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Concordia » El Heraldo
Fecha: 10/01/2026 06:46
Trabajo, desocupación y suicidio Trabajo, desocupación y suicidio: efectos psicosociales del desempleo es un libro de Miguel Orellano (editorial Lumen) que surge de una profunda investigación sobre la relación del desempleo y las conductas autodestructivas y que llega a la siguiente conclusión: De este modo, y en consonancia con otros estudios epidemiológicos y psicosociales previamente analizados, los resultados aquí presentados nos permiten inferir la existencia de una relación (fuerte asociación) entre la variable independiente situación de desempleo y el suicidio consumado, al contribuir dicho factor de forma significativa en la producción del fenómeno (pagina135). Es que el trabajo como actividad humana consciente y transformadora, el trabajo creativo y desarrollado en condiciones de dignidad-claro que no el trabajo alienado y la explotación laboral- satisface múltiples necesidades y es en sí mismo una necesidad. Por medio del trabajo las personas satisfacen necesidades de subsistencia, afecto, autoestima, identidad, sublimación y socialización. Tanto es así que el creador del Psicoanálisis, Sigmund Freud definía la salud mental como la capacidad de amar y trabajar en el sentido en que lo venimos considerando. Las personas que no pueden trabajar o que son despedidos de su trabajo suelen sentirse frustrado, inútiles, fracasadas, deprimidas, pueden sentir culpa y vergüenza por no cumplir los mandatos de proveer a las necesidades de la familia, aquellas exigencias centrales en la construcción, sobre todo, de la identidad masculina. La investigación de Orellano es clara en que la desocupación y el desempleo son variables o factores de riesgo de depresión y suicidio dentro de un conjunto de otros factores interactuantes, dado que estos fenómenos son de causación compleja, multicausales y multidimensionales. Pero sin duda las experiencias de crisis del empleo en la historia de las sociedades modernas parecen avalar los alcances de sus conclusiones. En la Argentina de la década del 30, conocida como la década infame precisamente por la miseria económica, la corrupción moral y la desocupación a niveles exponenciales, elevó las tasas de suicidio a las más graves de nuestra historia, según ha referido el historiador Norberto Galasso. Los hombres sometidos al desempleo, el hambre y la pobreza, las mujeres condenadas a la prostitución para poder subsistir, sentían abortados sus sueños y una angustia intolerable en un mundo sin motivaciones ni sentidos. Otro período crítico de nuestra historia fue la década del 90. Las políticas neoliberales, sobre todo las privatizaciones, expulsaron del campo laboral a miles de trabajadores. Una experiencia paradigmática de los efectos que estas políticas ejercieron sobre la salud mental de los afectados es el pueblo de Las Heras. Como lo documenta Leila Guerriero en su extraordinaria investigación plasmada en el libro Los suicidas del fin del mundo, el pueblo dependía de YPF como principal fuente de empleo. Así la privatización de esta Empresa estatal redujo drásticamente el personal vía despidos, voluntarios o involuntarios. Ese es el contexto en el que se produce una ola de suicidios que el libro de Guerriero aborda en su complejidad multicausal, pero en la que la crisis desatada por esas políticas que abandonan las necesidades del hombre que trabaja en función de las exigencias del capital, de los poderosos del mundo, tiene una incidencia significativa. El estallido terminal del modelo neoliberal de los 90 ocurrió en el año 2001, con niveles de desocupación y miseria récord. Quienes trabajábamos en esa época en el campo de la salud mental fuimos testigos y víctimas a la vez de los emergentes psicosociales del dolor, expresados en distintas formas de violencia, de la que las conductas autodestructivas, no fueron las menores. Por último y como expresión obscena de los efectos destructivos del desempleo y la desocupación sobre la salud mental de las personas, no podemos obviar el caso de la privatización de France Telecom. Decididos los nuevos gerentes a reducir la planta de personal despidiendo a 20.000 empleados, realizaron, entre el 2006 y el 2009 una estrategia de hostigamiento moral de niveles de crueldad inusitados que resultaron en decenas de suicidios de los trabajadores afectados. Los gerentes eran estimulados con premios de la empresa según los logros en los despidos, así acudieron a los métodos más sádicos e inhumanos que solo mentes enfermas de capitalismo pudieran imaginar. Traslados compulsivos, reducción a una silla y sin luz de las oficinas de trabajo, maltrato insultante permanente, etc. fueron algunas de las tácticas utilizadas. La mayoría de los trabajadores que huyeron de la vida por esta razón lo hicieron en su lugar de trabajo y/o dejaron cartas en las que explicitaban que su determinación obedecía a esta persecución brutal, para que no queden dudas que aun en la complejidad de sus causas, los tratos traumatizantes para ser echados por la puerta o por la ventana como dijo uno de los gerentes de la Empresa, habían sido decisivos. Las políticas neoliberales que se fundan en la ausencia del Estado de bienestar, el predominio de la timba financiera por sobre la producción y el trabajo, la privatización y los despidos, no solo afectan la salud mental de las víctimas activas, como los trabajadores despedidos, sino que crean un horizonte tan oscuro y estrecho de posibilidades de realización personal y colectiva en los jóvenes, que les impide investir el futuro como algo deseable, amputando también en ellos, el gusto por vivir. Son estos los fundamentos que nos hacen observar con preocupación las reformas laborales que se ciernen como una amenaza de más degradación de los trabajadores por parte de los gobernantes y la banalización de los despidos y de la tragedia del desempleo, a los que les agregan una nota de crueldad insoportable. Es hora de afirmar la profunda decisión de una buena parte de la sociedad de comenzar a respetar la dignidad de los trabajadores, de evitar que sean tomados como rehenes políticos de un partido u objeto de persecución y castigo por el otro. El trabajo es un derecho humano y como tal, debemos exigir a los gobernantes una actitud más responsable, más digna y humana.
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