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Fecha: 10/01/2026 05:19
Una antigua teoría conspirativa de la izquierda latinoamericana sostenía que a Estados Unidos no le preocupa si hay o no hay democracia en América Latina, porque lo único que realmente les interesa a los yanquis es el petróleo y que sus empresas puedan ganar dinero. Esa tesis dejó de ser teoría conspirativa el pasado sábado a la tarde, cuando el presidente Donald Trump la terminó confirmando mencionando 17 veces al petróleo desde el podio en su residencia de Mar-a-Lago sin dedicar ni un segundo para dar alguna idea de cómo podría ayudar Estados Unidos a que Venezuela recupere su democracia. Trump dejó en claro en la conferencia de prensa que dio apenas diez horas después de capturar a Maduro y su esposa por cargos de narcotráfico que la hazaña militar que acababa de maravillar a buena parte del planeta por su precisión y efectividad debía ser un buen negocio para las petroleras de capitales estadounidenses que podrían recuperar los derechos de explotación expropiados por el chavismo. Leé también: Donald Trump en Venezuela: una diplomacia del garrote que desorienta al mundo entero ¿Hubiese sido hipócrita afirmar que -además de recuperar el petróleo para las empresas estadounidenses- hay algún interés por parte de Washington por restablecer la democracia en Venezuela? Ahora todo es posible El ruso Vladimir Putin fue el que más festejó el conteo de las respuestas de Trump de 17 veces petróleo y 0 democracia: después de todo, Trump le dio al ruso el mejor argumento en cuatro años para seguir intentando conquistar Ucrania. Para peor, al día siguiente Trump volvió con su insólita intención de comprarle Groenlandia a Dinamarca o, de lo contrario, invadirla: borró cualquier diferencia moral entre sus Estados Unidos y la Rusia de Putin que busca quedarse con Ucrania por la fuerza. ¿Podría también el chino Xi Jinping tentarse ahora con invadir la isla de Taiwan? Nadie -ningún gobierno ni organismo internacional- podría haber frenado al dictador venezolano, como lo hizo Estados Unidos el pasado sábado: una proeza. Pero ahora todo es posible desde la insólita conferencia de prensa del sábado pasado en Mar-a-Lago en la que Trump degradó lo que debía haberse vendido como una histórica hazaña humanitaria y democrática hasta convertirla en un vil acto de guerra y negocios. Pero así como a Javier Milei ninguno de sus funcionarios jamás le objetaría alguna medida económica decidida por el primer presidente economista de la historia argentina, quién de su círculo íntimo le va a venir a decir a Donald Trump cómo comportarse en una conferencia de prensa en el momento más sublime de su primer año de gobierno: la captura del dictador Nicolás Maduro sin necesidad de invadir Venezuela ni exponer a cientos de miles de soldados estadounidenses a una guerra. Quién le va a recomendar qué y cómo decir algo en TV al conductor del reality show The Apprentice que llegó a presidente gracias a que desde la pantalla chica instaló su relato de empresario exitoso e implacable: millones de televidentes esperaban ansiosos al empresario que le gritaba al aprendiz You are fired!: está despedido. Lo que le pasó ahora a Donald Trump quedó brillantemente retratado hace años en la miniserie House of Cards, en la que el soberbio diputado Frank Underwood (Kevin Spacey) debía enfrentar en un debate televisivo a Martyh Spinella (Al Sapienza), el líder del sindicato de los maestros que reclamaba mejores salarios docentes. La serie relata magistralmente y con lujo de detalles cómo se prepara un político profesional en la vida real para enfrentar la TV. Es lo más parecido a un entrenamiento de box: Spinella, con pocos recursos, se entrenó enfrentando a su jefe de prensa, un pasante y su secretaria en ese ejercicio que se denomina en la jerga de las relaciones públicas Q&A: Questions and Answers, o el training de las preguntas y respuestas en el que los sparrings someten al político a las más diversas y a veces atrevidas o disparatadas preguntas que alguna vez podría hacer un periodista. Acto seguido se corrigen los pifies de argumentación del político: ganchos de izquierda, cross de derecha, incluidos golpes bajos. Underwood, que no se había preparado, porque consideraba insignificante a su adversario, terminó humillado en el set de TV. Desde entonces, queda claro que las conferencias de prensa sin Q&A pueden terminar en una catástrofe. Trump, junto a su vice, J. D. Vance, ya se lo mostraron al mundo en los primeros días del gobierno cuando le tendieron una emboscada televisiva al presidente ucraniano Volodimir Zelenzky en la Casa Blanca maltratándolo por desagradecido y hasta mal vestido, y Trump delante de las cámaras dijo sin pudor: this is great TV; esto es TV genial. Qué dicen las encuestas Las primeras encuestas ya están indicando que la proeza militar estadounidense, que podría haberse vendido como una loable hazaña humanitaria y democrática para liberar a los venezolanos del yugo de la dictadura chavista -además de recuperar el petróleo- está saliendo como un tiro por la culata a raíz de la gaffe televisiva: una encuesta de la prestigiosa encuestadora YouGov indica que hay más estadounidenses que se oponen a la intervención de Estados Unidos en Venezuela: 39 a 36 por ciento. Incluso solo el 66 por ciento de los votantes republicanos aprueba la acción en el Caribe. La idea de que Washington gobierne Venezuela genera 41 por ciento de rechazo contra 34 por ciento de aprobación. En la región, una encuesta telefónica de la encuestadora mexicana Altica muestra que la opinión pública está dividida: en la Argentina, México, Ecuador y Uruguay hay grieta entre los que están a favor o en contra de la detención de Maduro. La idea de que Estados Unidos gobierne Venezuela, como dijo Donald Trump, es ampliamente rechazada, y -nuevamente- la libertaria Argentina está entre los países con más rechazo a la idea de Trump: fracasó la diplomacia pública de Washington. Diplomacia pública es la intersección entre la comunicación y la diplomacia. Por las vías diplomáticas, se busca convencer a los gobiernos de los diferentes países. Pero la diplomacia pública apunta a convencer a todo tipo de instituciones y -muy especialmente- a la opinión pública: es un paso clave en el mundo moderno en el que los gobiernos, por lo general, antes de tomar decisiones en política exterior, miran a las encuestas internas para ver qué opinan sus votantes. En la Argentina, un sondeo entre profesionales de comunicación, encuestadores y consultores políticos arrojó que la diplomacia pública de Washington en torno a la captura de Maduro es endeble, deficiente y contraproducente para casi dos tercios de ese panel de 57 especialistas convocado por la revista Imagen. Leé también: Lágrimas de cocodrilo soberanistas por Maduro: ¿sirven para algo? Pero algo hay que rescatarle a Donald Trump en comparación con su colega y amigo argentino Milei: mientras que el libertario en sus más de dos años de gobierno todavía no ofreció ninguna conferencia de prensa abierta, el estadounidense lleva contabilizadas más de 40 sesiones, además de más de un centenar de entrevistas individuales con medios de comunicación, podcasters e influencers. Si se toman en cuenta las microconferencias que pueden salir de un par de preguntas de periodistas al voleo en el avión presidencial Air Force 1, las interacciones de Trump con los medios, según la enciclopedia Wikipedia, superan a una por día hábil. Pero si se suman entrevistas individuales, la cuenta da dos por día hábil: ¿qué puede salir mal con tanto contacto mediático improvisado?
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