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» Clarin
Fecha: 13/01/2026 08:54
Una de las tendencias globales del año pasado fue el crecimiento del mercado de los dumbphones, o teléfonos tontos, nombre que se contrapone, claro, al de teléfonos inteligentes. Estos dispositivos no son más que la reedición moderna de aquellos primeros celulares que no tenían Internet ni aplicaciones. Son el Nokia 1100, en versión 2025 o 2026: solo sirven para hacer llamadas y tienen acceso a unas pocas funciones, como agenda, SMS y a la vieja viborita. Estos teléfonos básicos ganaron un lugar en el mercado, gracias un segmento de personas que empieza a tomar conciencia de los daños mentales que les están ocasionando las aplicaciones más adictivas de los smartphones. Uno de sus impulsores fue el presidente chileno Gabriel Boric, quien en una feria tecnológica propuso levantar la mirada del celular y las redes sociales, y contó que él ya se había comprado un dumbphone. Video Ahora, la última tendencia es pensar que estos dispositivos pueden ser una solución para los problemas de aprendizaje de los alumnos, causados en buena medida por las dificultades para prestar atención. Numerosos estudios muestran cómo el uso excesivo del celular -y en particular de las redes sociales- impacta negativamente en la concentración, el sueño, el estado de ánimo y el rendimiento escolar de los más chicos . En el mundo educativo se escuchan cada vez más fuerte las voces de quienes proponen quitarles los smartphones a los chicos y darles un dumbphone. Los padres siempre estarán en contacto, a tiro de un llamado, pero los liberan de las garras de las aplicaciones más perjudiciales. Comprarse un dumbphone como adulto o dárselo a los chicos pueden ser medidas disruptivas o imaginativas para sortear el problema, pero serán insuficientes mientras las grandes tecnológicas sigan con la misma libertad para lanzar productos y servicios especialmente diseñados para capturar la atención, a través de mecanismos dopaminérgicos. El desafío para la sociedad civil y los Estados no pasa tanto por cambiar aparatos sino por pensar en regulaciones sensatas como limitar el diseño de las funciones adictivas, establecer edad mínima para el acceso con verificación real, obligar a las plataformas a publicitar los riesgos como se hace con el tabaco, o aplicar multas significativas si no cumplen con las normas. Está bueno que los adultos busquen proteger a los chicos y protegerse, pero la mayor responsabilidad la tienen las plataformas, y es ahí donde debe concentrarse el mayor esfuerzo. Mirá también Sobre la firma Newsletter Clarín
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