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  • Ellos salvan vidas bajo el sol: la realidad de los guardavidas de la costa argentina

    » TN

    Fecha: 14/01/2026 21:10

    El turista llega, clava la sombrilla y mira el mar. Para él, es el inicio del descanso. Para el que está trepado a la casilla de madera, es el inicio de una guardia de seis horas bajo el sol, el viento y la tensión constante. Los llaman bañeros, guardavidas y socorristas; pero si estás en peligro y los querés llamar, sólo tenés que levantar la mano. Recorrí desde San Clemente hasta Mar del Plata para verles la cara y conocerlos un poco más. Hay una grieta semántica que les duele en el orgullo: odian que les digan bañeros. Los bañeros -explican- son los que limpian los sanitarios o quienes a principios del siglo XX, cuando Mar del Plata era la meca estival de la oligarquía, acompañaban a las mujeres y a sus maridos ricos a meterse al agua. Esa figura servicial murió. La diferencia hoy es vital: un bañero te asiste; un guardavidas te salva la vida. Leé también: Un viaje solidario hasta el fin del mundo que terminó con regalos y muchas sonrisas en un comedor Los guardavidas son profesionales capacitados en la técnica del salvataje y primeros auxilios. Tienen que contar con un título habilitante y hacer reválidas todos los años. Pero el ejercicio de la profesión no es igual en todos lados. No es lo mismo cuidar la playa en Las Toninas que en el centro de San Bernardo. En San Clemente, por ejemplo, el desafío es cubrir la geografía traicionera de Punta Rasa y las familias que se confían. En Santa Teresita, la masividad complica la visual: es un mar de cabezas donde perder a un chico toma segundos. En San Bernardo o Villa Gesell, el problema es la nocturnidad que se mezcla con el día: chicos que llegan a la playa sin dormir, a veces alcoholizados. Leé también: Marta Beatriz Echaul: 100 años conduciendo su vida con independencia y sin límites Y después está Mar del Plata, la bestia final. En la Bristol, hay tanta gente que los guardavidas trabajan con los pies en el agua, como infantería. Si tuvieran que correr desde la arena, entre las carpas, las heladeras, los termos y los cuerpos al sol, llegarían tarde al rescate. Detrás del bronceado y los anteojos espejados, hay un reclamo laboral histórico. Muchos trabajan con elementos de rescate desgastados o vencidos, dentro de casillas que no soportan una sudestada. El salario básico, a menudo motivo de paritarias tardías, no siempre refleja el riesgo de vida que asumen cada vez que suena el silbato. Un rescate promedio dura entre 3 y 10 minutos, pero el desgaste físico de entrar al mar con bandera roja te deja fuera de combate por el resto del día. Y al día siguiente, sin excusas, hay que volver a subir.

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