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» Clarin
Fecha: 11/01/2026 10:31
Sheila Fitzpatrick es una de las fundadoras de la historiografía sobre la Unión Soviética. Fue pionera de la historia social, estudió el funcionamiento de la cúpula política en tiempos de Stalin y escribió una magistral síntesis de su historia plasmada en Una espía en los archivos soviéticos (Siglo XXI). Todo hecho con criterios rigurosos, tanto en la información como en su interpretación. Australiana, hija de una profesora de Historia y un intelectual izquierdista, se inició en la sovietología en Oxford, en el prestigioso St Antonys College. Allí primaban los politólogos especializados en el totalitarismo y embanderados en la Guerra Fría. Incómoda en ese medio, la joven Sheila, de 25 años, decidió hacer una tesis de historia sobre Anatoli Lunacharski, el poeta e intelectual ruso que entre 1917 y 1929 fue Comisario para la Educación. En 1966, con una beca del British Council, Sheila viajó a Moscú y permaneció durante dos años, comenzó lo que sería un largo tránsito por los archivos soviéticos. Durante esos años llevó un Diario y semanalmente le escribió a su madre, quien conservó las cartas y sus respuestas. Casi cincuenta años después, con otros ojos, releyó todo y escribió este libro, reconstruyendo una experiencia profunda, que incluyó su propia educación sentimental. Sheila nos da mucha información sobre la vida cotidiana en Moscú en los años finales de deshielo iniciado en 1956. Cuenta como, día a día, va resolviendo los problemas de la comida, el transporte, el frío, el idioma y las claves para comunicarse con conocidos y amigos. También cuenta mucho sobre los espías e informantes soviéticos, ansiosos por descubrir espías occidentales entre los muchos estudiantes extranjeros. Lo hace con color y humor, y lo tomó como tema para titular su libro. Todo es interesante, pero hay mucho más. En esos años del fin del deshielo de Khruschev, en su cotidiana consulta de los archivos, Sheila comenzó a conocer cómo funcionaba el poder soviético. Para los extranjeros, estas consultas estaban muy restringidas. En cada archivo se requería una autorización, que llegaba después de un complejo trámite, y muchas veces era denegada. Con el tiempo aprendió que, como en cualquier sociedad burguesa y capitalista, también en la URSS había personas influyentes, con cuya recomendación o patrocinio se podía lograr que el burócrata a cargo cambiara su opinión. Podía ocurrir, incluso, que el funcionario en cuestión concediera la autorización, solo para exhibir su poder arbitrario. Mirando papeles advirtió que, detrás de cada archivo del Estado, el Partido, la Literatura y otros , había instituciones, que tenían intereses corporativos y los defendían discutiendo con otras instituciones. Era un conflicto tan importante como ajeno a la teoría marxista. Fue una observación invalorable para quien estudió posteriormente las purgas de los años treinta y la formación de una nueva burocracia. Su investigación sobre Lunacharski cambió de rumbo cuando conoció a su hija Irina y a su cuñado Igor Sats. Como hija de un dirigente veterano integrante, como Gorki, del panteón revolucionario Irina era una persona influyente, con muchos amigos. Tenía un nivel de vida alto un departamento amplio y una empleada doméstica y una intensa vida social. Ayudó mucho a Sheila a superar los obstáculos burocráticos y mantuvieron, a lo largo de treinta años, una cálida relación. El gran protagonista de esta historia es Igor Sats, cuñado y secretario personal de Lunacharski cuando fue Comisario de Educación. De esa época conservó algunos privilegios, como un departamento pequeño y sin baño y la posibilidad de vivir como escritor y periodista, sin padecer grandes necesidades y relativamente a salvo de la KGB. En los años sesenta integraba el comité de redacción de Novy mir (Nuevo mundo), la principal revista crítica, permanente promotora de debates sobre el pasado y el presente del régimen soviético. Novy mir publicó a autores que orillaban los limites de la censura. En 1966, el proyecto de publicar un libro de Alexandr Solzhenitsyn inició una larga discusión del director con la comisión de censores, la Unión de Escritores, el Partido y finalmente el Politburó. Con cada uno los editores negociaron, párrafo a párrafo, y luego de aceptar muchos cortes lograron la autorización, que finalmente el autor rechazó. Igor le contó a Sheila este episodio, tan revelador de las singularidades del régimen. Cada semana la joven historiadora lo visitaba y lo escuchaba por horas. Al principio, preguntaba y tomaba notas; con el tiempo pasó a las objeciones y cuestionamientos y la relación se hizo más diversa e intensa. Para ella fue una suerte de educación sentimental. En las dos décadas siguientes, cada vez que Sheila iba a Moscú para investigar, retomaban la conversación. Igor creía que ella podría transmitir a la posteridad su visión del mundo soviético. No era la de un progresista como creían los sovietólogos de St Antony. Se sentía un patriota soviético; creía en el comunismo y admiraba a Lenin. Denostaba a la nueva generación de dirigentes, sumisa a Stalin, ignorante y bárbara, y la responsabilizaba por la desviación de la revolución soviética, que había degenerado en un régimen conservador y represor. A la vez, despreciaba a los llamados disidentes, jóvenes encandilados con las novedades de Occidente como los jeans y los Beatles. Sobre todo, creía en la discusión y el debate, que frecuentemente lo colocaban a él y a Novy mir en el borde mismo de la tolerancia del Estado. El vaso desbordó en 1970, cuando luego de la invasión de Checoslovaquia el régimen soviético ajustó las clavijas y la dirección de Novy mir fue destituida. Es fácil advertir la influencia de Igor en una de las obras más originales de Sheila: La vida cotidiana durante el estalinismo. Allí explicó como a las purgas de los años treinta siguió la promoción de una nueva elite, formada por jóvenes campesinos, educados y adoctrinados por la Revolución, que ocupó el lugar de la vieja elite. Destacó un fenómeno de movilidad social, que abrió una perspectiva novedosa y matizada de la sociedad soviética. Las conversaciones así lo vio en su edad madura tuvieron efectos profundos en la concepción de la historia de Sheila. Constitutivamente reacia a las posturas extremas y a ver las cosas en blanco y negro, durante un par de años conversó cotidianamente con un apasionado patriota soviético, muy crítico del presente pero dice Igor con opiniones políticas definidas, que debían ser defendidas. En un punto insistía el bien llegaría a conjugarse con la verdad. La convicción y la profundidad intelectual de Igor conmovieron las convicciones relativistas de la historiadora. El balance entre estos dos extremos, difícilmente compatibles, está de algún modo abierto cuando escribe este libro de madurez. Admite que, a la hora de la interpretación general, es imposible para el historiador eludir la dimensión valorativa. Pero sigue convencida de que, en ese largo camino, las convicciones no deben obstaculizar la neutralidad y la empatía necesarias para comprender a unos y otros. Este es todo un tema, que reaparece permanentemente entre quienes hacen de la historia su profesión. Saben que su tarea es comprender, no juzgar; pero inevitablemente son movilizados por sus convicciones ciudadanas. Quizás esta tensión, nos sugiere Sheila Fitzpatrick, sea positiva. Y la suya es, ciertamente, una opinión autorizada. Sobre la firma Newsletter Clarín
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