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  • La sinuosa historia detrás de la madriguera venezolana

    » La Nacion

    Fecha: 11/01/2026 00:20

    La sinuosa historia detrás de la madriguera venezolana La intervención en Caracas generó fuertes discusiones internas en el gabinete de Trump; las riesgosas apuestas de Marco Rubio, las divisiones en el chavismo y las prioridades de María Corina Machado - 13 minutos de lectura' La reconstrucción de la secuencia que terminó el sábado pasado con el operativo de captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, tuvo un punto de inflexión en una reunión en la Casa Blanca el 2 de octubre. Allí Donald Trump clausuró definitivamente la estrategia negociadora con el dictador venezolano, después de meses en los que había conjugado movimientos de disuasión militar con una línea de diálogo directa, que había estado a cargo de Richard Grenell, enviado para Misiones Especiales. Grenell había entablado contacto personal con Maduro cuando Trump volvió al poder. En enero del año pasado se reunió con él y con Jorge Rodríguez, el poderoso hermano de Delcy, y estableció un marco de entendimiento que le permitió llevarse como trofeo la liberación de seis estadounidenses que estaban detenidos, y un compromiso de que Venezuela recibiría deportados. Tiempo después se supo que también había cargado en su valija la promesa de renovación automática de la licencia para operar de Chevron, la única petrolera que había permanecido en el territorio tras las expropiaciones chavistas. A partir de esa reunión de octubre en el Salón Oval se dio una intensa discusión en el seno del gobierno estadounidense respecto del plan de acción, que continuó hasta el día previo al ataque. Un sector más duro impulsaba un descabezamiento completo del régimen, pero al final se terminó imponiendo la propuesta de Marco Rubio, quien a partir de ese momento pasó a comandar la estrategia de sacar a Maduro del tablero, pero no desmoronar el régimen para priorizar la estabilidad interna y la perspectiva de negocios petroleros. Lo sintió como una revancha personal con Grenell, un rival interno con el que había competido por ocupar la Secretaría de Estado, y con quien había disentido varias veces por sus nexos con la dictadura. Rubio también sacó ventaja frente a su rival más directo para suceder a Trump en 2029, el vicepresidente J.D.Vance, quien siempre se opuso a cualquier acción directa en Venezuela, a partir de su experiencia como excombatiente en Irak y representante de una generación que padeció aquella intervención fallida. Por eso Vance apareció afuera de las fotos durante toda esta semana de vértigo. Su objetivo es Groenlandia, un punto estratégico en la interacción con Rusia, si se observa el globo terráqueo desde arriba, por el polo norte. En su lógica, Rubio apenas cuida el patio trasero, mientras él se encarga de los grandes temas globales. Trump terminó de adoptar el plan de su secretario de Estado a principios de diciembre, cuando se hartó de los incumplimientos de Maduro y, aunque parezca frívolo, también de los meneos danzantes del venezolano. Fuentes diplomáticas dan cuenta de que incluso en el gabinete debieron contenerlo en sus impulsos contra el mandatario. Rubio empezó a ejercer desde ese momento un liderazgo operativo, a partir de una riesgosa estrategia a tres bandas. La primera, al asumir personalmente la interlocución con la nueva conducción en Caracas. Conoce bien a Delcy Rodríguez, con quien trabaja sobre todo los aspectos vinculados al petróleo, aunque hay muchos que señalan que el verdadero poder político reside en su hermano Jorge, quien quedó a cargo de la Asamblea Nacional. La ciencia política no se ha dedicado lo suficiente a estudiar las influencias familiares en el ejercicio del poder de los presidentes americanos, tanto en gobiernos democráticos (desde los Kennedy y los Bush, hasta Trump y su yerno Jared Kushner, en EE.UU.; Jair Bolsonaro y su hijo Eduardo, en Brasil; Néstor y Cristina Kirchner, o Javier y Karina Milei, en la Argentina) como autocráticos (Daniel Ortega y Rosario Murillo, en Nicaragua; Fidel y Raúl Castro, en Cuba). También hay indicios claros de que Rubio estableció una cabecera de playa con los militares, a través de su jefe, Vladimir Padrino López, quien curiosamente sobrevivió como ministro de Defensa después de fracasar ante el furtivo ataque norteamericano de hace una semana. ¿O, como se sospecha, tenía algún indicio previo y se corrió del cuadro? Si los Rodríguez administran la política y la diplomacia, Padrino López articula el verdadero poder detrás del cortinado, que es el que conecta el manejo de las armas con los negocios y el narcotráfico. Es el que le da sostén real al juego político que se ejecuta desde el Palacio de Miraflores. Con este eje, también parece haber un entendimiento en el complejo matrimonio por conveniencia que acaban de iniciar Washington y Caracas, si se observa el alineamiento castrense en el nuevo esquema. Hay un signo de esta semana que parece una prueba: en el juicio a Maduro, el Departamento de Justicia norteamericano dio marcha atrás con la acusación contra el Cartel de los Soles (denominación que hacía referencia a la insignia del sol colocada de los uniformes de los militares venezolanos de alto rango), al considerar que no se trataba de una organización criminal sino sólo de un sistema clientelar. Un guiño para entendidos. Al mismo tiempo parece haberse quebrado la incómoda convivencia que mantenían los militares venezolanos con sus pares cubanos, quienes ejercían un tutelaje sobre el gobierno local que quedó en evidencia con la cantidad de muertos del castrismo en el operativo de hace una semana. El eslabón suelto está en el tercer sector de poder en Venezuela, que es el que controla Diosdado Cabello. El ministro del Interior y Justicia maneja las fuerzas de seguridad y las milicias civiles que actúan con extrema violencia. Hubo dos episodios esta semana que generaron la sensación de que había inquietud en ese rincón. Por un lado, la renovada virulencia con la que empezaron a actuar los paramilitares en las calles, mostrándose con fusiles e imponiendo a punta de pistola el estado de excepción que se había decretado. Por el otro, el extraño sobrevuelo de drones en el cielo de Caracas y una noche de disparos al aire en las inmediaciones de la Casa de Gobierno. Para los observadores, se trató de una demostración de fuerza de Cabello, marginado de la interlocución del nuevo esquema. Su situación es muy complicada porque es el protagonista más ideológico y a quien Washington tiene en la mira. Comparte junto con Padrino López y el propio Maduro las acusaciones por nexos con el narcotráfico. No por casualidad, si se analiza el tono de su mensaje del viernes, se nota una evidente moderación respecto de su primera alocución a principios de la semana. Quizás intuyó el abismo si seguía por esa senda. En Venezuela el régimen se mantiene, pero bajo otras reglas. Una fuente estadounidense que habló con uno de sus miembros reprodujo una frase que sintetiza el espíritu interno: Señores, todavía estamos aquí, a pesar de todo. Trump demostró su poder, pero también que no tiene el apoyo doméstico para forzarnos a dejar el poder. Son maestros de la subsistencia. La leyenda del tesoro perdido Pero Rubio no sólo opera como un procónsul en el plano político sino que también lo hace en el aspecto económico, lo que en Venezuela quiere decir petróleo. El secretario de Estado heredó de Grenell la representación oficiosa de los intereses de Chevron. El increíble blooper de Trump en la conferencia de prensa del viernes tras su reunión con la industria petrolera norteamericana va a quedar en la historia del lobby explícito. El Presidente leyó en voz alta una sugerencia que Rubio le había pasado con disimulo en un pequeño papel. Marco me acaba de dar una nota: Vuelve a Chevron. Quieren hablar de algo, dijo Trump entre risas, al darse cuenta de que había cometido una infidencia. Un homenaje al menemismo auténtico. Tiene lógica. Chevron es el jugador que está en mejores condiciones de capitalizar rápidamente una recuperación del negocio petrolero, ya que no necesitaría una inversión tan importante. El resto de las empresas le transmitieron a Trump su escepticismo respecto de los montos y las condiciones para decidir una nueva apuesta en un país cuyo horizonte todavía no está del todo claro. Venezuela produce hoy algo menos de un millón de barriles diarios, cuando hasta 2020 extraía 3,2 millones de barriles al día. Este declive fue producto de la desinversión y de los malos negocios que el chavismo propició. Se estima que el sector requiere una inversión de al menos US$100.000 millones en los próximos diez años para volver al nivel que tenía hace un lustro. La ecuación es compleja, porque al mismo tiempo la apuesta de Trump es que la transformación del país se financie con un incremento de esas exportaciones. Este oleoducto conduce a la tercera banda en la que Rubio hace equilibrio: la relación con la oposición venezolana, en particular con María Corina Machado. Ocurre que mientras el secretario de Estado operaba para Chevron, su principal competidora, Exxon, apostaba por un recambio total del régimen y por el regreso de la premio Nobel de la Paz. Para esta petrolera era una manera de barajar y dar de nuevo, en un escenario menos desbalanceado en favor de su rival. Pero este plan fracasó. En aquellas discusiones de fin de año en la Casa Blanca, Rubio terminó apoyando un informe que la CIA le había entregado a Trump, en el cual se argumentaba por qué era peligroso un descabezamiento total del régimen y un pase de mando directo a Machado y a Edmundo González Urrutia. Sin embargo, el secretario de Estado mantuvo todo el tiempo una línea directa con la líder opositora. Muchos recuerdan que apenas dos días después de asumir su cargo, Rubio elogió a la oposición venezolana y la consideró legítima, y el año pasado firmó una de las cartas para que Machado fuera nominada al Nobel. Esta semana volvió a ser el puente para que se confirmara una reunión entre Trump y María Corina la próxima semana, a pesar de que los celos por el premio perdido llevó al presidente norteamericano a referirse a ella peyorativamente como la señorita que ganó el Nobel de la Paz. Machado, que conoce la psicología del jefe de la Casa Blanca, le entregará el reconocimiento que recibió en Oslo, como si el traspaso de una medalla pudiera transferir también los méritos. Naturalmente hubo desilusión en el campamento de la líder opositora por la decisión de Trump de acordar con el régimen, pero al mismo tiempo hay convicción en que la rueda volverá a girar. Es más, reina un cierto optimismo en que no haya que esperar años para los próximos movimientos. La fortaleza de Machado reside en el apoyo popular que se expresó con el triunfo de Gonzáles Urrutia en 2024. Ella sigue con atención ese monitoreo del humor social en Venezuela, que también le muestra una imagen muy favorable para Trump. Así como para los venezolanos en el exilio el presidente norteamericano es sinónimo de deportaciones, para quienes aún soportan en su propio país las arbitrariedades del régimen chavista simboliza el único vector de esperanza de cambio. Por eso Machado nunca abandona la actitud comprensiva cuando se refiere a Trump, más allá de su destrato. Sabe que sus posibilidades reales de llegar al poder van de la mano de la estrategia de Washington y del apoyo civil de su pueblo. Es lo que le aconseja Rubio, que siempre tiene un ojo puesto en su base electoral republicana de Florida, que le reclama terminar con el régimen. El ánimo social en Venezuela hoy no es un factor preponderante en las consideraciones de la Casa Blanca, pero cualquier proyecto a largo plazo deberá contemplar una normalización más profunda que la inestable estabilización actual. Desde la perspectiva de Washington, la amenaza reside en que el régimen empiece a descomponerse internamente, por disputas intestinas o por el manejo de la interlocución y los negocios con EE.UU. Para María Corina Machado, el riesgo principal es que se regenere un nuevo statu quo, con Trump satisfecho por haber recuperado el control del petróleo y por tener bajo su tutela al gobierno venezolano, con pocos incentivos para avanzar hacia una transición democrática. Esa también sería una mala noticia para Rubio, quien tiene como última terminal de su recorrido un cambio de régimen en Cuba, al que también buscó asfixiar con la intervención en Venezuela. Realgeopolitik Una semana después de la operación, queda claro que la captura de Maduro tuvo como objetivo correr al dictador porque obstaculizaba los planes de Washington, pero no para iniciar una transición democrática inmediata. El juicio que se le inició el lunes, tiene próxima audiencia recién el 17 de marzo. Ese proceso judicial sólo tiene un efecto disciplinador para el resto del régimen, excepto que Maduro esté dispuesto a cooperar y revelar todo lo que sabe sobre los manejos del régimen. Ahí se sabrá si su salida del país fue realmente forzada o si hubo algún entendimiento. Así como hay consenso en ese aspecto, genera más discusión la evaluación de las razones fundamentales que llevaron a Trump a promover la intervención en Venezuela. Hay un grupo de analistas y diplomáticos que apuntan esencialmente al control del petróleo como objetivo prioritario; y hay otro que lo interpreta en términos geopolíticos, a partir de entender que el operativo buscó erradicar la influencia china y rusa del espacio vital de Estados Unidos, tal como fue reafirmado en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional. En definitiva, garantizar un vecindario con aliados estables y confiables. En realidad no parecen conceptos incompatibles. El petróleo también es un factor de la geopolítica, y en Venezuela la geopolítica se construye a partir del petróleo. Estados Unidos no podía permitir en la era Trump tener a 1200 millas de las costas de Florida una madriguera fuera de su control en el que confluyeran las inversiones mineras chinas, la fabricación de drones iraníes, el sistema antiaéreo ruso y la inteligencia cubana. Era el punto de confluencia de todos sus enemigos, jugando al TEG debajo de los bigotes del león. Extrañamente Rusia no hizo demasiado ruido. Quizás Vladimir Putin esté pensando que la doctrina Monroe de Trump le viene bien para justificar la guerra en Ucrania. Hizo lo mismo al principio del siglo, cuando apoyó la guerra contra el terrorismo de George W. Bush con la mente puesta en Chechenia. En ámbitos militares sospechan además que Putin estuvo al tanto desde el principio de la Operación Resolución Absoluta. Xi Jinping, en cambio, sigue con menos desprendimiento los acontecimientos. Es cierto que a él también la doctrina Monroe le sirve para enmarcar su ambición sobre Taiwán. Pero en el corto plazo es probable que mire con más atención el problema petrolero. No porque haya perdido una fuente clave de suministro, ya que Venezuela representa sólo el 5% de las importaciones totales de hidrocarburos, sino porque, como señala el especialista Víctor Bronstein, China le otorgó a Caracas préstamos por más de US$60.000 millones a cambio de barriles de crudo, de los cuales aún quedan US$19.000 a pagar, y cuyo futuro es totalmente incierto. Por esa razón, las acciones de las petroleras chinas cayeron esta semana, pero no así el precio global del crudo, prueba de que Venezuela ya no es lo que era para este negocio. El gran interrogante ahora es cuál será la Venezuela que se aproxima.

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