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» La Nacion
Fecha: 09/01/2026 18:02
El antiglobalismo de Trump se parece mucho al viejo y conocido imperialismo yanqui Las intervenciones del presidente en política exterior ponen a Estados Unidos fuera de todo límite o moderación salvo su misma arbitrariedad personalista - 7 minutos de lectura' WASHINGTON. En medio de las tantas noticias de esta semana, el miércoles el gobierno de Donald Trump anunció que Estados Unidos se retirará de decenas de organizaciones internacionales, entre ellas, 31 entidades asociadas con las Naciones Unidas, como el Fondo de Población, que promueve la salud y los derechos reproductivos a nivel mundial, y el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), el grupo con mayor autoridad en materia de cambio climático. La Casa Blanca señaló que esas desafecciones respondían a la agenda de Estados Unidos Primero del presidente Trump, que prevé el retiro del financiamiento y la participación de Estados Unidos en organismos que operen en contra de los intereses nacionales, la seguridad, la prosperidad económica o la soberanía de Estados Unidos. Quienes critican la medida la ven un nuevo golpe al papel de Estados Unidos en el orden internacional actual, una retirada norteamericana de foros donde se discuten y dirimen temas cruciales, desde el comercio y la política climática hasta la salud pública global. Sin embargo, la medida es coherente con una opinión muy arraigada en Trump: que el statu quo global que Estados Unidos forjó durante décadas es diametralmente contrario a los intereses norteamericanos y debe ser erradicado. El secretario de Estado, Marco Rubio, dijo que muchas organizaciones internacionales eran funcionales a un proyecto globalista que se basaba en la fantasía hoy desacreditada del Fin de la Historia en referencia a la certeza de la Postguerra Fría sobre la expansión mundial de la democracia liberal y la globalización y que el verdadero objetivo de esas organizaciones era limitar la soberanía estadounidense. Rechazo a la globalización Hace años que Trump y sus partidarios se presentan como la encarnación del rechazo a la globalización. Se desentendieron de la histórica ortodoxia republicana sobre el libre comercio y giraron 180 grados hacia los aranceles y el proteccionismo. Y en sus discursos y sus posteos en las redes sociales, Trump machacaba el desagrado que le producía el internacionalismo liberal de sus predecesores, los proyectos de construcción nacional liderados por Estados Unidos y los prolongados empantanamientos militares en Medio Oriente que solían traer aparejados. Los acontecimientos de la semana pasada revelan la otra cara de este antiglobalismo: la maniobra de la Casa Blanca en Venezuela y la acelerada intención de reclamar el territorio de Groenlandia fueron las señales más concretas hasta la fecha de la desfachatada vena imperialista de Trump, un impulso que surge de la convicción, tanto suya como de su gobierno, del predominio de Estados Unidos en el hemisferio occidental, más allá de cualquier tratado o más allá de cualquier ley. Tras derrocar al venezolano Nicolás Maduro, que languidece en una cárcel de Nueva York desde el 3 de enero, el gobierno de Trump ha priorizado la expropiación de los activos petroleros venezolanos antes que avanzar hacia la transición democrática. El secretario de Energía, Chris Wright, dijo que Estados Unidos permitirá que el petróleo venezolano, actualmente bajo sanciones norteamericanas, fluya de nuevo, pero solo hacia refinerías de Estados Unidos, y que las ventas serán realizadas por el gobierno norteamericano y depositadas en cuentas controladas por el gobierno norteamericano. En una entrevista con The New York Times, Trump dijo claramente que no se consideraba obligado por el derecho internacional. Mi propia moral. Mi propia mente. Eso es lo único que puede detenerme, declaró. También dijo que desde su perspectiva, tener la propiedad del territorio de Groenlandia era muy importante, porque creo que es psicológicamente necesaria para el éxito. Y agregó que estaba dispuesto a sacrificar la alianza de la OTAN en aras de sus deseos expansionistas. Durante décadas, muchos izquierdistas de toda América y otros continentes consideraron a Estados Unidos como una potencia hegemónica saqueadora, un país que, en su opinión, ponía su incomparable poderío militar y su influencia diplomática al servicio de cínicos intereses políticos, socavando a los gobiernos que no le gustaban y pavimentándoles el camino a las corporaciones norteamericanas. El imperialismo yanqui fue un espectro que flotó durante mucho tiempo sobre la política latinoamericana, una historia impregnada de conspiraciones golpistas, intervenciones norteamericanas y básicamente una diplomacia de lanchas cañoneras. El régimen de Maduro supo usar como un arma esa visión tan arraigada y suscitó críticas a la política exterior norteamericana en todo el mundo. Fantasías paranoicas Con estas últimas medidas, parece haber cobrado vida un gobierno salido de las más paranoicas fantasías de la izquierda, dice Filipe Campante, profesor de economía internacional en la Universidad Johns Hopkins. La Casa Blanca enfrenta a sus vecinos del hemisferio en un momento donde en el mundo no se aceptan apuestas porque todo puede pasar y donde la política de Estados Unidos es imprevisible, porque es muy personalista y no tiene frenos, dice Campante. Los politólogos ya tienen un término para lo que está surgiendo, y no es nada halagador. En materia de política exterior y seguridad nacional, ahora la presidencia de Trump tiene las características de una dictadura personalista, escribió Elizabeth Saunders hace unos meses en Foreign Affairs. Los controles sobre la autoridad presidencial, ya sea judicial o legislativa, se debilitaron o directamente fracasaron. Trump también ha politizado abiertamente a las Fuerzas Armadas, y al mismo tiempo se ocupó de desmantelar importantes instituciones del poder blando de Estados Unidos. Trump no solo se ha retirado de muchos compromisos internacionales de Estados Unidos, escribió Saunders, politóloga de la Universidad de Columbia. También ha socavado la capacidad de Estados Unidos de desempeñar un papel significativo y confiable en el mundo. Los aliados de larga data de Estados Unidos ahora temen haberse convertido, en el mejor de los casos, en amienemigos de Washington. Las amenazas de Trump al vecino Canadá, al que se ha referido como el posible estado número 51 de Estados Unidos, hasta obligó a los estrategas militares del gobierno de Ottawa a pensar en cómo protegerse ante una eventual invasión. Estamos evolucionando hacia un mundo de superpotencias, donde existe la tentación muy concreta de repartirse el mundo, declaró el jueves el presidente francés, Emmanuel Macron, y advirtió contra una geopolítica de la ley del más fuerte. Pero esa es precisamente la dirección en la que está empujando Trump, un rumbo probablemente muy bien recibido en Moscú y Pekín. Pekín está fascinado con el interés de Trump por las esferas de influencia de las superpotencias, le dijo al Wall Street Journal el investigador Tong Zhao, del Centro Carnegie China. Pekín quiere saber si Estados Unidos está dispuesto a hacer concesiones importantes en el Pacífico Occidental, incluyendo la cuestión de Taiwán y el Mar de la China Meridional, si a cambio China opta por ceder parte de su influencia en América Latina. Lo ocurrido confirma en cierta medida la visión rusa de que el orden liberal está llegando a su fin y que en su lugar está surgiendo un orden global basado en esferas de influencia, dijo un académico ruso cercano a diplomáticos de alto rango del Kremlin. Por supuesto que no podemos apoyar eso, pero hay que enfrentar la realidad, agregó el académico. Y en este caso, por supuesto, en Rusia tendremos aún más argumentos para reivindicar nuestra propia esfera de influencia cerca de nuestras fronteras. Tengo la sensación de que el imperialismo de Trump es oportunista, busca la oportunidad, así que todo el mundo debería estar preocupado, afirmó. Traducción de Jaime Arrambide
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