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Fecha: 08/01/2026 16:32
Tacos. Muchos tacos. Un pedido enorme, inusual, de tacos. Eso terminó condenando al Chapo Guzmán, el capo narco más buscado del mundo. Los hombres del equipo especial de búsqueda que estaban de guardia desde hacía semanas dieron aviso. Ese pedido de comida indicaba que finalmente, el Chapo Guzmán había llegado a la guarida que le habían preparado durante meses en Los Mochis, Sinaloa. Desde hacía 181 era un prófugo, desde el día que se había logrado escapar a través de un largo túnel subterráneo de la cárcel de alta seguridad de El Altiplano. Leé también: Las fotos inéditas de la última captura del Chapo Guzmán: así le rasuraron el bigote De a poco, y en especial en ese último mes, las fuerzas de seguridad lo habían cercado. Desde hacía semanas en esa casa de Los Mochis había movimientos infrecuentes. Materiales de construcción, albañiles, hombres armados que pasaban varias veces al día para comprobar el avance de las obras. Cuando alguien preguntaba qué sucedía, decían que sólo estaban haciendo unas pequeñas reformas porque se iba a mudar una mujer mayor. En las comunicaciones interceptadas por los investigadores se hablaba de La Tía o La Abuela. Pasadas las cuatro de la mañana del 8 de enero de 2016, diez años atrás, una fuerza de elite de la Marina mexicana ingresó en la casa. Comenzaba la Operación Cisne Negro. Gritos, estruendos, puertas derribadas, corridas, balas, muchas balas. La respuesta de los narcos fue inmediata. Todo era confusión. La casa había sido bien preparada. Había puertas falsas, blindadas, con rejas, otras que daban a una pared, espejos, pasillos que no conducían a ningún lado; un diseño laberíntico pensado para que en caso de que alguien irrumpiera, el Chapo tuviera tiempo de escapar. Una vez más. Mientras en la casa las víctimas se multiplicaban (cinco narcos muertos y seis heridos; un militar recibió un disparo), el Chapo y su jefe de seguridad huían por un túnel que estaba escondido debajo de una bañera y se abría pulsando un interruptor. La obsesión de Guzmán por los túneles: a través de ellos pasó toneladas de drogas atravesando la frontera con Estados Unidos, gracias a uno de ellos se escapó de la cárcel y ahora estaba esquivando su nueva captura. Pero esta vez nada salió de la manera prevista. Había llovido los días anteriores, el túnel se había inundado. Mientras los dos hombres se alejaban -ya no escuchaban los disparos de la casa- cada vez se les hacía más difícil avanzar. El agua ya tapaba la mitad de sus pechos, el piso estaba demasiado fangoso. Por una alcantarilla salieron al exterior. El capo narco más buscado del mundo apareció en medio de una calle. Irrumpió como un géiser, desde las profundidades y con violencia, casi sin control. Una imagen cinematográfica. Los pelos revueltos, los ojos ávidos en busca de una solución, una musculosa muy sucia, embarrada. No había nadie esperándolos porque el punto de salida fue diferente al planeado. Ni siquiera sabían bien dónde estaban. Estaban desorientados. Pero, pensaron, ya habría tiempo para consultar un gps o un mapa. Los urgía otra cosa. Los dos hombres se tiraron encima del primer auto que pasó. Un Volkswagen blanco añoso. No les costó nada apropiárselo. El conductor bajó corriendo. Arrancaron a toda velocidad para alejarse del lugar. A la velocidad máxima que el auto, enclenque, les permitía. A los pocos kilómetros salía humo del capot. El motor del auto farfulló durante unos metros hasta que se detuvo con un ruido ahogado. El Chapo maldijo al guionista de esta película. Necesitaban otro vehículo. Un Ford Focus rojo se detuvo en el semáforo. El Chapo aprovechó la situación. Manejaba una mujer. A los gritos la amenazaron y le ordenaron que bajara. Iba acompañada por una anciana y por una nena. Las tres descendieron apuradas, muy asustadas. Antes de arrancar, el Chapo les alcanzó las carteras que las mujeres habían dejado en el auto suponiendo que se trataba de un robo normal. Otra vez aceleraron. Acaso por primera vez en su vida, el Chapo Guzmán no sabía donde ir. Leé también: Un fiscal de EEUU acusó al presidente de Honduras de recibir 1 millón de dólares del Chapo Guzmán Mientras tanto en la casa de Los Mochis, todo había terminado. Con los narcos abatidos o detenidos, las fuerzas del orden descubrieron que debajo de la heladera había una trampilla que llevaba a un túnel falso, construido para desorientar a sus perseguidores. También encontraron el túnel real, debajo de la bañera. A la central de policía llegaron las denuncias de los robos de los automóviles. Algunos testigos, pese a su aspecto desarrapado, habían reconocido al Chapo Guzmán. Junto a Iván Gastelum, su ladero, el capo narco aceleraba por la ruta. Dos fuerzas convergían hacia él. Enterados del golpe al búnker, 40 sicarios habían salido de sus guaridas para defender a su líder y lo estaban buscando por los caminos de la zona. Por otra parte, todas las unidades policiales y militares cercanas salieron a atraparlo. Hacía seis meses que lo buscaban con denuedo, desde aquella fuga por la letrina de la cárcel que había humillado a las autoridades. A esa altura, el Chapo parecía inasible, invencible. Varias veces en ese tiempo estuvieron cerca de atraparlo, pero él siempre lograba escabullirse. En octubre lo habían ubicado en una de sus propiedades campestres. Como de costumbre, sus soldados enfrentaron a los captores y se inmolaron por él, dándole tiempo a escapar. La operación contaba con un helicóptero que lo divisó y lo siguió por el aire. Un francotirador lo tuvo en la mira pero no recibió la orden de disparar: el Chapo se escapaba hacia una selva espesa junto a la cocinera y en sus brazos llevaba a la pequeña hija de esta, utilizándola como escudo humano. En sus días de clandestinidad total había contactado a Kate Castillo, la actriz que hacía de jefa narco en la serie La Reina del Sur. Guzmán dio órdenes a su abogado para que la buscara, le propusiera hacer una película juntos y la llevara ante él. El encuentro se produjo y también acudió Sean Penn para entrevistar a Guzmán para la Rolling Stone. El Chapo estaba enamorada de Kate Castillo (en la redada final encontraron DVDs con la serie completa y con cada película que la actriz filmó). Ese impulso por tener a su lado a la actriz que lo deslumbraba por la pantalla, mezcla de cholulismo con calentura sexual, le costó caro a Guzmán. La Dea interceptó comunicaciones y siguió a la actriz. No atacaron la finca en ese momento por el riesgo de que Penn y Castillo se convirtieran en víctimas en medio de la segura balacera y no querían cargar con la conmoción mundial por el asesinato de dos celebridades. Leé también: El Chapo Guzmán pidió que su fortuna en EEUU se reparta entre comunidades indígenas en México Esos seis meses donde Guzmán fue perseguido sin descanso (tal vez por primera vez en la vida sus sobornos y amenazas no le aseguraban la impunidad absoluta) fueron quitándole recursos, ahogándolo. Detenían lugartenientes, allanaban casas, demolían guaridas. Sus redes se agujereaban o desaparecían. Y, en especial, le hacían sentir que cada paso que daba era vigilado. Podía caer en cualquier momento. Ese agobio lo fue desplazando hacia Los Mochis, el lugar en el que terminó cayendo. Chapo Guzmán: de la captura al motel, de las amenazas a la condena y el encierro Volvamos al 8 de enero. El Chapo acelera por la ruta desierta, decenas de unidades móviles tratan de cazarlo y un ejército de sus hombres se dirigen a su encuentro para defenderlo. Por la autopista 15, dos móviles policiales reconocen el Focus Rojo. Logran detenerlo. Guzmán y su compañero se entregan. No tienen más remedio. Están en estado de completa indefensión. Todo el poder construido durante esos años no le sirve de nada. Guzmán hace todo con morosidad, parece no escuchar lo que le dicen, simula dificultad para moverse. Hace tiempo para ver si sus hombres llegan a rescatarlo. Los policías están nerviosos, quieren sacar de la vía pública lo más pronto posible al hombre más buscado, al hombre más peligroso del mundo. Las fuerzas de la Marina que se iban a hacer cargo del capo narco todavía no llegaban. Tampoco la manada de sicarios. Para evitar problemas, los policías llevaron a Guzmán a un motel cercano. Alquilaron un par de habitaciones. Lo sentaron en la cama y le sacaron unas fotos. Guzmán estaba sereno. Les ofreció dinero para que lo liberaran. Mucho dinero. Los tentaba y les explicaba todo lo que se podrían comprar con los millones que ofrecía. Los policías resistieron. Guzmán se enojó y los amenazó: Se van a morir todos. Los vamos a matar a todos. Unos minutos después llegaron los militares y se hicieron cargo de la situación. Muy rápido lo llevaron en helicóptero a Ciudad de México. Lo mostraron a la prensa como un trofeo, para vengar el ridículo en el que los había hecho caer unos meses antes. Después fue llevado a El Altiplano, la misma cárcel de la que se había fugado. Lo pusieron en otra celda, sumaron cámaras: ya no habría puntos ciegos en la habitación, ni intimidad del preso a respetar. Modificaron los protocolos de vigilancia (debían reportar su presencia cada hora) y lo sometieron a un aislamiento total. En las primeras fotos, en las del Motel Doux se ve todavía a un Guzmán combativo pero sereno, en control de la situación. Debía pensar que una vez más lograría escaparse; que ya lo había hecho dos veces y por lo tanto habría una tercera. Se creía un Houdini corrupto (y corruptor). Ya en las que le tomaron los días posteriores en sus gestos se ve la derrota. Hay algo de perplejidad en la mirada, pareciera que le cuesta asumir la nueva situación, su vulnerabilidad. Los ojos enormes, desorbitados, vencidos ante la caída total. Pese a la batalla presentada por sus abogados, Guzmán fue extraditado a Nueva York, un año después, en enero de 2017. En noviembre de 2018, después de varios recursos tratando de impedirlo, fue juzgado. Recibió una condena de 20 años por lavado de dinero, de 30 por ataques con arma de fuego y cadena perpetua por el tráfico de drogas. El Chapo Guzmán cumple su condena en Florence, Colorado. En la cárcel de mayor seguridad de Estados Unidos. La llaman la Súper Max o la Alcatraz de las montañas Rocallosas. Todavía no ha podido escapar de allí. Su última fuga ya cumplió más de diez años.
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