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  • Contame una historia de amor (o desamor) original

    » Clarin

    Fecha: 09/01/2026 07:04

    Dicen que en las novelas los finales son menos importantes que los comienzos. Supongo que sí, porque al llegar a las últimas páginas ya nos tienen enganchados y, aunque torpezas del lenguaje o desajustes de trama sean imperdonables, lo máximo que podemos hacer es patear el libro o hablar pestes de él para que nadie más caiga en su trampa. De vez en cuando, hay lectores indignados que buscan a la autora en redes sociales para cuestionarle un final pero, por suerte, son los menos. Es menos frecuente que alguien se queje de un comienzo, claro. En la vida, en cambio, comienzos y principios pelean su lugar en nuestra memoria, dependiendo del tipo de evento que estemos analizando. Hace poco, leí una nota en el New York Times que exploraba las peores líneas que algunas personas habían usado para separarse o que habían recibido a modo de punto final de parte de sus parejas. Te merecés estar con alguien a quien le guste tanto Taylor Swift como a vos, es una de las más graciosas que citaba la nota. Había de todo: crueldades, chistes malos (y buenos), excusas baratas (del tipo no sos vos, soy yo) y líneas directamente inverosímiles (aunque tal vez no para EE UU, un país obsesionado con TV shows sobre mega ricos) como tu familia no tiene suficiente dinero. ¿Esas últimas palabras serán las que recuerden esas dos personas que alguna vez se quisieron? Algunas parecen suficientes para borrar cualquier escena idílica que haya dado inicio a la relación. Por algo nadie nunca te pregunta cómo te separaste aunque sospecho que si lo hiciéramos nos encontraríamos con historias mucho más interesantes que las que dan cuenta de primeras citas, amores a primera vista o el amigo de un amigo que justo vino a la fiesta. Los comienzos suelen dar por resultado una especie de comedia romántica lavada con trama repetida. Aunque nos gusta más pensar en los inicios, aunque cada vez hay más personas que hacen fiestas para celebrar divorcios. Cualquier excusa es buena para festejar, supongo y contar el amor, en general, es difícil. Para mí se trata de no caer en la trampa de todo comenzó cuando ni en la de la última línea. Si se trata de contar, la verdadera originalidad sería contar una historia de amor en la que ni el comienzo ni el fin sean importantes. Al fin y al cabo, finales y principios tienden a difuminarse en nuestra memoria individual. El primer día de clases, el primer beso, la primera vez que anduviste en bicicleta o subiste a un avión: no siempre ameritan una escena completa y memorable en nuestro álbum mental. Como sociedad, sin embargo, hay ritos de cierre que son importantes. Más que las doce uvas que abren el año nuevo con la presión de los deseos a cumplir (y que luego ni siquiera logro recordar durante los doce meses subsiguientes), a mí me encanta el ritual de quemar el año viejo. En algunas culturas, está representado por un muñeco al que se entrega a las llamas para librar a toda la comunidad de los males que la hayan asolado. Últimamente, los portales de wellness y otras plagas de falsa espiritualidad, sugieren adaptar este rito a nuestro individualismo usando un burning bowl: escribir en un papelito todo lo malo que una tiene (hábitos, preocupaciones, errores, recuerdos) y quemarlo a las doce en punto. ¿Habrá punto final para la ficción de que es posible mejorarnos, ese afán de lograr una versión upgraded de nosotros mismos? Sobre la firma Newsletter Clarín

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