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» Clarin
Fecha: 09/01/2026 07:02
Un hombre solo Segunda y última parte Resumen de la Primera Parte: Al final de un show en Kiryat Yam, Haifa, Israel, un hombre me cuenta su historia en la Argentina de los años '70: detesta compartir habitación con otras personas. Pero en 1975 hospeda a un amigo (al que no ve desde seis años atrás), Marcos, por pedido del padre de éste, con la intención de acercarse sentimentalmente a Luba, la hermana de Marcos. Marcos y Luba son hijos de la misma madre, no de padre. Marcos es asesinado por la Triple A. Luego descubre que Marcos era montonero y que participó del asesinato de una personalidad relevante. En 1976, tras el golpe de Estado, los militares lo consideran sospechoso por haber alojado a Marcos. El padre de Marcos le ofrece asilo en su casa, aparentemente intocable, gracias a su relación con alguien de las altas esferas. -Permítame una interrupción - lo detuve, el chaparrón aún dominaba el aire y el cielo, traía noticias del mar cruzando la calle-. ¿Cómo aceptó en primera instancia compartir su departamento con Marcos, si le resulta insufrible la mera idea? -Una locura irreflexiva -respondió-. El amor. Le dije cuán enamorado estaba yo de Luba. Lo extraño del asunto es que si en ese mismo momento Luba me hubiera propuesto dormir juntos, le hubiera explicado mi teoría de que es mejor pasar juntos la intimidad y dormir separados. Pero para conquistarla, o como se llame, dije que sí automáticamente. De todos modos, durante los pocos días en que efectivamente Marcos habitó mi casa, prácticamente no lo vi; y cuando lo veía, no me hablaba, como ya le dije. Pasé la mayor parte del tiempo fuera, en lo de una de mis novias, y solo regresaba cuando lo daba por dormido. Había dos baños y le permití solo uno. Pero si hoy lo pienso, si me preguntaran en frío, y descartando que de haber sabido su filiación terrorista por supuesto hubiera dicho que no, diría que no. -También quisiera preguntarle su nombre de usted -agregué-. -Solo si no lo menciona. -¿Pascual le parece bien? -Cualquiera que no sea un diminutivo. Ni Emilio. -¿Por qué tampoco Emilio? -me sorprendí-. Pascual no replicó. -¿El contacto del padre de Marcos en las altas esferas era el Almirante? Tampoco respondió. -Alguna vez quisiera escribir una miniserie sobre ese personaje -me derivé-, la titularía Un Borgia en Proceso. Asesinó al marido de su amante. Fraguó la titularidad de propiedades. Extendió un dominio de perversiones. -No es mi ítem -se limitó a acotar Pascual-. Pero cuando el padre de Marcos me ofreció su casa como un santuario, dije que no. -Permanecer en esa casa¿le salvaría la vida? -Sí. Definitivamente. -¿Había alternativas? -No. -Y dijo que no. -Exactamente. -¿Por qué? -Porque no soporto compartir vivienda con nadie. Y allí vivía el padre de Marcos. Un trueno, como una admonición de Dios, puso una coma en nuestro diálogo. Por un instante me pregunté si no sería un avión de guerra o un misil; pero Pascual leyó mi muda aprensión y me tranquilizó: -Es un trueno. Por favor no me pregunte por qué sí acepté compartir con Marcos en 1975, apenas un año antes. Ya le expliqué. Cuando estuvo en juego acercarme a Luba, lo dejé todo. Pero cuando estuvo en juego mi vida, preferí no innovar. No quiero compartir vivienda con nadie. Aunque me cueste la vida. -¿Y qué hizo? -Los militares solo conocían mi domicilio. Ni siquiera sé si exactamente mi nombre, como sus lectores. Lo importante era no regresar a casa. Dormí en pensiones de mala muerte, en hoteles cinco estrellas, en bancos de plaza. Viajé por el país. Me convertí en un linyera aleatorio. Por momentos rey, por momentos vagabundo. De alguna manera, dejé de convivir conmigo. -¿Y el trabajo? ¿Y su gente? -Me acogí a un retiro voluntario. Mi madre había fallecido mucho antes de todos estos tzures (problemas), y mi padre falleció en 1975, legándome una cantidad reconfortante. Me las arreglé. En 1977, como le dije, emigré a Israel. Y aquí encontré mi casa. Solo, por supuesto. Ya nunca más regresé. -Es una historia relevante -opiné sintiéndome tonto-. -No termina aquí -me entusiasmó-. -Nada termina mientras seguimos vivos -continué soltando chorradas-. -Falso -me amonestó-. El amor termina. Como si la noche quisiera darle la razón, en ese instante paró de llover. Como un ruido estruendoso: el silencio judicial de un aguacero apagado. Si aguzábamos el oído, podíamos distinguir la ruptura de las olas contra la orilla, recuperando el espacio sonoro recién vacante, como decía Kissinger que se ocupa siempre el poder. -En el año 1978 me visitó Luba en Israel. A la flauta -dije-. -No me había atendido el teléfono cuando hospedé a Marcos, supuestamente viajó a Estados Unidos durante el golpe, y finalmente me visitó apenas después del Mundial. No hicieron falta palabras ni ademanes. Solo conseguirle una habitación, aquí mismo, en el centro de recepción de inmigrantes. Fue el romance perfecto. Solo tuvimos que convencer a las autoridades de que no éramos pareja: porque en algún momento nos exigieron la convivencia. -¿Por qué? -me sorprendí-. -Los recursos son escasos -detalló Pascual-. Querían maximizar el uso de las habitaciones. Pero logré sortear esa exigencia. Estaba con Luba. -¿Pero usted se carteó con ella previamente? ¿Le siguió los pasos? ¿Cómo entró en contacto? -Nada. Del mismo modo que durante las primeras décadas de mi galanteo me cortó el rostro, un día llegó de improviso a Israel y me cumplió. ¿Cómo lo explica? -No lo explico. -Exacto. Como las olas del mar, como la lluvia. Vienen y se van. No hay algo que un hombre como yo pueda hacer al respecto. Mis llamados, mis intentos. Todo en vano. Solo puedo poner el cartel: mar peligroso, o mar apacible. Pero no lo decido. -¿Y siguen juntos? -especulé-. -No. Ese mismo 1978, cuatro meses después de iniciado nuestro romance, y en las vísperas de Iom Kippur, Luba me confesó que durante los meses del golpe no había viajado a Estados Unidos. Había vivido en la casa del padre de Marcos. -¿La misma que le ofrecieron a usted? -Sí. Y que rechacé. -¿Entonces? -De haber aceptado, habríamos vivido juntos. Seguro que nuestro romance hubiera comenzado antes. -Pero usted no quería vivir con otra persona. -Son una cantidad de hipótesis demasiado enrevesadas como para evaluarlas. Se la hago corta. Lo del viaje a Estados Unidos fue por seguridad, me lo dijeron por teléfono. Luba era la hermana de Marcos por parte de madre y Marcos, aunque ya muerto, era un peligro venenoso. Para despistar a cualquier oyente casual. Como yo no asistí al escondite, entre el padre de Marcos y Luba se desarrolló un cómo decirlo -¿Incesto? -traduje-. -No eran parientes -contestó no muy convencido Pascual-. Vivían juntos, en una suerte de clandestinidad. -Pero Luba y Marcos eran hermanos. Y el señor era el padre de Marcos. -Pero no era el padre de Luba -insistió sin convicción-. En cualquier caso, en cuanto Luba me lo contó, algo en mí se derrumbó. Ese fue el único año en que ayuné en Iom Kippur. En todos los sentidos. Y ya no pude volver a funcionar con ella como un hombre. Un rayo, totalmente extemporáneo, iluminó las inmediaciones. -Luba finalmente me abandonó -cerró-. Y agregó: -No sé si es un rayo. La oferta de quedarse a dormir con el inmigrante reciente sigue en pie. -¿Me está cargando?. Además, paró de llover. Ya pedí un auto. -Es una tierra muy pequeña -repitió-. Puede volver a llover en cualquier momento. POS Sobre la firma Newsletter Clarín
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