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» Clarin
Fecha: 14/01/2026 10:05
Al boraq significa "el relámpago", guarda una referencia con el Corán, y es el nombre que Marruecos decidió ponerle al tren de alta velocidad inaugurado en 2018, que comienza en Casablanca y une a la capital Rabat, frente al Atlántico pero en el centro del país, con Tánger, la ciudad del norte, que mira a España desde la costa africana del Mediterráneo. Y tiene razón el apelativo, porque se viaja con la rapidez de un Fórmula 1. Son 250 los kilómetros que separan a las sedes principales de la Copa Africana de Naciones, que serán anfitrionas también del Mundial 2030. Y se recorren en un tiempo insólito para el que no está acostumbrado a estas bestias con forma de flecha: una hora y cinco minutos. Menos que un viaje en colectivo cruzando la ciudad de Buenos Aires. La aventura de probar el Al Boraq comenzó en Rabat, en una estación modernísima que podría creerse anclada en Europa o Asia si no fuera por las voces árabes (luego francesas y más tarde inglesas) que resuenan en los altoparlantes, entre galerías que parecen de un shopping de lujo, con marcas internacionales y la M más famosa ofreciendo combos y hamburguesas. En medio de ese concierto políglota, ruedas de valijas y tacos golpeando los mosaicos espejados, una cumbia. ¿Una cumbia? Sí, una vendedora se hamaca sobre su vertical en un local de cosméticos (también top) sin tener idea de que lo que sale de su celular es Vamos a bailar, del grupo Yerba Brava, muy popular hace un par de décadas, y que viene de Argentina. "Salió solo pero está bueno, me gusta", explica con sorpresa. Cosas de Spotify y el algoritmo. "Levanta la mano para que te vea...". Si cerramos los ojos podemos pensar que estamos en Constitución, pero no. Es momento de acercarse al andén, y en la puerta de acceso no hay controles de seguridad ni filas interminables, como se sufre en los aeropuertos. Un muchacho escanea el ticket y adentro, como si fuera la puerta de un cine. Sólo faltan los pochoclos. El bólido de acero parte puntual. Tiene dos pisos y la categoría turista, la más barata, está arriba y cuenta con butacas como las verdes del viejo pullman del Roca con el que viajábamos (y se viaja) a Mar del Plata. Como extra se le suma mesita muy práctica y enchufe para cargar el celu, fundamental. El boleto cuesta unos 20 dólares y el servicio premium que, va en el piso de abajo, sale 35 e incluye bebidas y asientos todavía más cómodos. Para los inquietos tiene vagón cafetería, aunque la bebida que más sale por acá es el té marroquí, que si se pide verde y con azúcar tiene un gusto muy similar al del mate cocido. El paisaje desde la ventana es el mismo arriba y abajo: la ruta de asfalto con los camiones y autos que dan pena porque van quedando atrás como si fueran el Alpine de Colapinto. Una pantallita explica el motivo: volamos a 318 kilómetros por hora. Se viaja tan pero tan rápido que la chica que controla los pasajes se tiene que apurar porque apenas tendrá tiempo de completar todos los vagones. Es tan práctico y eficiente el servicio que ofrecen estos trenes, además de seguros, que los planteles de la Copa Africana se movieron a bordo de ellos cada vez que tuvieron que llegar hasta alguna de las sedes. Lo mismo pasará en 2030, cuando la flota promete ampliarse para atender al caudal de hinchas que viajará desde todo el planeta a ver a sus selecciones. A la hora señalada se llega a Tánger y allí la misma historia: una estación de otro planeta, un poco más pequeña quizá pero con la misma sensación de modernidad, aunque con detalles propios en la decoración, como fuentes, palmeras y mosaicos. La identidad se respeta a rajatabla en esta tierra y se construye día a día, teniendo siempre en cuenta que en los próximos meses cumplirá apenas 70 años de independencia. Viajar en tren por Marruecos, una de las experiencias que más envidia provoca en estos días de fútbol en el país que recibirá el Mundial 2030. Dicen que viajar es fatal para los prejuicios, pero en este caso también para el ego. Video . Sobre la firma Mirá también Newsletter Clarín
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