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  • Valentina Bassi, la actriz sin maquillaje: "Mostrar a mi hijo fue un aprendizaje"

    » Clarin

    Fecha: 14/01/2026 09:01

    Todo empieza en el Borda. Un psiquiatra y una asistente social se enamoran allí cuando él cursa su residencia médica y ella prepara una tesis sobre alcoholismo. Más tarde se mudan a Chubut, tienen dos hijas y a la menor la llaman Valentina, por la astronauta rusa Valentina Tereshkova. La niña de los pocitos en las mejillas se cría entre la vivienda de Trelew -con consultorio psiquiátrico incluido- y la casita de vacaciones en Playa Unión, Rawson. El mar, la arena fina, las ráfagas, las bicicletas, los patines y los juegos exploratorios de Península Valdés van forjando un carácter de autonomía, soltura y alegría. Apodada familiarmente Trapito, la chica que jugaba con pingüinos tarda 20 horas desde Trelew a Buenos Aires. Corre 1992 y baja del micro liviana, con un currículum invisible, el de las giras sureñas con el grupo teatral Ampolla, y con La Patagonia como marca en el cuerpo, "una forma de ser, de existir". La invitan a hacer un casting, pero no sabe qué significa la palabra casting. Lo entiende enseguida, cuando camina hasta la productora Aries, se presta a una prueba que en principio cree para una publicidad, y queda elegida -entre más de 400 chicas- para encarnar a María Soledad Morales, la catamarqueña violada y asesinada cuyo caso desnudó a los dueños del poder. "Hay una libertad en mi forma de encarar las cosas que es por haber vivido en la Patagonia, sin dudas. Esos horizontes tan amplios, personas a kilómetros, el auto tambaleándose en el ripio, los viajes en el Fitito rojo", intenta explicarse ahora, a los 53, desde esos paisajes a los que ya no suele visitar seguido. "Allá el viento te lleva puesto, te despeina, te desordena y hay algo de esa libertad que incorporás para siempre", sonríe sin maquillaje, con los hoyuelos de las mejillas, su encantadora marca de fábrica. La libertad avanza, Bassi acciona. Por estos días levanta la voz por los recortes en discapacidad, en nombre de su hijo adolescente, Lisandro, que tiene un trastorno del espectro autista. Antes de ser esa mamá que defiende la causa y demanda al Presidente, prefería el bajo perfil, intentaba esquivar la sobreexposición. Ahora vence esa barrera, golpea puertas, marcha al Congreso y deja su vulnerabilidad al descubierto con Presente continuo (disponible en HBO Max), la película dirigida por Ulises Rosell, su ex, y padre de Lisandro, biodrama en el que Lisandro es protagonista. -Si pudieras estar frente al presidente, ¿qué le dirías? -Le preguntaría de qué se ríe. Porque cuando vetó la ley lo dijo riéndose. Es lo único que le diría, porque después lo otro lo hablé con senadores, con diputados. Ellos escuchan. Con él, yo siento que no solo no tiene empatía, sino que quiere que no existamos. Si vos mandás una restricción diciendo que mi hijo es un imbécil, eso es muy violento. -¿Te meterías en política para militar esta causa? -Estoy en política militando esta causa. No estoy en política partidaria. Eso no me interesa en lo más mínimo. No puedo hacer otra cosa. Defender los derechos de mi hijo es hacer política, sin lugar a dudas. Necesitamos políticas públicas activas. Anatomía de un diagnóstico Se vieron por primera vez en Francia. Ulises Rosell y Valentina Bassi se cruzaron en el Festival de Cine de Toulouse en 2001, a donde el presentaba su documental, Bonanza, y ella había viajado por la película Un día de suerte. Por entonces se saludaron, se miraron de más, pero cada uno volvió a tomar su avión de regreso, sin imaginar que escribirían una historia de amor de dos décadas. En 2008 nació Lisandro. A los 11 meses, la pareja notó que el bebé había empezado a mostrar estereotipias, movimientos repetitivos, generalmente coordinados y rítmicos. A los dos años lo llevaron por primera vez a un neurólogo, pero el médico le pidió "tiempo" y aconsejó que lo dejara arrancar el jardín de infantes. El primer diagnóstico fue TGD, Trastorno Generalizado del Desarrollo. "A los tres años arrancó con tratamientos, tardamos un montón en encontrar los terapeutas adecuados", cuenta Valentina. Por años, Bassi se agarró de una premisa médica: "Los diagnósticos de estos casos se escriben con lápiz porque con la batería de tratamientos se puede arrancar o hacer un clic. En el caso de Lisandro no sucedió, se fue profundizando. En el primer CUD (certificado de discapacidad) figuraba TGD; en el segundo CUD, era autismo infantil Y ya en el tercero, TEA, Trastorno del espectro autista". En 2019, mediante una foto en su Instagram, Bassi contó que le daba Cannabis medicinal a su hijo. "Con esta planta hago aceite para él. No quiero ser ilegal, me molesta hacer todo a escondidas", escribió entonces. -Es común escucharte hablar de cosas que te maravillan de Lisandro. Sin romantizar, encontrar cuestiones poéticas, belleza en su forma... -Me maravilla su libertad, sin lugar a dudas. Si yo digo que soy libre, él me redobló la apuesta. No te regala una, no hace ninguna concesión con nadie ni con nada si no le interesa. La suya es una felicidad muy hermosa, muy simple. Lisandro necesita su escuela, que le da estructura, y su familia, y no necesita a nadie más, ni a nada más. ¡Y yo necesito un montón de cosas para ser feliz, tengo una lista innumerable! Él tiene una alegría transparente, ingenua, y eso, creo, es lo que más admiro de él, me encantaría ser así. Vive en un presente continuo. En cambio yo... -¿Vos? -Estoy muy preocupada de verdad. Lo paso a buscar por la escuela, y él sale con sus ruiditos, haciendo esos soniditos, y me digo: "Yo me quedo acá un ratito, en esta ingenuidad, en esta felicidad simple". Es mi refugio. La discapacidad es un quilombo, es complejo, hay que trabajar un montón, pero sus diferencias son muy divertidas. A mí me divierte cómo habla, por más que trabajo para que se comunique mejor con el lenguaje. Pero me vuelve loca cómo habla, porque mezcla, o sea, en la oración que arma, yo no encuentro ni el verbo, ni el predicado, ni el sujeto. Lisandro es como una especie de cubista, es como Picasso... -¿El hecho de que tu papá haya sido psiquiatra te amplió la mirada? -Puede ser. Mi viejo se murió dos semanas antes del estreno de la película de María Soledad. A mis 20 años. Me quedé sin hacerle un montón de preguntas. Me acuerdo que en algún momento él cambió la placa, dejó de ser psiquiatra y puso psicoterapeuta. Ahora le preguntaría qué pasó, que de un día para el otro decidió no ejercer más la psiquiatría. -El comienzo de tu carrera en Buenos Aires fue veloz y a la vez triste... ¿Cómo manejaste esa ambivalencia? No pudiste ni despedirte de tu padre... -No me despedí. Le dije "chau, hasta las vacaciones de invierno", porque veníamos a estudiar a Buenos Aires con mi hermana, y se murió de un infarto. Fue hace tanto que está procesado, pero en algún momento me atormentaba. Tardé en que me cayera la ficha. Él ya tenía los pasajes comprados para venir a verme al estreno. A mi cabeza de 20 años le costaba entender todo eso. -¿Pudiste estar en su velatorio? -Fui a su velatorio, volví, se estrenó la película. Tenía todas las emociones empastadas. Mi cara empapelaba la ciudad. Recuerdo ese estreno con felicidad y con el enojo de pedir justicia. Ahora entiendo que mi mamá, pobrecita, debe haber hecho un gran esfuerzo para mostrarme su alegría. La madre del tigre Antes de mudarse a la esquina porteña de Rodríguez Peña y Perón y de estudiar con Raúl Serrano, Valentina dio sus primeros pasos con el maestro patagónico Luis Molina. Recuerda las sensaciones del primer ejercicio teatral: tenía que elegir entre ser la ciega o el lazarillo y decidió jugar a ser la primera y retar desmedidamente al lazarillo por no obedecer órdenes. "Me gustó que se rieran con mis reacciones, provocar eso en el espectador", evoca. Alta comedia, La marca del deseo, Sin Condena, Poliladron, Verdad consecuencia. Los primeros años en Buenos Aires no tuvieron tregua para Bassi. Hipnótica, del trío de amigas actrices al que las revistas de los noventa definían como "indie-hippies" (junto a Carolina Fal y Belén Blanco), terminó siendo la que más trabajó. "Con Carolina perdí contacto, se dedica a la medicina; con Belén cada tanto hablo", cuenta. Cincuenta ficciones televisivas, unas veinte películas, unas treinta y tantas obras teatrales... Trabajó a las órdenes de Héctor Olivera, Daniel Burman, Adolfo Aristarain, Juan Bautista Stagnaro, Rodolfo Ledo y casi no hizo pausas laborales, aunque se haya desdibujado de lo mediático. Su gran orgullo, admite, fue con Salvajada, en el Cervantes, con dramaturgia de Mauricio Kartun y dirección de Luis Rivera López. En la historia, adaptación del cuento Juan Darién, de Horacio Quiroga, velaba por un yaguareté devenido en hombre que crecía en la sociedad con el estigma de ser diferente. "Yo era esa madre que lo cuidaba con ese miedo de saber que era un tigre, el diferente. Y yo que tengo un hijo con discapacidad, salvaje, inevitablemente no podía dejar de resignificar el cuento", se emociona. "Nunca dejé de trabajar a pesar del esfuerzo que demanda una maternidad así. Primero, porque es mi sustento, no trabajo de otra cosa, y después porque es mi catarsis, me hace bien, si no se me complica mi cabecita. Es cierto que bajé muchos decibeles por Lisandro, dejé de hacer audiovisual en toda su infancia, y me puse a hacer teatro para poder tener los días libres y llevarlo a las terapias que requería", cuenta. "De niño él necesitaba mucho nivel de apoyo, y con el papá nos íbamos turnando". -Te escuché hablar de tus sentimientos contradictorios, de la transición entre ocultar a tu hijo y mostrarlo pero sin exponerlo... -En realidad, soy una persona a la que no le gusta mucho hablar de su vida privada, ni siquiera con mis amigos, soy bastante introspectiva con mis cosas, las cuido. Fui aprendiendo. -¿Qué aprendiste? -Me cuesta la exposición sin un personaje en el medio que me esté cubriendo. Ahí tenía una gran contradicción, porque sentía que estaba ocultando su discapacidad, y eso no me gustaba. ¿Cómo, si yo estoy orgullosa de él? Había algo que me hacía muchísimo ruido. Lo bueno de ser artista es que te podés cuestionar todas las emociones que sentís, porque no las censurás, porque trabajás con las emociones. Fue un gran aprendizaje para mí. Todo se fue acomodando y empecé a mostrar a mi hijo, que es un amor, lo más importante de mi vida. -Hace mucho que sos sostén. ¿A vos quién te sostiene? -Mi hijo, sin duda. Su ternura, su ingenuidad, su fragilidad, esa felicidad que te contaba, tan simple, tan transparente. Me encanta que Lisandro sea así. Sobre la firma Mirá también Newsletter Clarín

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