Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • Cumplía 8 años el día del terremoto de San Juan: Las calles se partían y brotaba agua caliente mientras mamá nos abrazaba

    » La Nacion

    Fecha: 14/01/2026 03:15

    En 1944, Josefa Mestre Navarro sobrevivió al terremoto más devastador de la historia argentina en San Juan; a los 82 años de aquella tragedia reconstruye una vida marcada por los sismos, la familia y la memoria - 8 minutos de lectura' La noche del 15 de enero de 1944, cuando la tierra en San Juan comenzó a moverse como una serpiente, Josefa Mestre Navarro Pepita para todos cumplía 8 años. Había nacido un 15 de enero también, en 1936, en Albardón, justo ahí en el epicentro del terremoto que la historia argentina recuerda como el más devastador y trágico de todos. Aquella coincidencia, que une cumpleaños y catástrofe, quedó grabada para siempre en su biografía y en su memoria. Ese terremoto tuvo una magnitud estimada de alrededor de 7,5 grados, provocó la destrucción casi total de San Juan y causó la muerte de unas 10.000 personas, además de dejar a la mayoría de la población sin hogar. Hoy, 82 años después, Josefa celebra sus 90 años con una lucidez que asombra y con recuerdos que no se han movido de lugar, aun cuando todo a su alrededor se derrumbó aquella noche. 8 años, 8 hermanos y el lugar donde todo comenzó Hija de valencianos y segunda de 8 hermanos, se había criado en una finca, libre y feliz. Había pasado un día lindo, en familia, sin preocupaciones ni demasiadas estridencias por mi cumpleaños. Eran otras épocas, dice hoy, en diálogo con LA NACION. Aquella tarde, ella y un hermano menor tenían turno en el médico: ambos debían operarse de la garganta. El hospital quedaba a unos 15 kilómetros de su casa. Al llegar, supieron que el doctor había tenido un problema y que la cirugía se postergaba para el lunes siguiente, 17 de enero. Doña Dolores Navarro, su mamá, estaba embarazada de siete meses. Alzó a su hijito, tomó de la mano a Pepita y comenzaron a caminar rumbo a la iglesia Santo Domingo, en plena ciudad. Allí estaba la parada de colectivos para regresar a Albardón. No había terminal en esa época. Fue exactamente en ese lugar donde todo comenzó. Todo se caía Primero fue un ruido tremendo, devastador. Todo se caía, la tierra se movía y el polvo no dejaba ver nada. Las calles se partían, brotaba arena y agua muy caliente. El adobe estaba esparcido por todas partes, como si algo hubiese estallado. Todo se caía alrededor y lo único que mi madre atinó a hacer fue correr a lo que creyó que era la calle y abrazarnos. No sabía qué hacer. Llorábamos sin parar en medio de gritos desesperados de auxilio, cuenta. En medio de ese caos absoluto, dos muchachos jóvenes se acercaron y abrazaron a los tres. Nos contuvieron un buen rato, recuerda Josefa. Nunca supo cuánto tiempo pasó hasta que la tierra dejó de moverse. El movimiento había cesado, pero el desastre recién comenzaba. Con las horas y los días llegaron las dimensiones del horror: una iglesia destruida en pleno casamiento, el cura y los novios inertes bajo los escombros junto con todos los invitados, entre tantas historias que dejó aquella noche. Afortunadamente, Josefa no perdió familiares. Pero lo que vio y escuchó no la abandonaría jamás. Era de noche y el caos era total. Los mismos jóvenes que los habían auxiliado acompañaron a la familia durante cuadras hasta el Club Sirio Libanés. Desde allí, un conocido del abuelo de Josefa les ofreció quedarse para pasar la noche en carpas improvisadas. Durante ese recorrido, Josefa aprendió lo que era el horror. Caminaba entre los escombros mientras escuchaba gritos de auxilio. La gente, enterrada o herida, pedía por su mamá, recuerda hoy. Algunos parrales seguían en pie y bajo esos restos, entre ruinas, se instalaron las carpas. Les dieron de comer. Recuerdo que comí pan y me dormí tapada. A la mañana siguiente, el hombre que las albergó, después de caminar entre en las ruinas, logró avisar a su amigo, el abuelo de Josefa, que Dolores y los chicos estaban a salvo en el Club Sirio Libanés. Enseguida partió en un sulky y, como pudo, se abrió paso entre los escombros para rescatarlos. Al llegar a mi casa me di cuenta de que no existía más Lo más impresionante fue llegar a mi casa y darme cuenta de que ya no estaba. Nada de lo que era adobe, como mi hogar, había sobrevivido. Entonces Pedro, el padre de Josefa, improvisó unos ranchos de barro y caña para la familia y los peones. Los revocaron y armaron cocina, baño y dormitorios. La vida, de algún modo, debía continuar. Lo peor había pasado, pero el miedo quedó. Cada vez que se mueve el suelo necesito que alguien me abrace, que me sostenga. Me vuelvo loca del terror. Sé que tengo que tranquilizarme, eso siempre dicen siempre, pero no puedo. Es un miedo que, admite, ni los años pudieron borrar. Meses después, el Banco Hipotecario comenzó a ofrecer créditos blandos para los damnificados. Pedro y Dolores sacaron un préstamo y construyeron una casa pensada para resistir: hierro y cemento. Era su manera de volver a empezar. Pedro Mestre y Dolores Navarro habían nacido en Valencia, España, pero llegaron en momentos distintos a la Argentina. Pedro se afincó primero en Pocito. Más tarde, cuando conoció a Lola y se casaron, se mudaron a Albardón para trabajar en una finca. Los ocho hijos caminaban todos los días ida y vuelta a la escuela 150 de Villa Chile. Josefa lo recuerda con una nitidez intacta. Un esposo de lujo, hijos, nietos y el negocio familiar que aún persiste Por esos años, Josefa conoció a quien sería su esposo, Horacio Luis Almenzar Parazza. Eran vecinos y eran chicos. Horacio era hijo del dueño de un almacén de ramos generales que era un emblema en la zona: Casa Almenzar. ¿Quién no iba a Casa Almenzar? Ahí comprábamos café molido, comestibles, regalos, bazar, elementos para las cuadrillas que cosechaban, maquinaria, alimento para animales, hasta zapatillas, enumera Josefa. El negocio, impresionante para la época, sigue hoy en manos de sus nietos. Eso me llena de orgullo, dice. Ella, en cambio, se dedicó siempre a la casa. El noviazgo duró siete años. Se casaron cuando Josefa tenía 16 y Horacio 23, una vez que la casa estuvo lista, de material, como corresponde. La fiesta se hizo en la casa de la novia, en Albardón. La ceremonia religiosa fue en la iglesia María Auxiliadora del Colegio Don Bosco, en el centro. Tuvieron tres hijos: Nancy, Luis Horacio y Francisco. Hoy la familia se amplió a nueve nietos y seis bisnietos. Horacio trabajó durante décadas en el negocio familiar. Fue un esposo, padre y abuelo ejemplar. Inolvidable, dedicado y visionario. Falleció en 2017, después de 60 años juntos. El comercio continuó con su hijo Luis Horacio y dos nietos. Hoy es la Ferretería Almenzar, un negocio icónico de Albardón. El miedo volvió a golpear en 1977, con otro terremoto El miedo a los sismos volvió a golpear en 1977. Josefa era madre de tres hijos adolescentes cuando ocurrió el terremoto del 23 de noviembre, considerado otro de los más fuertes registrados en la Argentina, con una magnitud aproximada de 7,4 grados. Afectó gravemente a la capital sanjuanina y a localidades cercanas. Fue terrible. Se terminó de caer lo que no se había caído. Pero nuestro negocio estaba bien edificado y siguió en pie, dice. Poco tiempo después llegó otra desgracia: una creciente, provocada por la rotura de un canal de riego, se metió en el local. Otro recuerdo imborrable. Desde que enviudó, Josefa vive sola, aunque con personal que la acompaña. Es una mujer sana y activa y recibe a diario la visita de su familia. El año pasado se cayó y el golpe dejó una marca. No me fracturé, pero no quedé bien, admite. El negocio sigue siendo su refugio. Cada vez que llueve, prepara sopaipillas o bizcochuelos para sus nietos y los empleados. El local está a metros del hospital al que suele ir por consultas, vacunas o rehabilitación. Al pasar, mira la vidriera, entra y siempre encuentra algo para corregir. Uff, ya tuvo que venir la abuela, bromean. Me encanta cocinar. Mis flanes son famosos. No son flanes comunes, son flanes de 20 huevos, aclara. Este 15 de enero de 2026, mientras cumple 90 años, Josefa vuelve a unir su cumpleaños con la memoria de una de las noches más trágicas del país. Ocho décadas y dos años después, su historia es la de una sobreviviente, pero también la de una mujer que aprendió a vivir entre ruinas, reconstrucciones y abrazos que todavía hoy necesita cuando la tierra se mueve.

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por