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» Clarin
Fecha: 15/01/2026 11:01
Una cosa es verlo y otra vivirlo. Mejor dicho, una cosa es verlo, ¡y otra sufrirlo! La Copa Africana de Naciones que llega a Buenos Aires vía YouTube no tiene nada que ver con lo que se siente en Marruecos, donde la selección local le ganó en las semifinales a Nigeria después de 120 minutos y los penales, llenos de algarabía y tensión, pero también con mucho ruido. La conclusión es esa: al Mundial 2030 habrá que venir con tapones para los oídos. Más allá del partido y el juego en sí, lo que más llama la atención en los partidos de Marruecos es el fervor de su gente. No es que alientan, lastiman. No paran de chiflar o sonar silbatos cuando la pelota la tiene el rival, y lanzan a un repertorio de gritos orquestados cuando la recuperan. Algunos de ellos son insólitos a oídos sudamericanos, aunque cumplen su cometido. La arquitectura del estadio seguramente ayuda. El estadio Moulay Hassan, inaugurado hace unos meses, tiene techos bien cerca de las bandejas más altas, lo que genera una acústica excelente. El cilindro lleva el nombre del príncipe heredero, de 22 años, quien estuvo en la cancha aunque no por motivos protocolares sino que se acercó con amigos. Se supo de su presencia gracias a un video de Instagram donde se lo ve agarrándose la cabeza en un palco. Pero el combustible de este ruido infernal es la gente. Fueron 65.458 los espectadores en la noche fría y húmeda de Rabat, que se hizo todavía más gélida cuando en el segundo tiempo los nigerianos coqueteaban con el gol y una bruma se apoderó del escenario. En ese momento reinó el terror, pero todo comenzó con alegría. Es joven Marruecos como país (cumple 70 años de independencia este 2026) y también como selección. Sus hinchas no son como los de Sudamérica, por ejemplo, que saben que una semifinal es un motivo de orgullo y celebración pero también una preocupación. ¿Y si perdemos? Por eso, casi todo el empate contra Nigeria se vivió como un espectáculo, como un juego. Mayoría de hombres pero también muchísimas mujeres, niños y familias son los que llenaron el estadio del príncipe. Se sacan selfies, juegan en los stands de los sponsors que rodean los accesos y hacen fila en los locales gastronómicos que ofrecen de todo, aunque lo que más sale para amenguar el fresquete es el "café de cápsula", a 15 dirhams marroquíes, casi dos dólares. En medio de ese frenesí de pasos color rojo están también los que se acercan a los costados, junto a las paredes, y se arrodillan durante un rato para rezar y cumplir con el llamado a la oración de la religión musulmana, entrando en sintonía con su Dios. ¿Le habrán pedido por las atajadas de Bono en los penales? Del Cielo al inframundo porque el ruido no se aguanta cuando la tiene Nigeria. Si hasta vuvuzelas versión 2026 tienen los marroquíes: parecen más cómodas por su tamaño que las de Sudáfrica 2010 y se consiguen por apenas 1 euro y medio, lo que las hace accesibles y amenazantes. Una app del celu mide que el griterío supera los 100 decibelios, pero lo que molesta es que no baja de 85. Para tener una idea, el sonido de una aspiradora alcanza los 70 y la bocina de un camión llega a 80. Insoportable. Video Y si la redonda cae en los pies de Marruecos comienza el repertorio en forma de aliento, algo limitado en sus letras pero con mucho corazón. Karim, un chiquilín de 12 años muy amable que fue a la cancha con su hermano, me oficia de traductor. "Siu, siu, siu, siu..." parece decir el público casi mecánicamente, lo que sería un "dale, dale, dale...", porque quieren que el que lleva la pelota encare al arco rival. Otro es más simple, aunque no fue muy efectiva: "Vayan y metan un gol", cortita y al pie, acompañada de aplausos. Lo más parecido a nosotros pero en versión light fue un: "El que no canta, no es marroquí". Y la mejor de todas fue una con melodía pegadiza en la que sólo se remarcaba "siempre Marruecos". El 0-0 no se movía pero ellos la pasaban bien, como si alguien les hubieran spoileado el final de la película. Karim prendió la luz de su celular y empezó a moverlo junto al resto de la cancha, tipo recital de Tini. Después se divirtieron imitando de lado a lado la performance que hacía Freddy Mercury en Queen cuando lanzaba su "Eeeeeeo" y del otro lado le respondían "Eeeeeeo", que acá se resolvió formando las sílabas de Marruecos. Esto sería impensado en una noche de Copa Libertadores, claramente. Pero en Rabat los minutos pasaban y los rostros iban cambiando de expresión. Un marroquí perdió una pelota muy tonta en el alargue y por fin se escuchó algo que pareció un insulto, aunque no daba consultárselo a Karim, que estaba un poco más pálido. Y para colmo llegaron los penales. "Soy de la ciudad del Dibu Martínez", le dije al nene tratando de darle confianza cuando un marroquí erró el suyo y la serie estaba cuesta arriba. Entre Bono y las vuvuzelas hicieron el resto porque Nigeria falló dos y Marruecos se metió en la final, la primera tras 22 años y su tercera después del único título, en 1976. Ya había pasado la medianoche en ese momento de felicidad absoluta, y tres horas después seguían los bocinazos por Rabat, la ruidosa Rabat. Sobre la firma Mirá también Mirá también Mirá también Mirá también Mirá también Newsletter Clarín
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