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  • Venezuela: estarse quieto y esperar

    » Clarin

    Fecha: 11/01/2026 10:18

    En 2011 casi abordo un globo aerostático en Marne-la-Vallée, Francia, a 32 kilómetros al este del centro de París. El aeronauta, o piloto a cargo, me animó a subir, aseguró un viaje placentero, seguro e inolvidable. Pero tuve miedo. No creo que pueda pensar nada a nueve mil pies; a esa altura nadie es ateo. Lo que significa que el miedo no deja respirar. Tan arriba y a la intemperie, mirar abajo causa vértigo. Sin embargo, la realidad se hace tan distinta que apenas si podemos creerla. Me viene a la mente el relato de Steven Millhauser, Vuelo en globo, 1870, donde, desde los altos cielos y aferrado a una cesta, dice ver un mundo que ya no reconoce, que a cierta elevación los hombres y las fronteras soberanas son invisibles: Pienso en la vastedad de la naturaleza y en la pequeñez del hombre, pero mi pensamiento es inexacto, no atina a expresar la sensación que se agita en mí, dice el narrador y añade: ¡Aborrecibles las alturas! Aquí solo existe la muerte de los sueños uno se siente conmocionado. Entre Buenos Aires y Caracas hay una distancia, en línea recta, de unos 5 mil kilómetros. Y la madrugada del 3 de enero de 2026 esa distancia se convirtió en altura y vértigo. De pronto pilotaba mi globo aerostático sin habérmelo propuesto. A semejante altura, lo primero que me invade es el silencio. Las imágenes lo dominan todo: bombas, helicópteros, drones, ráfagas luminosas que parecen fuegos artificiales, como una celebración de Año Nuevo un poquito retrasada, pero bien recibida. ¿Se puede tener esperanza y estar aterrado a la vez? Creo que la esperanza y el miedo van de la mano. A veces se cuelan algunos estruendos con esas imágenes. Nada que no hayamos visto, tampoco; pero ahora es reconocible, tan cercano que nos hace temblar. Al silencio se suma la confusión. Las pantallas nos dicen que el dictador ha sido capturado y extraído. El dictador ya no está, pero la dictadura sigue. Ahora el vértigo es doble: la sensación rotatoria es del cuerpo y de los objetos que lo rodean. El globo aerostático gira en un sentido y el mundo en otro. Abajo, los pequeños seres invisibles sienten lo mismo. Lo que sigue es una cadena de vómitos generalizada que nadie puede parar. Todo es trasnocho y pesimismo, como en aquel lejano diciembre de 1935: la muerte del tirano Gómez no fue el fin del gomecismo y hubo que esperar hasta octubre de 1945. Entonces aparecen los opinadores: el dictador se autosecuestró, fue traicionado, un topo fue el causante de todo y, así, una pila de explicaciones hechas al vuelo. Álvaro Frutos dice que somos niños ingenuos mirando el escenario y que nada es lo que parece. Hay que esperar. En Nueva York el dictador se define como un hombre decente y todos vuelven a vomitar, pero la pura bilis, porque los estómagos están vacíos y cansados. El juez, un venerable de 92 años, ni se inmuta. Lleva años lidiando con el inframundo y le importa poco la verdad, solo la justicia, lo verificable: ¿la devastación moral y la humillación son verificables? Es falso que desde lo alto veas la verdad entera. Para descender el globo, libero aire caliente. Abajo sigue la confusión. Para entender, quizás lo apropiado sea cerrar los ojos y tratar de escuchar lo que esos millones de pequeños seres que, desde el globo, son invisibles, llevan 26 años gritando. Kafka dice que basta con estarse quieto y esperar: El mundo se te ofrecerá para desenmascararlo, no puede hacer otra cosa, extasiado se retorcerá ante ti.w Sobre la firma Newsletter Clarín

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