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» Clarin
Fecha: 10/01/2026 06:24
En noviembre, el gobierno del presidente estadounidense Donald Trump declaró en su estrategia de seguridad nacional que Europa está al borde de la «eliminación civilizacional». Es una afirmación extraña en el contexto de un documento estratégico oficial. Todavía más extraño es el argumento dominante según el cual el principal problema actual de los Estados Unidos es Europa (no China o Rusia). Parecería que los europeos están llevando al suicidio de sus sociedades, al permitir el ingreso de inmigrantes: según el documento «ciertos miembros de la OTAN» van camino de convertirse en países «mayoritariamente no europeos». Pero lo que alarma a Trump no es solamente lo que en su opinión sucede en Europa. Ya había advertido de que los inmigrantes están «envenenando la sangre» de los Estados Unidos. El temor a la desaparición inminente de la civilización occidental y la preocupación por la pureza sanguínea no son nada nuevo. Los reaccionarios alemanes de fines del siglo XIX y principios del XX estaban obsesionados con estos temas. Veían un Occidente débil, decadente, superficial, materialista y debilitado por el «caos racial». El vital pueblo alemán, en cambio, tenía raíces en la sangre y la tierra, y estaba dispuesto a sacrificar las comodidades materiales e incluso la vida al servicio de la nación. Creían que ese espíritu podía salvar a Europa de su declive civilizacional, purgando el continente de las nocivas ideas asociadas con el republicanismo francés y con el liberalismo y el mercantilismo británicos. Veían a Alemania como una nación de guerreros enfrentada a naciones de tenderos. Para estos nacionalistas alemanes radicales, Estados Unidos era el peor transgresor de Occidente: un país donde reinaban el liberalismo, el materialismo superficial, la adicción a las comodidades, el mercantilismo y, sobre todo, el «caos racial». En su opinión, los judíos y otras razas «inferiores» e «indeseables» podían comprar la ciudadanía estadounidense por un puñado de dólares. Hoy se está dando un peculiar cambio de perspectiva. La dirigencia estadounidense actual se autodefine por oposición a características europeas como el liberalismo, la relativa apertura a los inmigrantes, el Estado de Derecho y la falta de espíritu guerrero. Y así como algunos nacionalistas alemanes de principios del siglo XX consideraban a Rusia (y más tarde la Unión Soviética) como un aliado útil contra los países europeos más liberales, la administración Trump ve a Rusia y Hungría como amigos unidos contra un enemigo común. Esta inversión de roles tiene varias razones detrás. Aunque a principios del siglo XX Estados Unidos simbolizaba todo lo que odiaban los chovinistas alemanes y europeos, también allí existían corrientes similares de nativismo xenófobo y antisemita. El aviador Charles Lindbergh fue en los años treinta defensor de una agenda aislacionista y racista de «Estados Unidos primero», así como el reaccionario sacerdote radiofónico Charles E. Coughlin y varios políticos republicanos. Pero el New Deal del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt y los horrores del Tercer Reich hitleriano desacreditaron esas ideas. Sin embargo, el movimiento MAGA (hacer a Estados Unidos grande otra vez) de Trump ha convertido esa desprestigiada ideología en dogma del Partido Republicano. Por eso Trump se siente más a gusto con el presidente ruso Vladímir Putin que con líderes europeos democráticos como el canciller alemán Friedrich Merz o el presidente francés Emmanuel Macron. Admira el uso irrestricto de la fuerza bruta que hace Putin, y comparte su hostilidad ideológica a las ideas liberales. El fervor antieuropeo de MAGA es también una reacción populista a la afinidad que sienten las élites estadounidenses educadas hacia el estilo y la alta cultura europeos. Estas inclinaciones se consideran (no siempre sin razón) como una expresión de esnobismo, de menosprecio al estadounidense común y corriente que, lo mismo que el actual presidente, prefiere una hamburguesa al foie gras. Pero el odio en particular a Europa, no sólo por los seguidores de MAGA, sino también por los admiradores ultraderechistas de Trump en el continente, tiene un motivo más antiguo y profundo. Los nativistas alemanes, así como nacionalistas similares en otros países, asociaban el liberalismo francobritánicoestadounidense con el imperialismo romano, al que veían como un intento de imponer normas compartidas a tribus europeas diferentes. Estos imperios supranacionales aspiraban a una especie de universalismo, donde las personas se definían por la ciudadanía y no por la sangre. La Unión Europea es en ciertos sentidos la heredera natural del Imperio Romano. También lo fue la Pax Americana (el «orden internacional basado en reglas» impuesto por Estados Unidos), cuyos valores muchos estadounidenses consideraban universales. Pero el imperio informal de los Estados Unidos tiene el respaldo de una fuerza militar abrumadora, mientras que la UE, bajo la protección de los guerreros estadounidenses, es una unión de comerciantes. La razón de ser de la unidad europea en la posguerra fue evitar otra guerra, sustituyendo la pasión nacionalista por el interés comercial. La UE sólo existe en cuanto comunidad basada en reglas. Su núcleo es el derecho, no la pertenencia étnica. Por eso políticos de derecha como Geert Wilders en los Países Bajos y Nigel Farage en el Reino Unido la odian. Mientras Trump hace todo lo posible para debilitar el Estado de Derecho en su propio país, su política exterior tiene como objetivo fomentar el surgimiento de «patriotas» (es decir, la ultraderecha) que hagan lo mismo en Europa, con el pretexto de detener su «declive civilizacional». Esto enfrenta la Europa liberal a una paradoja. Para proteger una comunidad de estados-nación basada en el Estado de Derecho y en un régimen de comercio compartido, la UE tiene que poder defenderse de intentos externos de destruirla. Esto implica que una comunidad de comerciantes deberá imbuirse de una parte del espíritu guerrero para cuya eliminación después de 1945 se la diseñó. Copyright Project Syndicate, 2026. Traducción: Esteban Flamini. Sobre la firma Newsletter Clarín
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