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  • Las vacaciones de los +70: vuelven todos los años a Pinamar, pero ahora viven el verano sin presiones

    » La Nacion

    Fecha: 08/01/2026 16:32

    Las vacaciones de los +70: vuelven todos los años a Pinamar, pero ahora viven el verano sin presiones PINAMAR (Enviada especial). Trabajé 40 años o más, o 50. Ahora me acompaña la salud como para poder descansar. Liliana lo dice sentada frente al mar, mientras el viento empieza a levantarse en la playa de Pinamar. Anticipa que en un rato se van a ir, pero no hay dramatismo ni énfasis en la frase: es una síntesis de recorrido. A su alrededor, el verano se mueve despacio. Reposeras bajas, termos apoyados en la arena, diarios doblados, conversaciones sin apuro. La playa, a esa hora, no es un lugar de paso, sino de permanencia. Liliana tiene 78 años y viene a Pinamar desde hace 30. Somos concurrentes, dice y se ríe, como si la constancia fuera una forma de pertenencia. Esta vez llegó para pasar Año Nuevo con su hija y su yerno. Tiene un departamento cerca del mar y eso, explica, fue determinante para elegir siempre el mismo destino. Más el mar que la tierra, resume cuando habla de lo que le gusta. Durante estos días hizo jornadas completas de playa, aprovechando el buen clima. Hoy prefiere irse antes. Nos asusta el viento, aclara. No recorre el centro para comprar ni busca actividades distintas. Venimos más que nada a usar la playa, detalla. Vive en la Capital y ahí, explica, no tiene este vínculo cotidiano con el mar. Antes se quedaba más tiempo, incluso un mes entero, cuando trabajaba en la escuela y tenía vacaciones largas. Ahora los tiempos cambiaron. Sus hijos trabajan y no pueden quedarse. Ella, jubilada, sí puede extender la estadía. Enero, marzo, si es posible febrero, enumera. La posibilidad de quedarse más tiempo aparece como un privilegio ganado después de décadas de trabajo. Habla del cambio de las temporadas, del clima, de cómo el poder adquisitivo de la gente ya no es el mismo. El ambiente varió mucho, señala, en sintonía con los cambios generales del país. Aun así, afirma que le gusta el lugar y que está contenta. El relato se vuelve más íntimo cuando menciona a su marido, con quien venía antes. Es viuda desde hace 17 años. Para mí fue ayer, dice. La vida siguió, comenta, con hijos, con rutinas distintas, con una familia que ya no se mueve como antes. Uno de sus hijos pudo venir solo a compartir el 31 y el 1°. El resto del tiempo, cada uno sigue su camino. Liliana habla de haber trabajado toda su vida como docente, de haber sido directora, de haber sostenido responsabilidades durante muchos años. Gracias a Dios me acompaña la salud, reitera, como condición básica para este presente. El descanso no aparece como ocio, sino como una etapa distinta, construida después de cumplir con todo lo demás. La playa funciona como un espacio donde el tiempo se estira y la soledad, cuando aparece, se vuelve más llevadera. También recuerda el vínculo familiar con los diarios. Su marido tenía puestos de diarios en la Capital, leía distintos medios y LA NACION formaba parte de su rutina. Ella recuerda a un abuelo que le leía el diario cuando era chica, artículos que él consideraba importantes: Me gustaba escucharlo. El recuerdo aparece mezclado con el presente, como si la playa habilitara también ese repaso silencioso de la vida. Me cuesta hablar, admite al final. Fui directora muchos años. No es una aclaración: es una forma de explicar por qué cada palabra pesa. Planes que varían Un poco más allá, Claudia observa la playa sin querer salir en la foto. Dice que vacaciona en Pinamar desde hace más de diez años porque le gusta el lugar. Me gusta la playa, me gusta el centro, me gusta la gente, enumera. No describe una rutina fija: a veces vienen temprano, otras pasan todo el día en la playa y comen ahí mismo. Hacemos lo que tenemos ganas, repite. Se quedan unos quince días y van variando los planes para no convertirlos en algo repetido. Para Claudia, el cambio más fuerte no tiene que ver con el destino, sino con la forma de vacacionar. Antes, cuando los hijos eran chicos, venían un mes entero; a sus 70 años recuerda que todo giraba alrededor de ellos. Había que organizar horarios, comidas, traslados. Ahora vienen solos. Somos los dos y hacemos lo que tenemos ganas, sostiene. Los hijos se independizaron, cada uno tiene su trabajo, su vida. Ahora estamos armando para nosotros, agrega. No lo plantea como una pérdida, sino como una transformación. Es distinto completamente, resume. Habla de otra libertad: no la de la juventud, sino la de dos adultos que deciden juntos, que conversan si van o no van, que no dependen de nadie más. A los 81 años, Mónica camina hacia la orilla en Ostende y se detiene a mirar el mar. Es la primera vez que viene a Pinamar. Me encanta el mar, apunta. Viaja desde Buenos Aires cuando puede, a veces con su hijo y su nuera, otras con amigas. Su rutina es simple: playa por la mañana, descanso al mediodía y regreso por la tarde. Disfruto bastante, afirma. Incluso cuando está acompañada, busca momentos para sentarse sola frente al agua. Yo me siento a mirar el mar y siento paz, sintetiza. Para Mónica, el mar no es solo un paisaje, sino un estado. Trabajé toda mi vida para poder estar así, explica. Habla del descanso como una conquista, no como una pausa. Pasar horas mirando el mar no es perder el tiempo, sino ocuparlo de otra manera. Es mi actividad favorita, dice. No necesita más planes. ¿Qué más puedo pedir? Es la vida. Juan llega a la playa por la tarde. Cuando le preguntan por qué elige Pinamar, responde sin rodeos: Estamos cansados de Buenos Aires. Relata que viene todos los años desde hace décadas. Elige la playa porque ama el mar. En el caso mío, lo amo, insiste. Antes venía a la mañana, cuando llegaba con toda la familia. Ahora los hijos están grandes y las vacaciones son distintas. Se extraña reconoce, a sus 74 años. Siempre queda como un vacío. Después aparecen los nietos, que ocupan otro lugar y llenan de otra forma. Se compensa, destaca. Juan reconoce cambios en la ciudad a lo largo de los años, algunos avances y otros problemas que siguen iguales. No se detiene demasiado en eso. Habla más del mar como refugio, como lugar donde el cansancio de la ciudad se afloja. Pinamar siempre nos recibe muy bien, afirma, como si hablara de alguien conocido. Silvia cuenta que tienen casa en Pinamar y que siempre eligieron este lugar para vacacionar. Nos gustó siempre el mar. Venimos desde que teníamos 18 años, revela. En esa repetición se fue armando una historia familiar. Pasamos muchas cosas acá y es la playa que más nos gusta, suma. Con sus 77 años, habla de recuerdos que se superponen: su madre, que ya no está; sus hijos, que disfrutaron el mar desde chicos; las distintas generaciones que fueron ocupando el mismo espacio. Venir acá trae muchísimos recuerdos, resume. Dice que volvió desde chica y que con el paso del tiempo ese vínculo fue cambiando. Yo fui creciendo y ahora es la última etapa, explica. Junto a su marido, reconoce que hoy venir a la playa tiene otro sentido: Sabemos que esto es descansar. Aceptar ese cambio no fue sencillo. Fue muy triste darte cuenta de eso, pero es la vida, dice. Habla de los hijos que se van, de los nietos que ahora se disfrutan y de una etapa distinta que se abre. Te das cuenta de que es otra etapa, advierte. Hoy, cuenta, disfrutan del mar y buscan que esa experiencia se repita, para no perder la tradición. En estas playas, la escena se repite cada temporada sin llamar la atención. Personas que vuelven año tras año, aun cuando cambian las rutinas, las compañías y la forma de ocupar el tiempo. El mar ordena los días: entrar o no entrar, quedarse un rato más, irse cuando el viento lo indica. Con los hijos ya grandes y las casas más silenciosas, las vacaciones se transforman y aparecen como una etapa distinta, menos estructurada y más propia. El día puede transcurrir sin urgencias, con la vista fija en el océano.

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