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  • El José Ignacio de Necochea: el paraíso de mar que tiene 23 habitantes y fue construido a mano por una pionera obstinada

    » La Nacion

    Fecha: 13/01/2026 09:49

    Arenas verdes es el sueño de un inmigrante austrohúngaro que muchos años después concretó Guillermina Ramos, una mujer que logró vencer al viento - 6 minutos de lectura' Cuando la arena le tapaba la casa, Guillermina Ramos salió con un puñado de palitos y los clavó en la costa. No sabía de ingeniería ni de urbanismo. No hablaba de planificación ni de desarrollo. Sabía algo más elemental: que, tal vez, así el viento se detendría. Los médanos crecieron. Después llegaron los árboles. Después, la gente. Lo que hoy parece un paisaje natural fue, en realidad, una obra paciente hecha a mano. Antes de ser pionera, Guillermina era una mujer común con una intuición extraordinaria. Llegó a este punto de la costa bonaerense por casualidad y se enamoró del lugar y del sueño de hacerlo habitable. Junto a su esposo, Atilio Valerio del Hoyo, levantó paredes, plantó árboles y aprendió a vivir en un territorio sin vecinos ni servicios. Aunque en los papeles el lugar ya existía, su nombre original era Mar de Oro, y fue con ese nombre que se vendieron los primeros lotes. Su fundación oficial data del 28 de noviembre de 1953, cuando se aprobó el plano de loteo de estas tierras, que durante años fueron apenas un nombre y una promesa frente al mar. Recién en la década del setenta, el proyecto volvió a moverse y empezó a formarse la comunidad que hoy conocemos. Cuenta la leyenda que, cuando los trabajadores municipales encargados de la señalización urbana consultaron qué nombre poner en el cartel del lugar, Guillermina dijo Arenas Verdes. Y así, por un cartel y una voz autorizada, Mar de Oro dejó de serlo para pasar a ser Arenas Verdes. Cuando Guillermina y Atilio llegaron definitivamente en 1988, no había luz eléctrica, agua corriente ni caminos. Vivieron casi veinte años solos en un territorio donde todo estaba por hacerse. La forestación fue la primera infraestructura: plantar árboles no era un gesto estético, sino una necesidad para frenar la arena, proteger la casa y permitir la vida cotidiana. Cada árbol implicaba tiempo, esfuerzo y espera. Nada crecía solo. Marcelo del Hoyo, hijo de Guillermina, habla con LA NACION mientras recorre el bosque que su madre construyó sobre la arena suelta. Con voz tranquila y gestos pausados, recuerda la pasión de Guillermina por cada árbol que plantó: Ella plantó al menos diez mil a lo largo de su vida. Algunos se secaron, otros se quemaron, pero seguro fueron más. Marcelo heredó de su madre la convicción de que cuidar los árboles es cuidar el pueblo. Podían matar a mi papá, dice, pero no podían talar un árbol. Si Guillermina lo veía o escuchaba a la motosierra, los enfrentaba con su metro cuarenta y ocho. Historia de un precursor Antes de que Arenas Verdes se consolidara como comunidad, llegó a estas tierras un inmigrante austrohúngaro llamado Máximo Kupferschmidt. Con su valija y su historia marcada por un arresto en las prisiones de la fría Siberia y por haber sobrevivido a la Primera Guerra Mundial, Máximo buscaba un lugar donde empezar de nuevo. Fue él quien, en los primeros intentos de urbanización de la zona, quiso promocionar los lotes con el nombre Mar de Oro, soñando con un emprendimiento brillante y próspero frente al mar: un paraíso en el fin del mundo, luego de todo lo que había vivido. Aunque su proyecto tuvo cierto impulso, no logró consolidarse en su momento. Las tierras permanecieron casi olvidadas hasta que, décadas más tarde, Guillermina y otros pioneros reactivaron la zona. Máximo, como muchos inmigrantes, representa ese primer empujón de visionarios que llegaron con historias, nombres y sueños de un futuro distinto, dejando su huella en la memoria de Arenas Verdes, incluso cuando el nombre original quedó en la leyenda. En 1971, la inmobiliaria Vinelli subastó los primeros mil lotes, anunciando una nueva ciudad balnearia donde la naturaleza y la poesía se dan la mano. Entre 1975 y 1984, los lotes recibían a sus propietarios de vacaciones; a partir de 1984, el turismo se intensificó, ante la pérdida de playas en Quequén y Costa Bonita, según recuerda Noelia Segovia, directora del Museo Histórico de Lobería. Hoy, Arenas Verdes pertenece al partido de Lobería y cuenta con apenas 23 habitantes estables. El balneario tiene cabañas, restaurantes, paradores, dormis y dos campings, tanto privado como municipal. No hay edificios ni centro comercial: las calles son de arena y las casas, bajas. Esta sencillez hace que la cercanía entre vecinos sea tanto práctica como necesaria. En 2024, incluso, nació allí el primer arenense, un hecho excepcional para un balneario sin hospital ni clínicas. La vida cotidiana sigue marcada por la autosuficiencia y la solidaridad entre quienes habitan el lugar. La Fonda de Guillermina Durante los veranos, la proveeduría de Guillermina funcionó como un almacén de ramos generales: vendía de todo, desde cañas de pescar hasta medicamentos, alimentos y ofrecía baños improvisados de agua caliente. La espera para bañarse podía durar horas, pero el gesto era excepcional en un balneario sin servicios. Comenta Marcelo. Cuando la demanda los superó, en 2004, Guillermina amplió la propuesta y creó la Fonda de Guillermina. La construcción fue familiar, decorada con muebles antiguos y conservando la lógica del tiempo lento: estofados de cinco o seis horas, platos tradicionales españoles, pastas italianas y empanadas fritas de carne, que se volvieron un emblema. Hoy la fonda sigue siendo atendida por sus hijos y nietos y forma parte del recorrido inevitable de quienes visitan Arenas Verdes. Desde 2019, Arenas Verdes fue declarado Paisaje Protegido, con el objetivo de conservar flora, fauna y fisonomía original, prohibiendo la tala de árboles y cualquier alteración del equilibrio ambiental. La Ley N.º 15.141 busca además promover un desarrollo urbanístico y turístico sustentable, formalizando la lógica de cuidado ambiental que el lugar sostenía desde hace décadas. La historia de Arenas Verdes es, en buena medida, la historia de lo que no ocurrió: no hubo urbanización acelerada ni explotación intensiva del territorio. Hubo decisiones pequeñas, sostenidas en el tiempo. Gestos silenciosos que terminaron siendo fundacionales. Guillermina no dejó manifiestos ni escritos. Dejó árboles, médanos quietos y una forma de habitar que hoy define al lugar. Arenas Verdes sigue siendo un balneario sin estridencias: un pueblo mínimo frente al mar, donde el paisaje parece natural, pero guarda la memoria de quienes lo hicieron posible con sus manos. Nació de una decisión inicial, la de Máximo Kupferschmidt, que compró las tierras cuando esto era apenas arena y viento, y de una mujer peleándole al médano. Guillermina transformó ese territorio inhóspito en un bosque y sostuvo, durante décadas, la idea de que cuidar el paisaje era una forma de fundar un pueblo.

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