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  • Glaciares, vacas, metano e impacto visual

    » Clarin

    Fecha: 15/01/2026 06:31

    Corren tiempos difíciles para el ambientalismo, ya que en distintos ámbitos y a propósito de temas aparentemente tan diferentes como los glaciares, el metano emitido por los rumiantes y el efecto visual negativo de un proyecto industrial, se ha vuelto a reavivar una ya vieja y nunca saldada discusión sobre la protección del ambiente y los potenciales beneficios que podría generar su alteración. En ella y en los conflictos que genera, el ambientalismo, ese amplio, variado y tenaz movimiento social, alterna en nuestro país triunfos y fracasos. Básicamente, todo se centra en tratar de responder a una simple pregunta ¿cuánto como sociedad estamos dispuestos a sacrificar de la calidad ambiental para obtener algún tipo de ganancia, ya sea económica o de otro tipo? Los glaciares son bienes naturales que pertenecen al conjunto de la comunidad y es nuestro deber como sociedad cuidar de ellos. Cuando este tipo de bienes captan la atención de algunos con la intención de obtener beneficios económicos, comienzan los conflictos, que podríamos llamar de interés. En nuestro caso, los glaciares (sobre todo los andinos) se asientan en áreas de gran riqueza potencial minera. Aparte de su belleza y majestuosidad, son grandes reservorios de agua en forma de hielo, que van reteniendo o soltando al ritmo de los cambios estacionales. Normalmente emiten agua en verano al derretirse lentamente y la recuperan en forma de nieve en invierno. En los bordes de los glaciares existen asimismo áreas donde el suelo permanece congelado, que prestan un servicio similar al de los glaciares, aunque este no resulta un fenómeno visible a simple vista. Y son esas áreas periglaciares las que hoy se encuentran en discusión. Aquí la pregunta es: ¿de cuánta de esta agua podemos disponer? Usualmente, la que se emite en el verano termina en las cuencas de los sistemas hídricos, y contribuye a generar agua para el uso domiciliario, industrial y para el riego, según sea la geografía del lugar. Pero ¿qué pasa cuando aparece una actividad, como la minera, que utiliza muchos metros cúbicos de agua para desarrollarse? No es el caso, como suele creerse, de que la minería destruya físicamente los propios glaciares. Lo que está en discusión es el agua que emiten estos junto con las zonas periglaciares. En este caso hay varios actores que participan en la discusión, ahora parlamentaria: las compañías mineras, que ya hace mucho le han echado el ojo a las grandes reservas de cobre y oro cercanas de los glaciares cuyanos, así como las provincias andinas, muy interesadas recientemente en la actividad minera, una potencial fuente de recursos tributarios y generadora de mano de obra. Intervienen además las instituciones de investigación y protección de los glaciares (como el IANIGLA), que advierten sobre la necesidad de contar con información confiable antes de tomar cualquier decisión, y finalmente están los ambientalistas, opuestos casi por definición a la más mínima alteración ambiental. La disputa actual gira en torno a la modificación o no de la actual ley de protección de los glaciares. Se avecina una densa discusión en el Congreso, que decidirá si las provincias tienen potestad para modificar la actual reglamentación. Una situación en el fondo similar se plantea con el reciente proyecto para gravar con impuestos las emisiones gaseosas producidas por los rumiantes. Estos, por la forma de funcionamiento de su aparato digestivo, emiten gas metano en forma de flatulencias y éste, si bien llega a la atmósfera en mucha menor proporción que el CO2, tiene un fuerte impacto en la generación del efecto invernadero, responsable a su vez del calentamiento global. Las vacas naturalmente generan ese efecto, pero quien se considera responsable último es el dueño de la hacienda, que obtiene beneficios de su reproducción y venta. De promulgarse la ley, éste se encontraría ante la alternativa de pagar el impuesto que se estipule o, si fuera posible, darle algún remedio a sus vacas para amortiguar el efecto. En el primer caso, los gobiernos terminarían recibiendo el monto de los impuestos, mientras los afectados directos serían los dueños de los rumiantes. A estos últimos nadie les pregunta nada, pero si esta ley fuera aprobada, seguramente recibirá más de un nombre previsible Recientemente, un tema que ha surgido también trae a colación la tensión entre economía y ambiente, ante la decisión por parte del gobierno uruguayo de construir una planta de producción de hidrógeno verde (es decir, generado a partir de recursos biológicos naturales) en la localidad de Fray Bentos. A algunos esto les hará recordar el famosos conflicto por las papeleras que se desarrolló a principios de siglo y que tuvo como principal protagonista a un movimiento ambiental de la ciudad de Gualeguaychú, en Entre Ríos, preocupado por la posible contaminación hídrica del rio Uruguay generada por la construcción de una fábrica de pasta de celulosa en la orilla opuesta del río. En paralelo se protestaba vale la pena decirlo, con argumentos muy pobres y aún falsos- por la contaminación visual que generaría la construcción de las plantas. Finalmente el conflicto que había tomado una intensidad desproporcionada - se disolvió por un dictamen emitido por la Corte Internacional de Justicia que ambos gobiernos acataron, y el proyecto siguió adelante. Llama ahora la atención que el ambientalismo retome el punto más débil de la protesta original, cual es la contaminación visual que generaría una obra ubicada en el país vecino. Una protesta simpática pero de difícil argumentación y posiblemente destinada, como ocurrió antes, al fracaso. Cada situación de las descriptas tiene distintas formas de desarrollo y tipos de solución. Tal como están planteadas, parece difícil encontrar alguna que deje a todos satisfechos, pero posiblemente ese sea el destino de casi todas las discusiones y conflictos por el ambiente.w Sobre la firma Newsletter Clarín

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