11/01/2026 13:39
11/01/2026 13:36
11/01/2026 13:30
11/01/2026 13:29
11/01/2026 13:21
11/01/2026 13:21
11/01/2026 13:21
11/01/2026 13:21
11/01/2026 13:20
11/01/2026 13:18
Concepcion del Uruguay » La Calle
Fecha: 11/01/2026 06:31
El sacerdote uruguayense fue designado Delegado Episcopal y analizó su nueva misión con la redacción de La Calle: la cercanía con la gente y la experiencia de comunicar la fe a través de las redes sociales. Por: Matías Dalmazzo El padre Gregorio Goyo Nadal fue designado Delegado Episcopal para la Evangelización en la diócesis de Gualeguaychú, una responsabilidad que comenzó a ejercer en los últimos días y que se suma a su tarea cotidiana al frente de la Basílica de la Inmaculada Concepción de Concepción del Uruguay. El sacerdote nació y se crió en esta ciudad, donde inició su camino vocacional, y luego se formó y trabajó pastoralmente en distintos ámbitos del país y del exterior. Tras ese recorrido y a punto de cumplir 44 años (nació el 26 de mayo de 1982), regresó con entusiasmo a su lugar de origen, donde se convirtió en una figura cercana de la Iglesia local y en un referente ampliamente reconocido por la comunidad uruguayense; participe o no de la vida parroquial. En el diálogo con La Calle, Nadal adelantó el sentido concreto del servicio que le fue confiado, orientado a acompañar a las comunidades en un proceso de revisión de prácticas, miradas y lenguajes pastorales. Con una sólida formación académica y una extensa experiencia como párroco, formador del seminario diocesano y miembro de organismos eclesiales, plantea una tarea centrada en la escucha, el discernimiento y la presencia en la vida real de las personas, más que en la implementación de nuevas estructuras o actividades. Durante la charla también se abordó su vínculo con las redes sociales, un espacio que el sacerdote incorporó a su tarea pastoral y que adquirió especial visibilidad durante la pandemia. Esa experiencia, sumada a su trayectoria personal y ministerial, dio origen al libro Cómo ser cristianos en las redes sociales y a otras publicaciones de espiritualidad. Desde ese cruce entre territorio, palabra escrita y comunicación digital, Nadal reflexiona sobre nuevas formas de encuentro, acompañamiento y cercanía en una Iglesia que busca dialogar con la vida cotidiana de la gente. Una misión centrada en la escucha y el acompañamiento -¿Qué significa, en términos concretos, haber sido designado Delegado Episcopal para la Evangelización y cuáles serán sus principales responsabilidades dentro de la diócesis? -Para mí significa ponerme al servicio de un proceso que es mucho más grande que una persona o que una nueva misión. La evangelización no es algo nuevo que haya que inventar, sino algo que necesitamos volver a poner en el centro. En términos concretos, este servicio tiene que ver con ayudar a las comunidades de la diócesis a mirarse a sí misma en clave misionera: cómo anunciamos, cómo escuchamos, cómo estamos presentes en la vida real de la gente. No se trata de sumar actividades ni de hacer cosas por encima de lo que ya existe, sino de acompañar a las comunidades para que lo cotidiano se viva desde la misión. Mi responsabilidad principal es animar procesos: escuchar mucho, generar espacios de discernimiento, ayudar a revisar estilos pastorales, lenguajes y prioridades. Es caminar con las comunidades, ayudando a que la misión atraviese la catequesis, la liturgia, la caridad y la vida comunitaria. Más que un rol de ejecución, es un servicio de acompañamiento y de cuidado del rumbo pastoral. -Deberá conformar una comisión diocesana que lo acompañe en este ministerio ¿Qué perfil de personas imagina para integrar ese equipo y qué rol cumplirán? -Pienso en personas con experiencia real de comunidad, que conozcan la vida de la Iglesia desde adentro, con sus búsquedas y también con sus cansancios. Gente que sepa escuchar, que no tenga miedo a las preguntas y que no venga con recetas armadas. La comisión no está pensada para producir actividades ni documentos, sino para ayudar a pensar, a discernir, a leer la realidad. Su rol es acompañar procesos, ayudar a que lo habitual se viva de otro modo. Más que hacer cosas, ayudar a que las cosas tengan alma misionera. -¿Este nuevo servicio apunta a una renovación de las estructuras eclesiales? -Apunta, sobre todo, a una renovación de los modos y de la mirada. Las estructuras son importantes, pero no se cambian por decisión administrativa. Se transforman cuando dejan de servir a la vida y a la misión. Si este camino ayuda a revisar prácticas, lenguajes y prioridades, seguramente algunas estructuras también se irán ajustando. Pero el punto de partida no es la estructura, sino la vida concreta de las comunidades y su capacidad real de anunciar el Evangelio. -¿Cree que la Iglesia necesita hoy cambiar algunas formas para llegar mejor a la gente? ¿En qué aspectos? -La pregunta por las formas es inevitable, porque las formas también comunican. A lo largo del tiempo, algunas de ellas pueden volverse rígidas o quedar desfasadas respecto de la vida concreta de las personas. No se trata de tocar el corazón del Evangelio, sino de revisar los modos con los que lo anunciamos, lo celebramos y lo encarnamos en la vida cotidiana. Algunas veces la distancia no nace de la fe en sí misma, sino de experiencias eclesiales que no logran dialogar con las preguntas, los tiempos y las heridas de hoy. Por eso creo que el camino pasa por aprender a escuchar más, a acompañar procesos reales, a sostener búsquedas incluso cuando no tenemos respuestas inmediatas. Cuando la Iglesia se anima a estar, a caminar con otros y a compartir el tramo, vuelve a hacerse cercana y creíble. -¿Cómo impactará esta nueva responsabilidad en su trabajo cotidiano en Concepción del Uruguay? -Esta nueva responsabilidad la vivo desde el mismo lugar de siempre. Sigo siendo párroco de la Basílica de la Inmaculada Concepción, compartiendo la vida cotidiana de la comunidad, escuchando, acompañando y caminando con la gente. Al mismo tiempo, continúo desempeñándome como Secretario del Consejo Presbiteral y como miembro del Equipo Diocesano de Formación Permanente del Clero, servicios que también forman parte de mi vida pastoral. No es un cambio de escenario, sino una ampliación de la mirada. Todo lo que vivo en la parroquia y en el trabajo cotidiano es lo que le da carne a este nuevo servicio. La evangelización no se piensa desde un escritorio, sino desde la vida real, y es desde ahí, desde el territorio y las relaciones concretas, desde donde intento asumir esta misión. -¿Qué desafíos personales y pastorales siente que le plantea esta nueva misión? -El principal desafío es cuidar la escucha y no caer en el activismo. A veces creemos que evangelizar es hacer mucho, cuando en realidad tiene más que ver con saber estar, con acompañar y con dejar que los procesos maduren. También es un desafío aprender a sostener caminos lentos, aceptar los tiempos y no forzar resultados. A la vez, siento la responsabilidad de armar un buen equipo, de caminar con otros y no solo. Los desafíos que hoy plantean la sociedad y la vida de la Iglesia son grandes y complejos, y nadie los puede asumir en soledad. La gente tiene una sed profunda de Dios, aunque muchas veces no encuentre el lenguaje o los modos para expresarla. Estar a la altura de ese momento implica buscar juntos nuevas formas de encuentro, sin perder la hondura del Evangelio ni la cercanía con la vida real de las personas. Las redes como espacio de cercanía y encuentro -Además del trabajo en el territorio, usted tiene una fuerte presencia en redes sociales. ¿Qué lugar ocupan hoy estas herramientas en su manera de evangelizar? Las redes son un lugar donde la gente ya está, y por eso también son un lugar donde la Iglesia tiene que estar. No las vivo como algo separado de la pastoral, sino como una prolongación del encuentro. En el libro Cómo ser cristianos en las redes sociales intenté expresar justamente esto: que las redes no son solo un medio técnico, sino un espacio humano. Ahí aparecen preguntas, búsquedas, dolores, silencios. No reemplazan la comunidad ni los sacramentos, pero muchas veces preparan el camino. -Durante un tiempo fue conocido como el cura de las redes sociales. ¿Qué le devolvió la gente a través de ese contacto virtual y qué aprendió de esa experiencia? Lo que me devolvió la gente a través de ese contacto virtual fue, sobre todo, humanidad. Cuando la pandemia nos reunió a todos en el límite de lo que conocíamos, empezamos a transmitir la Misa por Instagram y se sumaron personas de lugares muy diversos, no solo de mi parroquia; gente que hacía años no iba a misa, otros que estaban solos en sus casas, algunos que simplemente buscaban algo de consuelo en medio del miedo y la incertidumbre. Esa experiencia me enseñó que detrás de cada cuenta, de cada pantalla, hay una vida concreta, con heridas, búsquedas, recuerdos de fe y también preguntas profundas que no siempre se animan a formularse cara a cara. Esa realidad me fue devolviendo historias: duelos, crisis familiares, búsquedas de sentido, anhelos de volver a encontrarse con Dios. Y me enseñó algo que, pastoralmente, me marcó: no siempre hace falta responder con grandes discursos. A veces alcanzar a alguien con una palabra sencilla, un gesto de presencia o una oración compartida tiene más efecto que un texto largo y elaborado. También aprendí a no idealizar las redes sociales. Son una herramienta valiosa, sin duda, una vía concreta para acercar la fe, ofrecer consuelo, recordar que no estamos solos, pero nunca pueden ser un fin en sí mismas. Son espacios donde es posible acompañar, escuchar y acompañar, pero el corazón de la evangelización sigue siendo el encuentro, la cercanía real, el abrazo humano, la escucha atenta y respetuosa. Esta experiencia me enseñó que la Iglesia no solo está en las plazas o en las iglesias: también está donde la gente vive, sufre, busca y espera. Ese aprendizaje sigue siendo parte de mi manera de acompañar tanto en el territorio como en los espacios digitales. -¿Cree que las redes sociales pueden ser un verdadero espacio de fe, escucha y acompañamiento? -Sí, lo creo de verdad. Lo he visto muchas veces. Una palabra sencilla, un texto compartido en el momento justo, puede abrir una grieta por donde entra un poco de luz. Para muchos, las redes son el primer lugar donde se animan a decir no estoy bien o necesito ayuda Y ahí la Iglesia tiene que estar, con respeto, con humanidad, sin moralizar. Si logramos eso, las redes se vuelven un verdadero espacio de encuentro.
Ver noticia original