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Parana » Uno
Fecha: 08/01/2026 17:46
Cada 8 de enero, miles de personas llegan al santuario del Gauchito Gil para rendirle homenaje. Una muerte violenta convertida en leyenda explica, en gran parte, por qué esta figura moviliza a miles de argentinos cada año y se transformó en una de las expresiones de religiosidad popular más extendidas del país. Gauchito Gil: la fe popular que moviliza multitudes cada 8 de enero Cada 8 de enero, miles de personas rinden homenaje al Gauchito Gil, símbolo de fe popular y devoción que moviliza a argentinos de todo el país. Su imagen, inconfundible, se repite a lo largo de rutas nacionales, barrios humildes y accesos a pueblos: una cruz de madera, banderas rojas agitadas por el viento y la figura del gaucho con camisa celeste, vincha roja y pañuelo al cuello. El Gauchito Gil y una fe que se renueva cada 8 de enero Lo que comenzó como el final trágico de un gauchillo correntino en el siglo XIX se convirtió, con el paso del tiempo, en un fenómeno cultural y religioso que atraviesa clases sociales, edades y geografías. Sin canonización oficial, sin estructura institucional y sin aval formal de la Iglesia Católica, el Gauchito Gil logró una fuerza simbólica capaz de convocar multitudes. Cada 8 de enero, fecha en la que la tradición ubica el martirio de Antonio Mamerto Gil en 1870, miles de devotos llegan hasta la ciudad de Mercedes, Corrientes. Allí, la fe se expresa a través de música chamamecera, promesas, velas, banderas, ofrendas y rituales que combinan elementos religiosos, culturales y sociales, en un clima que excede lo estrictamente litúrgico. La historia oral presenta a Antonio Gil como un bandido rural, aunque también como un desertor. Reclutado en el marco de los conflictos civiles que atravesaban el país en la segunda mitad del siglo XIX, habría decidido huir para no participar de una guerra entre argentinos, una decisión que, según la tradición, selló su destino. Una partida militar lo capturó en un monte de espinillos y, sin juicio previo, lo ejecutó mediante degüello. La violencia de ese final marcó el inicio del mito. La leyenda sostiene que, antes de morir, Gil le dijo a su verdugo: "La sangre de un inocente sanará a otro inocente". Horas después, el soldado habría encontrado a su hijo gravemente enfermo. Desesperado, regresó al lugar del martirio, tomó la sangre aún fresca del gaucho y la aplicó sobre el niño, que logró salvarse. Como gesto de agradecimiento, levantó una cruz en el sitio de la ejecución, que se convirtió en el primer altar. Con el paso del tiempo, el lugar comenzó a recibir visitas y promesas. La fe popular atribuyó desgracias a quienes intentaron destruir esa cruz inicial. Cada vez que fue retirada, volvió a aparecer, consolidando el sitio como un santuario pagano que creció al margen de las instituciones oficiales. En vida, Antonio Gil habría ganado el afecto de los sectores más humildes por compartir con ellos el botín de sus asaltos a los poderosos. Tras su muerte, esa imagen se profundizó y el Gauchito Gil se convirtió en un intercesor cercano, al que se le piden favores vinculados a la salud, el trabajo, los viajes y la protección en la ruta. Las ofrendas acumuladas durante décadas reflejan el alcance social del culto. Guantes de boxeo, uniformes militares, vestidos de novia, patentes de autos, fotografías, cartas y objetos personales cubren paredes y depósitos del santuario. Cada elemento representa una promesa cumplida, mientras que el color rojo, presente en banderas y velas, funciona como marca identitaria de la devoción. La expansión del culto se explica por dos procesos centrales. Por un lado, la migración de correntinos hacia otras provincias, especialmente en contextos de crisis económicas. Por otro, el rol clave de los camioneros, que llevaron la imagen del Gauchito Gil a lo largo y ancho del país, multiplicando los altares improvisados a la vera de las rutas. La Iglesia Católica nunca reconoció oficialmente al Gauchito Gil como santo. Sin embargo, con el paso de los años decidió acompañar el fenómeno. En Mercedes, la celebración del 8 de enero comienza con una misa en la catedral y continúa con actividades pastorales en el predio del santuario. La postura eclesiástica apunta a orientar la fe hacia la cruz de Cristo, sin desconocer el valor cultural y social de la devoción popular. Incluso, cuando Jorge Bergoglio era arzobispo de Buenos Aires, conocía de cerca este culto en villas y barrios humildes. Ya como papa Francisco, se difundió una novena elaborada por sacerdotes correntinos, con una mirada crítica sobre las mezclas entre fe, magia y superstición. Durante años, el santuario atravesó conflictos vinculados con manejos irregulares, comercialización descontrolada y episodios de violencia, lo que derivó en la intervención del Estado provincial y en un proceso de reorganización integral del predio. Las construcciones precarias fueron demolidas y se impulsó un proyecto que buscó ordenar el espacio sin apagar la expresión popular. El nuevo santuario, inaugurado recientemente, cuenta con más de 400 metros cuadrados construidos en hormigón y vidrio, un amplio atrio, un oratorio con luz cenital, áreas comerciales delimitadas, camping y estacionamiento. A casi 150 años de su muerte, la historia de Antonio Mamerto Gil sigue interpelando a miles de personas. No desde los altares oficiales, sino desde la experiencia cotidiana de quienes encuentran en su figura una respuesta simbólica frente a la injusticia, la necesidad y la esperanza. Así, una muerte violenta convertida en leyenda continúa vigente en la Argentina contemporánea, teñida de rojo, cargada de promesas y sostenida por una fe popular que, año tras año, se renueva en rutas, santuarios y corazones.
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