boliche Le Brique, en esta ciudad. La escena quedó grabada en cámaras de seguridad, celulares y en la memoria colectiva. La violencia, el ataque grupal, la brutalidad en plena calle, transformaron ese episodio en uno de los casos judiciales más emblemáticos de los últimos tiempos en la Argentina. Seis años después, el crimen sigue siendo una referencia ineludible cuando se habla de la noche gesellina. A días de cumplirse un nuevo aniversario del asesinato, LA NACION recorrió Villa Gesell para observar cómo se vive hoy la noche entre los jóvenes. La ciudad parece reconfigurada. En los veranos previos al crimen, las madrugadas eran sinónimo de juventud: parlantes en la playa, previas en la arena, grupos de amigos que se extendían hasta el amanecer. Hoy, el clima es distinto. Más contenido. Más vigilado. Más disperso. En el centro, las familias dominan las veredas. Parejas con chicos pequeños, abuelos que caminan despacio, turistas que salen a cenar temprano. Hay adolescentes y jóvenes, pero ya no son la mayoría ruidosa de otros años. Se siente más tranquilo, más apagado, comenta una comerciante desde la puerta de su local. Antes esto explotaba de pibes, dice. El memorial de Fernando funciona como una especie de punto de pausa. Una mujer mayor se acerca con una nena de la mano. Un grupo de chicos se queda mirando los afiches. Una pareja se detiene a leer una oración pegada al tronco. No es un altar escondido: está en plena avenida, rodeado de restaurantes, heladerías y bares. La noche pasa alrededor de esa memoria. A pocas cuadras de allí, sobre Paseo 106 entre Avenida 3 y 3 Bis, está el boliche Dixit, uno de los dos grandes locales nocturnos que siguen activos en Gesell. Frente a la puerta, un cordón de al menos diez policías vigila la escena. Algunos miran hacia la entrada, otros hacia la salida. Son cerca de la 1 de la madrugada y todavía el ingreso es lento. Todas las semanas hay una supervisión dentro del boliche. Nosotros estamos acá no tanto por la entrada, sino por la salida. Pos-Fernando se reforzaron los controles de seguridad, explica a este medio uno de los efectivos. El despliegue es visible: patrulleros estacionados, agentes caminando, radios encendidas. Desde la organización del boliche, un encargado coincide en que la noche ya no es la misma. Esto se llena tipo 2.30, pero es distinto. El público cambió. Antes venían pibes más chicos, ahora es gente más grande, arriba de los 30. Los jóvenes están más en Mar del Plata. El antes y después se produjo pos-Fernando. No ingresan menores, y revisamos DNI dos veces si hace falta, detalla. En la puerta, dos amigas esperan su turno para entrar. Se llaman Lucía Mazzini, de 29 años, y Florencia Rivas, de 30. Se conocen desde chicas. Toda la vida vinimos a Gesell. Nuestras familias vacacionan juntas. Para nosotras, esto es como nuestra casa de verano, dice Lucía. Florencia asiente: Pero cambió todo. Gesell cambió 100%. Antes era joda todo el tiempo, era espontáneo, la calle, los boliches, la playa. Después de lo que pasó con Fernando, la siento más vacía. Como si hubiera quedado un hueco. Lucía agrega: Nuestro grupo grande se fue a Mar del Plata. Ellos dicen que allá hay más movida, más fiesta, más libertad. Nosotras nos quedamos porque amamos este lugar. Pero es verdad que no es lo mismo. El centro de Gesell refleja ese cambio. Hay jóvenes, sí, pero mezclados con familias, con adultos mayores, con turistas que no buscan la noche. La ciudad parece haber envejecido. La tendencia que hoy domina entre los jóvenes está más asociada a Mar del Plata y Chapadmalal, donde proliferan las fiestas en la playa y eventos privados frente al mar. En Gesell, en cambio, la noche es más tranquila, más controlada, más corta. Durante un tiempo, incluso, Dixit estuvo cerrado. En esos meses, el único boliche que quedó en pie fue Pueblo Límite, situado sobre Avenida Buenos Aires 2600. Allí se concentran ahora muchas de las fiestas grandes que llegan a este balneario. Una de ellas es Bresh, una de las marcas más convocantes del país. Desde las 2.30, una fila empieza a formarse frente a la entrada. Los controles son estrictos. Revisión de bolsos. Doble chequeo de DNI. Pulseras. Seguridad privada en cada esquina. Nadie entra sin pasar por el filtro. Dentro, la pista se va poblando de manera lenta pero constante. El público va desde los 18 hasta los 40 años. Algunos bailan cerca del DJ. Otros se apoyan en las barras. En los pasillos, agentes de seguridad observan cada movimiento. Entre los asistentes, Sebastián Arce, de 42 años, mira alrededor con cierta nostalgia. Yo vengo a Gesell desde los 90. Viví la noche de otra forma. Antes era descontrol, sí, pero también era más libre. Ahora todo está más armado, más estructurado. Entiendo por qué, pero es otro espíritu, destaca. A su lado, Martina Paredes, de 21, vive su primera temporada fuerte en Gesell. Yo no entiendo por qué dicen que está muerto. A mí me gusta. Pero mis amigos de Capital prefieren Mar del Plata. Dicen que acá es más tranquilo, más familiero, describe. Más cerca de la pista, Tomás Herrera, de 24, vino especialmente por la Bresh. Si no fuera por esta fiesta, no venía. Normalmente salimos en Mar del Plata. Allá hay más opciones, más gente, más diversidad. Pero hoy vinimos porque es Bresh. El recuerdo de Fernando aparece de manera inevitable en las conversaciones. No se puede hablar de la noche sin pensar en eso sentencia Valentina Soto, de 27. Yo estaba acá ese verano. Fue un shock. Desde entonces, todo se volvió más rígido, más vigilado. Y quizá por eso muchos jóvenes se fueron a otros destinos. Mientras tanto, fuera de los boliches, la vida nocturna se desplazó hacia bares con DJ y música en vivo. Sutton, en Paseo 105 y Avenida 2, y Origen, en Paseo 105 Nº 267, funcionan como puntos de encuentro más tranquilos. No son boliches, pero la música, las luces y el volumen crean una atmósfera de fiesta. La gente toma algo, baila un poco, conversa. No hay filas largas ni controles extremos. Es una sociabilidad más relajada, más fragmentada. Allá adentro es demasiado intenso, opina Julián Suárez, de 34, señalando hacia el boliche Dixit. Acá estamos más tranquilos. Igual se siente que Gesell ya no es lo que era. Antes veníamos a romperla toda. Ahora es otra cosa, añade. La noche avanza. Los boliches se llenan a medias. Los bares sostienen un flujo constante. En el centro, el memorial de Fernando sigue recibiendo miradas. Dos adolescentes de unos 15 años se acercan y le sacan una foto. A pocos pasos, un padre le explica en voz baja a su hija qué fue lo que pasó. Las escenas se repiten una y otra vez alrededor del árbol.
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