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» Clarin
Fecha: 14/01/2026 21:19
El domingo, Nisman va a estar muerto. El miércoles 14 de enero, el fiscal que investiga la voladura de la AMIA denuncia al gobierno de Cristina Kirchner por hacer un pacto con Irán para dejar impune aquel atentado, el mayor de la historia argentina (1994, 85 muertos). La denuncia es un escándalo que provoca un terremoto político. Una conmoción que, sin embargo, será opacada por lo que sucederá el domingo. País de conmociones mayores. El jueves, Nisman es invitado al Congreso para el lunes, a dar detalles sobre lo que acaba de denunciar. El viernes, el hervidero político anticipa un fin de semana de declaraciones cruzadas. Chicanas, denuncias, amenazas en el fragor del poder. Hay chisporroteos y verborragia de combate. Eso, en la superficie. Pero un mundo paralelo se mueve debajo. Toda conmoción política tiene su Stranger Things. En esa realidad simultánea, el shock se traduce en órdenes. Y esas órdenes provocan hechos. Todavía faltan años para que se sepa, pero 89 agentes de la SIDE son convocados a trabajar en grupos operativos el sábado y el domingo. Sus jefes dirán que los llamaron por un Boca-River en Mar del Plata y por un misil robado en La Plata, pero los agentes no se mueven entre lobos marinos ni diagonales sino cerca de Puerto Madero. Ahí no pasa nada, pero va a pasar. Ahí vive Nisman, amenazado y custodiado en turnos por diez policías de la Federal que el sábado a la noche no van a estar ni cerca de él cuando le disparen a la cabeza, y el domingo tardarán 11 horas en entrar a su casa cuando no conteste, con un cerrajero que encontrará abierta una puerta que el Gobierno dirá que estaba cerrada. Nisman ha presentado la denuncia pero no las pruebas. ¿Qué tiene? ¿Qué va a llevar el lunes al juzgado y al Congreso? Esa incertidumbre exaspera al poder. Nisman tiene su denuncia en un puño y lo abrirá el lunes. Entonces, este fin de semana de enero de 2015 suceden dos cosas: se borran pruebas para que no lleguen al lunes; y matan al fiscal para que no llegue al lunes. Todavía faltan meses para que se sepa, pero este sábado 17 de enero se incendiarán cables en un depósito de la Casa Rosada. Son los cables de los servidores que guardan todos los registros de entradas y salidas a la Casa de Gobierno desde 2011, incluyendo el período en que se negoció el Pacto con Irán. Ya nunca se sabrá quién fue a ver a Cristina Kirchner en esos años. El incendio no se denuncia y nunca se investiga el origen del fuego. El jefe de la Casa Militar es Agustín Rodríguez, un hombre de Inteligencia del Ejército formado con César Milani que luego recibirá un cargo en la Casa de la Moneda. Su jefe es el secretario general de la Presidencia, Aníbal Fernández. Aquí no ha pasado nada. Los bomberos aún están en la Casa Rosada mientras Lagomarsino -un asesor informático de Nisman que practicó tiro con un agente de Inteligencia- está yendo al departamento de Nisman y luego dirá que Nisman le pidió una pistola, aunque el fiscal tenía una igual en casa de su madre. Del arma prestada saldrá la bala que terminará en la cabeza de Nisman. La pistola aparecerá debajo del hombro izquierdo del cuerpo, en una posición imposible para alguien que se autodispara en el lado derecho de la cabeza. País de casualidades: uno de los agentes de la SIDE que trabajan ese sábado vive en el mismo barrio cerrado de Lagomarsino del que salió el arma asesina. Once años después, la muerte de Nisman es en la justicia un asesinato con un partícipe necesario (Lagomarsino), pero aún sin autores materiales ni intelectuales. Fuera de eso, también es una pieza de una saga mayor: la voladura de la AMIA que lleva a un Pacto con Irán y éste, a su vez, que termina con el fiscal asesinado. Dentro de cada mamushka hay otra. País de casos embarrados por el poder: la trilogía sigue abierta, pero impune. Sobre la firma Newsletter Clarín
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