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  • El niño de 11 años que quedó atrapado diez minutos en el filtro de una pileta y el triste final del guardavidas que lo rescató

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 12/01/2026 02:23

    El 6 de enero de 2003, Gastón Baldo tenía 11 años y estrenaba un traje de baño que le habían regalado esa misma mañana por el día de Reyes. En el complejo Arco Iris, en la localidad cordobesa de Río Ceballos, el niño jugaba con su mejor amigo, Tomás Santiago, a tirarse una y otra vez desde el trampolín a los 2,90 metros de la parte más honda de la pileta. Tocaban el suelo y salían hacia la superficie. Hasta que, en uno de esos saltos, solo uno de los dos subió hasta la superficie. Los gritos de Tomás alertaron al guardavidas de turno, que se zambulló rápidamente al agua. Cuando llegó hasta Gastón, el nene estaba desvanecido: tenía la pierna izquierda atrapada en el hueco del filtro, que seguía funcionando y lo succionaba. El hombre hizo fuerza para sacarlo, pero como vio que no podía, le tapó la nariz, le insufló aire por la boca y nadó hacia la superficie a buscar ayuda. El increíble rescate recorrió noticieros y diarios de todo el país. Incluso, derivó en un llamado al niño del entonces presidente Eduardo Duhalde y en su posterior participación en el programa Misterios y milagros de Víctor Sueiro. Pasaron 23 años. Hoy Gastón tiene 34, es ingeniero químico y vive en la localidad bonaerense de Pilar. A pesar del tiempo transcurrido, sigue sin tener recuerdos propios de aquel instante límite: lo que sabe se lo contaron otros. Su amigo, sus primos y, sobre todo, Salvador Cristian Cataldi, el guardavidas de 25 años que le salvó la vida, y que murió dos años después, víctima de un cáncer fulminante. Cada enero, cuando se cumple otro aniversario del rescate, la certeza es la misma. Si estoy acá, es gracias a él, dice Gastón. Un niño inquieto Gastón creció en la localidad de Unquillo, a unos 30 kilómetros de la ciudad de Córdoba, en una familia numerosa. Soy el tercer varón de tres y tengo una hermana más chica. Siempre fui un niño muy inquieto, cuenta. De su infancia recuerda que pasaba las tardes de verano jugando a la pelota en el potrero con sus hermanos y amigos del barrio, mientras sus padres, Adriana y Jorge, trabajaban. Quedábamos a cargo de una vecina, Silvia, que nos cuidó toda la vida, dice. También iba a la pileta. Casi siempre a la del Polideportivo Municipal de Unquillo o a la del camping UEPC. No sé por qué ese 6 de enero decidimos ir a conocer la pileta Arco Iris, explica. Fui con mis tíos, mis primos y uno de mis mejores amigos. Me acuerdo de que llegamos en el auto de ellos, me saqué las sandalias y la remera y salí corriendo al agua, agrega. Ese momento previo al accidente es el único recuerdo propio que conserva Gastón. Perdí la memoria. Un neurólogo me explicó que es un mecanismo de defensa que tiene el cuerpo frente a un episodio de estrés tan alto, dice. Todo lo que vino a continuación lo reconstruyó más tarde a partir del relato de quienes estaban con él. Según ellos, desde que llegamos al club hasta que pasó todo, habrán transcurrido una o dos horas, cuenta. De acuerdo con las coberturas de la época, todo comenzó cerca de las 17.30. Cataldi estaba diciéndole a una mujer que no empujara a sus hijos a la pileta, cuando sintió que lo llamaban. Todos me gritaban que me tirara ya, pero yo quise saber bien qué era lo que ocurría. Primero observé y después me tiré, contó en un reportaje al diario Clarín. Si no apagábamos el filtro, Gastón se moría Tras el llamado desesperado, Cristian o Cata, como lo conocían todos, se zambulló al rescate de Gastón. Según relató, para arrancarlo de la trampa en que se había convertido el filtro, puso sus dos piernas contra la pared lateral de la pileta a unos 2,30 metros de profundidad, donde estaba el hueco que lo succionaba, cruzó sus brazos por debajo del cuerpo de Gastón y tiró. Pero no pudo sacarlo. Le insuflé aire por la boca y subí a buscar ayuda, dijo. Arriba, el guardavidas señaló a una persona en particular para que llamara a un equipo de emergencias y le pidió a otros cinco que bajaran con él. Ya sumergidos, entre todos comenzaron a tirar del cuerpo del chico. Tampoco alcanzó. Ahí me di cuenta de que si no apagábamos el filtro, Gastón se moría. Pero no podía mandar a nadie. Tenía que hacerlo yo, que conocía la máquina, sostuvo. Antes de salir de la pileta le dio nuevamente aire a Gastón. En medio del griterío, saltó una cerca, bajó una escalera y apagó el filtro. Luego se tiró nuevamente al agua. Abajo vi que los hombres hacían fuerza y no podían sacarlo. Gastón ya tenía la pierna muy hinchada y hacía de tapón. Yo volví a ponerme en la posición araña, con las piernas en la pared, y tiré con toda mi alma. Ahí el hueco lo soltó, explicó. Una vez en la superficie, Cataldi le hizo tres ciclos de masajes cardíacos que, junto a la tarea del servicio de emergencia que lo trasladó al Hospital Privado y al trabajo de los médicos del centro de salud, terminaron por salvarle la vida. Doce horas en coma y cinco días de internación Se estima que pasé entre cinco y diez minutos sumergido. Tenía agua desde los pulmones hasta la cabeza, cuenta Gastón que, las primeras doce horas de internación, fue inducido a un coma. Estuve intubado con respirador artificial, cuenta. Luego lo trasladaron a una sala común, donde permaneció cinco días más en observación. Mientras se recuperaba, su caso se volvió público. Sin redes sociales, la historia circuló igual de rápido. Me entrevistaron muchísimos medios locales y nacionales. Salí en noticieros y no a gusto, porque no quería aparecer en la situación en la que estaba, dice. Hubo también un llamado del entonces presidente, Eduardo Duhalde, quien se interesó por su estado de salud. No recuerdo bien qué me dijo. Me preguntó cómo me sentía y cómo iba la recuperación, cuenta. Tiempo después, participó del programa Misterios y milagros, conducido por Víctor Sueiro. Un año más tarde volvió a verlo en su casa de Buenos Aires, cuando el conductor lo invitó a contar su historia con más detalle para uno de sus libros. A diferencia de él, yo no vi ningún túnel, aclara. Gastón dice que no le quedaron secuelas físicas ni miedo al agua: Me encanta la pileta, el mar, los lagos, el río. De hecho, ese mismo verano se fue de vacaciones a Monte Hermoso y, aunque no tenía permitido meterse al mar, lo hizo igual. Creo que ayudó que ese evento tan traumático se haya borrado por completo de mi memoria. Los que más lo sufrieron fueron mis seres queridos, asegura. El traje de baño que estrenó aquel 6 de enero de 2003 no volvió a usarlo. Me lo cortaron para hacer los actos de resurrección y todas las maniobras, cuenta. Después del rescate, Cristian te fue a visitar al hospital. ¿Forjaste un vínculo con él? Sí. Un tipo increíble. También vino a mi casa. Tuvimos una comunicación muy linda. Corta pero intensa. Tengo los mejores recuerdos de él. Era muy creyente. Me regaló un cuadro con un cuento muy conocido, donde Dios habla con un niño que está por ir al mundo y le asigna dos ángeles, que son los padres. En su versión, él se incluía como el ángel de la guarda que termina salvándome en ese momento. Me gustaría que esta nota sea un homenaje a él, a lo que hizo y a la persona hermosa que fue. ¿Cómo recibiste la noticia de su muerte? Fue un bombazo. En el momento del rescate yo tenía 11 años y él, 25. Para mí era un adulto. Hoy miro hacia atrás y pienso que era un pibe. Era una persona muy activa. Creo que estaba por recibirse de Profesor de Educación Física. Al tiempo le detectaron cáncer. Pasó por un proceso muy complicado, del que en parte fui testigo porque había creado un vínculo y nos manteníamos en contacto. Lamentablemente, murió a fines de 2005. ¿Hubo algún reclamo o acción judicial contra el club? No. Al principio mis padres estaban muy afectados. Les acercaron un abogado porque había muchas irregularidades: para empezar, el sistema de filtración donde se me atoró la pierna no tenía rejilla. Tiempo después le pregunté a mi papá y me dijo que decidieron no iniciar un juicio para no exponerme. Con el tiempo y al leer las noticias de entonces, ¿ves de otra forma lo que te pasó? Cuando lo pienso y lo cuento, me pongo reflexivo. Creo que no era mi momento. Que algo dijo: Todavía no. Que me iba a cruzar con otra persona para evitar que ese camino se cortara antes de tiempo. Y por eso siento que tengo que aprovecharlo. Cada vez que la vida se pone difícil, se me viene a la cabeza este evento.

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