Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • La guerra por la oreja de Jenkins

    » Clarin

    Fecha: 14/01/2026 06:35

    Las fuerzas españolas de Felipe V estaban hartas de las descaradas maniobras de contrabando de naves británicas que, casi impunes, se paseaban por el Caribe bajando sus mercaderías en las costas de las colonias de su Majestad. Cuando el capitán Juan León Fandiño, al mando de La Isabela, interceptó la nave Rebecca de Robert Jenkins en flagrante actividad ilícita, no dudó en requisar las mercaderías interdictas y, de paso, cortar la oreja del tal Jenkins. Con desprecio, Fandiño arrojó a sus pies el lóbulo cercenado con una frase que haría historia: Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve. Nadie pensó que la oreja de un criminal desataría tanto jaleo. El océano era testigo de peores males. El tal Jenkins llevó su oreja a la Cámara de los Comunes y repitió la frase de Fandiño. Que un español se refiriese a su Majestad con esa falta de respeto no le gustó nada a los políticos británicos (aunque ellos se referían al monarca en términos más despectivos). El ministro Walpole lo último que quería era tener una guerra por una oreja con los españoles, ya que desde 1733 ambos imperios eran aliados en la Guerra de Sucesión de Polonia. Para mantener la paz había firmado con España un pacto de no agresión llamado el Convenio de El Pardo, el 14 de enero de 1739. Sin embargo, el Parlamento estaba enardecido por esta ofensa y se resistió a ratificar dicho convenio, que ultrajaba la honra británica, como si el contrabando fuese una actividad honorable. La libertad de comercio se presta a muchas interpretaciones y entonces valía la pena hacerse los ofendidos, como lo habían hecho los británicos (y lo harían) muchas veces a lo largo de la historia. Las posiciones se endurecieron. Los españoles reclamaron indemnizaciones millonarias y más se ofendieron los británicos. Pronto llegaron al punto de no retorno para desencadenar una guerra por el honor mancillado y la posibilidad de ganancias extraordinarias. La guerra siempre fue y será un intercambio comercial violento. Edward Vernon, el comandante inglés, sintiéndose invencible, atacó a varias fortificaciones españolas con éxito, hasta que se atrevió a la joya del Caribe, Cartagena de las Indias. Pero allí lo esperaba Blas de Lezo, ese bravo marino que, antes de cumplir 25 años, había perdido una pierna en Málaga, un ojo en Tolón y un brazo en Barcelona, siempre en cumplimiento del deber. Aunque le decían Medio Hombre, los españoles no necesitaban más para derrotar a los británicos. Hundió sus barcos para impedir la entrada de la flota inglesa a la bahía y concentró sus fuerzas en el castillo de San Felipe. Tan seguro estaba Vernon de su victoria que, precozmente, envió a Londres un parte donde anunciaba la caída de Cartagena, mientras lo que caían eran sus naves y las tropas británicas, gracias a la obstinada determinación de Blas de Lezo. En pocos días hubo más de 30.000 muertos británicos y 407 barcos hundidos, contra 11.000 bajas españolas y 24 naves perdidas. El rey Jorge II se había precipitado en acuñar una moneda honrando la gesta de Vernon. Enterado de la derrota, fundió el metal y se olvidó del asunto; a los papelones conviene desestimarlos rápidamente. Lawrence Washington peleó a las órdenes del comandante británico y decidió ponerle Mount Vernon a la granja de la familia, que terminó en manos de su hermano George, futuro presidente de los EE.UU. Bien podría haberla llamado Blas de Lezo para recordar que los británicos no son ni serán invencibles, como también lo pudo demostrar George. Sobre la firma Newsletter Clarín

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por