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  • Maduro, los Ayatolas y los socios K, donde habitan los gusanos

    » Clarin

    Fecha: 10/01/2026 06:24

    La agonía sísmica del teocrático y aterrador régimen irani, y la tensa liberación por goteo de los torturados por la autocracia venezolana, enmarcan la mutación geopolítica y sitúan a la Argentina como una pieza relevante en el ajedrez qué asoma a su desenlace. Irán diseñó y concretó los ataques a la embajada de Israel y la AMIA en asociación con aliados locales, y la Venezuela bolivariana ejecutó junto a la Argentina kirchnerista los negocios sucios enriqueciendo a los jerarcas de aquí y de allí. El triángulo Teherán, Caracas y Buenos Aires -bajo la era K- operaba en sintonía configurando un bloque responsable de muertes y de desapariciones que llenaron el Helicoide caraqueño. Era un Triángulo de las Bermudas. El kirchnerismo no solo fue corrupto y corruptor. Es corresponsable de los crímenes aberrantes de Chávez, de Maduro y de los Ayatolas. Eran socios todos ellos. No es lo mismo, pero en un punto es un Plan Cóndor al revés. No es lo mismo porque en la Argentina los K no mataron gente por órdenes gubernamentales, aunque propiciaron las víctimas de la corrupción como la masacre de Once por ejemplo, pero confabularon con Venezuela y con Irán una expansión desde el poder de un despotismo codicioso, corrupto, expropiador y saqueador. Los kirchneristas fanatizados, encendidos y enceguecidos, cerraron los ojos y aplaudieron a Chávez primero y aplaudieron después cuando Cristina Kirchner condecoró a Maduro, el sátrapa ahora encarcelado. Celebraban a un opresor, a un represor descarado. Le donaron legitimidad continental a los asesinos en el poder en Venezuela y abrieron las puertas al colonialismo terrorista de Irán y de Hezbollah en América Latina. Aun hoy, ahora con la evidencia abierta al mundo, el trotskismo nacional y el kirchnerismo sedimental no califica al bolivarianismo como un bloque infectado de crápulas autoritarios. La democracia subcontinental intrusada por un malandrinaje burdo pero desaparecedor de personas, narcotraficante y escondido detrás del velo ideologista propalado para enamorar ingenuos, fingiendo una revolución que fue una sangrienta involución de la libertad. En Miami, desde donde se escribe esta columna, venezolanos a granel y desde luego también cubanos a granel viven en vilo los acontecimientos que aceleran la lógica ansiedad masiva. Escribió Joan Didion en su clásico libro titulado precisamente Miami: Pasar tiempo en Miami es adquirir cierta fluidez en la disonancia cognitiva Desterritorializados los inmigrantes están al mismo tiempo aquí y allí en sus patrias que debieron dejar. Miami es Estados Unidos, pero como dijo Didion es a la vez una capital tropical. Caribeña en un punto. Es y no es Estados Unidos. Es casi bilingüe, inglés y castellano. Es una disonancia fluida entre palmeras, Cadillacs, arepas, y el espíritu de Celia Cruz, todo en un combo heterodoxo, cálido y fascinante. La diáspora de ambos países instalada en Miami, castigados sus integrantes por el infierno de la distancia, y del No lugar por el que transitan, observa muy expectante, en vilo, como se iría disolviendo la prepotencia de ambas dictaduras. El término gusanos ahora ampliado a gusanera fue inscripto en extensas mentalidades colectivas para despreciar ambos exilios durante décadas Pero ¿dónde habitan los verdaderos gusanos? Habitan en las catacumbas de los dineros en valijas para evitar todo control. Habitan en las armas del Tren de Aragua. Habitan en el turbante del Supremo Ayatollah Ali Khamenei. Habitan en los botines no declarados de la AFA. Habitan en los bigotes de Nicolás Maduro, e incluso en esas orejas negras que tenía sobre su cabeza, mientras deseaba un Happy New Year a sus nuevos amigos de mazmorra. Habitan en los socios argentinos serviles al dictador que bailaba rumba mientras sus carceleros atormentaban a los apresados en el clímax de la perversión que no fue denunciada sino alabada por los gobiernos K y por la mayoría de sus funcionarios. La paradójica virreina Delcy Rodríguez, siniestra bajo Maduro, marioneteada ahora por Trump protagoniza esa transición cuyo primer motor y valiente gestora es María Corina Machado que en pocos días visitará a Trump, que quizás cayó con ella en el mismo error que cometió Chávez frente a María Corina: subestimarla. Afirmó ella no tiene el respeto. Sí lo tiene entre los migrantes venezolanos y entre la mayoría de los que no pudieron partir y tuvieron que sufrir a diario el terror del régimen. Venezuela a la vez padece la anarquía latente y de pronto patente que vuelve inorgánicos pero no por ello menos peligrosos a los altos militares y funcionarios bolivarianos ávidos de impunidad y en simultáneo del poder del que aún gozan. Entre ellos el chacal, Diosdado Cabello, que pendularmente oscila entre concretar un golpe interno y desplazar a los hermanos Rodríguez o subordinarse a los mismos. Todo es un nido de víboras. Un hechizo colectivo hipnotizó a millones que se convirtieron al Ayatolismo (con perdón del neologismo) al bolivarianismo y al kirchnerismo qué no fue igual que sus socios persas y venezolanos pero que en el fondo quería asemejarse a ellos apoyándolos siempre. El nido de víboras se encrespa y se unen y mezclan las togas de los imanes farsíes con las congas venezolanas que bailaron a sus anchas los beneficiarios del régimen. Los chavistas argentinos se unieron a la fiesta, con una dantesca murga en la que bailó aquel declinante Diego Maradona, como un patético bufón ante el tirano con bigotes. Después, ahora, la Argentina pro persa y chavista, clausuró aquellos oscuros acuerdos y abrió una nueva compuerta que no sabemos hacia dónde nos lleva. Porque la nave va. Sobre la firma Newsletter Clarín

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