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  • La trama de la venta del chalet construido en una terraza frente al Obelisco: el rincón para la siesta que cuesta USD 8 millones

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 15/01/2026 07:45

    Tal vez, algo de la rebeldía y de la autodeterminación de Rafael Díaz empezó a nacer cuando era apenas un adolescente y el dueño del comercio de telas en el que trabajaba junto a su mamá los encerraba bajo llave desde las 20 hasta las 7 de la mañana del día siguiente. Esa era la hora indicada para reabrir el negocio y seguir trabajando durante una nueva jornada. Quizás, durante esas horas en las que, por las quejas legítimas que emitía a ese jefe, Rafael temía que algo se prendiera fuego y que el encierro condenara a él y a su madre a una muerte inexorable, ese chico que iba convirtiéndose en hombre habrá pensado en cómo quería que fueran sus días cuando fuera su verdadero dueño. Incluso, dónde y cómo le gustaría dormir, sin que nadie lo encerrara. Varios años después, Rafael Díaz se convertiría en el ideólogo de una perla del paisaje porteño: un chalet que, en vez de estar al ras del suelo como todos los demás chalets, se erige en la terraza de un edificio de nueve pisos. Un chalet que flota en el recorte que los edificios del centro le dibujan a Buenos Aires y que, sin que Rafael lo pudiera prever, quedó instalado nada menos que frente al monumento más emblemático de la Ciudad: el Obelisco. Ese chalet y todo el edificio que tiene debajo, un total de unos 10.300 metros cuadrados construidos, salieron a la venta en bloque. Comprar esa superficie edificada, habitualmente usada para oficinas, y ese chalet que se convirtió en una rareza urbana cuesta 8 millones de dólares. La mueblería más grande de Sudamérica La venta del bloque construido, al que se entra por Sarmiento 1117, se decidió en una asamblea de accionistas de la sociedad que heredó la Mueblería Díaz. Ese fue el gran proyecto comercial de Rafael, que después de pasar por varios comercios textiles, se probó en el de muebles y fue creciendo hasta impulsar su propio negocio. Mueblería Díaz llegó a autoproclamarse la mueblería más grande de Sudamérica. En rigor, en cada uno de sus nueve pisos funcionaban secciones distintas del negocio, con equipamiento mobiliario para diferentes partes de la casa o de comercios. Cada uno de esos pisos de exhibición tenía 800 metros cuadrados. Nada menos que de eso se sirvió Mueblería Díaz para promocionarse como la más grande de la región en su rubro. Y no dudaba en hacerlo a través de lo que fue una estrategia de marketing completamente innovadora: con una antena que luego le serviría a Radio Rivadavia, el comercio emitía la señal Radio Díaz y daba a conocer su producción y sus enormes dimensiones. Pero en medio de su crecimiento comercial, Rafael Díaz tomó la decisión que cambiaría para siempre la historia de ese edificio que había impulsado con su negocio. Quería, en medio de jornadas ajetreadas de trabajo y de decisiones empresariales, un lugar en el que descansar. En el que retirarse del ir y venir de clientes y vendedores para, en el mejor de los casos, dormir una buena siesta. Ya había construido un chalet con inspiración en la arquitectura normanda que había visto, sobre todo, en Mar del Plata. Lo había levantado en Banfield, la localidad del sur del conurbano en la que había decidido instalarse con su familia. Pero ir y venir cada mediodía desde pleno centro de la Ciudad hasta Banfield suponía más un desgaste que un descanso. Decidió construir un chalet ahí mismo, en la terraza del edificio, que fuera un lugar sobre todo para él y para parar el ritmo del día, describe Diego Sethson Díaz, bisnieto de Rafael y uno de los herederos que forma parte de la sociedad que ahora vende el edificio y el chalet. Esa sociedad, al día de hoy, sigue siendo una sociedad familiar. Un organismo liquidador de ese entramado societario se encargará de evaluar las propuestas de compra del inmueble para presentar las mejores a la asamblea de accionistas, que será la que finalmente defina quién compra el enorme espacio. El chalet que Rafael mandó a construir tiene casi 250 metros cuadrados cubiertos: son dos plantas y un altillo. Conserva los pisos de pinotea originales de ese espacio inaugurado en 1927, y algunas de las luminarias de aquel entonces. Desde la ventana del chalet, mi bisabuelo vio cómo se ensanchaba la Avenida 9 de Julio y, después, vio construir nada menos que el Obelisco, define Sethson. El monumento porteño se inauguró en 1936 para conmemorar los 400 años de la primera fundación de Buenos Aires. Para ese entonces, el chalet Díaz, como se lo conoce hasta hoy, llevaba nueve años construido. Ahora desde las ventanas del Obelisco, al que se puede subir desde hace un tiempo por ascensor, se podrá ver la transformación del chalecito, sostiene Sethson, que es documentalista y prepara un material audiovisual que cuente la historia de ese espacio tan atípico como atractivo del skyline porteño. Durante un tiempo, Sethson encabezó la organización de eventos culturales en el chalecito y la terraza desde la que se ven el Obelisco en primer plano, y las cúpulas y el cielo de la Ciudad. Pero los distintos proyectos de cada uno de los integrantes de la sociedad terminaron por impulsar la venta del edificio y el chalet. Un halo de misterio De los 10.300 metros cuadrados construidos en Sarmiento 1117, unos 7.500 son actualmente rentables a la hora de alquilar o vender oficinas. Además de los nueve pisos que fueron cada uno un gran salón de la mueblería, hay un subsuelo, cocheras y un local comercial en la planta baja. El chalecito es, por su historia, por su arquitectura y por su ubicación, algo así como la frutilla del postre del edificio. Además, por ser un espacio que Rafael Díaz mantenía más bien íntimo y al que, tras el cierre de la mueblería en 1985, fue muy difícil acceder incluso por disputas familiares, siempre estuvo rodeado de cierto misterio. Algo de ese misterio se preserva hasta hoy en la forma de acceder al chalet. No cualquiera que suba al ascensor del edificio puede llegar a la terraza en la que está edificado: hace falta una llave magnética especial que habilita el acceso más allá del noveno piso. Como no abundan las casas construidas sobre edificios, mucho menos en pleno corazón ni de Buenos Aires ni de otros grandes centros urbanos, el Chalet Díaz, como se lo conoce, está protegido patrimonialmente. Fue declarado Bien Integrante del Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires bajo la categoría Sitios o Lugares Históricos. En la práctica, eso implica que sea quien fuere que compre ese espacio debe ajustarse a las normas que rigen la preservación de esos espacios históricos, lo que implica el compromiso de mantener su estructura tal como fue concebida, así como cuidar de su estado. Cualquier modificación estructural del chalet debe estar autorizada expresamente por el área de Cultura de la Ciudad. Rafael Díaz murió en 1968 por complicaciones derivadas de una hemiplejía. El chalet que había ordenado construir llevaba 41 años llamando la atención de porteños y turistas que lo divisaban -y todavía lo divisan- desde la avenida más ancha de la Ciudad. Ese hombre al que habían obligado a dormir sobre un mostrador y encerrado, había construido para él y para su familia un espacio en el que descansar y sentirse seguro. Y una perla del paisaje porteño, aunque eso ni siquiera estuviera en sus planes.

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