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» Clarin
Fecha: 13/01/2026 06:46
Cuando no está, la extraño mucho. A mí me encanta trabajar con ella, dice Mario. Norma lo mira, le corrige un detalle mínimo de la frase y enseguida se ríe también. Así funcionan. Se complementan, se acompañan. Después de más de medio siglo juntos ya no necesitan explicarse demasiado. Se entienden. Norma Pedrotti (76) y Mario Risé (78) reciben a Clarín en el patio de su casa, como si la visita fuera de un familiar. Ese mismo día cumplen 52 años de casados. Mario, orgulloso, muestra el pizarrón donde le escribió a Norma: Feliz 52 años aniversario para nosotros. Le preparó el desayuno, como todas las mañanas. Mi despertador es él con su desayuno, dice Norma. Dentro de unas horas van a seguir planeando su próximo viaje: 22 días en barco rumbo a Italia para festejar el amor que empezó cuando ella tenía 16 años y él, 18. Norma es carismática, sonriente, tiene una risa contagiosa. Es de esas personas que te hacen sentir en casa en cuestión de minutos. ¿Querés algo? Tenemos limonada, hice una torta, le dice al equipo de Clarín. Te habla como si fueras parte de la familia. Y un poco lo sos. La dinámica entre ella y Mario es tan cálida como graciosa. Son amorosos, cómplices, y su historia de amor enternece. Todos los que los visitan dicen lo mismo: la energía de ambos es hermosa. La historia de Norma y Mario no nació en Valeria del Mar, partido de Pinamar. Tampoco en una casa convertida en obra de arte. Empezó en 25 de Mayo, un pueblo de la provincia de Buenos Aires, donde se conocieron en el secundario. Yo tenía 16 y él 18, recuerda Norma. Mario confiesa, riéndose, que tuvo que repetir dos años para poder ir al viaje de egresados con ella. En esa época no nos dejaban solos, explica. En el grupo del viaje de egresados del '67 son la única pareja que sigue junta. Todavía se ríen de la repetida de Mario para estar cerca de Norma. El primer intento de conquista no fue sencillo. En un baile, con el clásico cabeceo de la época, Mario la invitó a bailar. Norma le dijo que sí, pero cuando él se acercó, ella cambió de opinión. No, no bailo, recuerda, entre risas, Norma. Me daba vergüenza y había pocos en la pista, explica. Mario explica que estuvo tres meses para conquistarla. Vivían a tres cuadras. La paciencia fue clave. Con el tiempo llegaron el trabajo, la familia, los hijos. Norma era docente, profesora de Geografía. Mario trabajaba en el Banco Provincia. Cuando a él lo trasladaron a Villa Gesell, ella decidió acompañarlo. Yo como tenía horas cátedra y era titular, me vine con él, cuenta. Pero en Gesell no consiguieron vivienda que les gustara. Pinamar apareció como una alternativa mejor: Norma podía mantener sus horas, ser secretaria de un instituto, y la vida empezaba a tomar casi el mismo ritmo. Al principio me costó todo, admite Norma. Pasar del pueblo a la ciudad no fue fácil. Pero el instituto, el banco, la gente, las nuevas relaciones, ayudaron a que el cambio se sintiera menos abrupto. Vivieron siete años en Pinamar y empezaron a pensar en algo más definitivo. Podían volver a 25 de Mayo, pero algo los retenía. Conseguimos este terreno en Valeria del Mar, recuerda Norma. Y ahí empezó la aventura: construir su casa ladrillo por ladrillo. Nos duró dos años y algo, dice Mario. Empezamos por una parte, después otra, otra, otra, agrega Norma. Se mudaron en diciembre de 2007, un 24 de diciembre sin puertas ni ventanas. La perra se acostó en la entrada a cuidar la casa. No había opción: tenían que irse de donde estaban. Dormimos sin puerta ni ventana, cuenta Mario. En el medio, una vivienda que subía hasta el tercer piso. Era el inicio de un hogar que todavía no sabían que se convertiría en algo mucho más grande. Una familia atravesada por el arte Cuando llegaron a Valeria, vivían con su hija menor, Carolina, hoy directora de cine y psicóloga. El mayor, Matías, es abogado y vive en Capital. Y Lucas, el del medio, diseñador gráfico y artista plástico, fue quien transformó la casa en una obra de arte. Él siempre trabajó su grafismo en telas, muebles, paredes, explica Norma. Todo lo que se ve en la casa lleva su impronta. Muebles pintados a mano, ropa intervenida, carteras, paredes llenas de color. Lucas es, como lo define su madre, patrullero del mundo. Viaja, busca objetos raros, lámparas, piezas únicas. Una de ellas viene de una estación ferroviaria de Estados Unidos. Otra, de una fábrica cerrada en Santa Fe. Cuando Norma y Mario se iban de vacaciones, Lucas se quedaba. Y cuando volvían, encontraban una boleta enorme de la pinturería y la casa completamente intervenida. La primera intervención fue en el living, cuenta Norma. Y después vino el piano. Mamá, ese piano marrón no pega con esto, le dijo Lucas. Y lo pintó de amarillo fuerte. Mario, por su parte, aportó su talento con las manos: plomería, gas, soldadura, vitrofusión, carpintería. Con el respaldo de una cama hice un sillón, cuenta. Rescata muebles del mercado de pulgas, los reconstruye, les da una segunda vida. Teníamos como cinco sueldos. Con eso hicimos la casa. Ladrillo por ladrillo. Ya no debemos nada, dice Norma con orgullo. Para todo el mundo Cuando Lucas empezó a ser reconocido internacionalmente, sobre todo en México, mucha gente quería conocer su obra. Él nos dijo: dejen que haga algo en la casa, yo no tengo dónde mostrar mi arte, recuerda Norma. Y así, sin pensarlo demasiado, dejaron que su hijo transformara su hogar en una obra. En 2014, ya jubilados, decidieron abrir las puertas al público. La decisión fue familiar: todos tenían una veta artística. La idea de sus hijos fue que cuando ya ninguno de ellos se quede en la casa, sus padres no se pasen mirando televisión, sino creando algo que los entretenga, que les divierta y les guste hacer. Al principio, la gente se acercaba porque la casa era distinta. La fachada llamaba la atención. El boca a boca hizo el resto. El municipio apoyó la difusión. Fueron los primeros en abrir una casa de artistas en el partido de Pinamar. El asombro de la gente de Capital cuando les decís pasen es increíble, cuenta Mario. No podían creer que alguien los invitara a entrar a su propia casa y tomar la merienda en la misma mesa donde ellos comen. Más que una visita: una experiencia Norma y Mario no querían cobrar entrada. Prefirieron ofrecer un té con recorrido incluido. La gente caminaba por la casa, escuchaba la historia de cada rincón, charlaba, se quedaba. Algunos empezaron a festejar cumpleaños ahí. Mesas de 20, 22 personas. Norma hacía la torta, Mario el asado. Entonces llegó la experiencia que hoy es uno de los corazones del proyecto: la cocina de abuelos. Se llenó la casa y estuvo buenísimo, dice Norma. Trajeron productos de su pueblo: quesos, chorizos, pan de campo. Hicieron 120 sorrentinos a mano, flan casero con dulce de leche y crema. Había personas de 24 a 87 años. Nadie se conocía, pero todos terminaron charlando. Cuando se sentaron a la mesa, se apagaron todos los celulares, cuenta Mario. El mensaje era la familia, acercarse, conversar, agrega Norma. No lo hacían por dinero. Lo hacían por placer. Después del café, venían las historias. Cada uno contaba por qué estaba ahí. Norma tocaba valses y tangos en el piano. Otros sacaban instrumentos. Se armaba una gran reunión. Parecíamos todos familia, recuerda. Música, talleres y más Los domingos la casa se abre. Hay talleres de vitrofusión, mosaiquismo, juguetes. Durante el año reciben jardines, primarias, secundarias, universidades. Los chicos les dicen abuelos. Mario fabrica camioncitos de madera y los regala en los jardines. Una vez los invitaron a una fiesta de fin de año de un jardín, una pared entera estaba cubierta con dibujos de los nenes. Nosotros vivimos acá, aclara Norma. La gente come en la misma mesa donde ellos desayunan, almuerzan y cenan. Algunos vienen con turno por redes, otros pasan caminando, ven el logo y entran. A veces aparecen músicos espontáneos. Un día vino una pareja, él era médico y trajo una guitarra; y ella escritora. También llegó un cantante haitiano. Yo les presté algunos instrumentos y terminamos todos cantando, riendo, comiendo torta, cuenta Mario. El amor como motor Norma va a la pileta tres veces por semana. Mario se pasa horas en el taller cuando se le ocurre una idea. Esto nos mantiene activos, nos hace sentir vitales, dicen. Mario tiene una habilidad especial: ve posibilidades donde otros ven descarte. Un objeto roto, viejo o fuera de uso no es basura para él, es materia prima para algo nuevo. Con las cosas que veo hago cosas, dice, casi como si fuera una obviedad. Cuando una idea se le cruza por la cabeza, se encierra en el taller durante horas y sale con una creación nueva bajo el brazo. Así nacieron también los cochecitos de madera. Todo empezó cuando un nieto le pidió un camión. Salió lindo, cuenta, y desde entonces no paró. ¿Lo mejor de trabajar juntos? Te sentís acompañado, contenido. Cuando no está, la extraño mucho, dice Mario. Yo siento lo mismo, responde Norma. Son distintos: ella es organizada, mandona -dice- y alegre. Él es práctico, un poco explosivo cuando algo no le sale, agrega Norma. Él retruca y dice haciendo gestos en el aire que ella pinta con pinceladas libres. Él con líneas ordenadas. Se miran, se ríen, se entienden. Y mientras la casa sigue creciendo, recibiendo gente, historias y risas, Norma y Mario siguen haciendo lo que mejor saben: vivir juntos, abrir su hogar y demostrar que el amor, cuando se cuida, también se convierte en una obra de arte. AA - EMJ Sobre la firma Mirá también Mirá también Mirá también Newsletter Clarín
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