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  • En Floresta, un nuevo restaurante en una elegante casona de 1914 con un jardín que hasta hace poco era un tesoro escondido

    » Clarin

    Fecha: 08/01/2026 16:32

    En una esquina tranquila de Floresta, una casona de 1914 vuelve a respirar. Se llama Casa Bogotá y es un nuevo restaurante que nace del trabajo de cuatro socios con recorrido largo en la gastronomía, pero con ganas de hacer algo con anclaje barrial. La casa, declarada patrimonio histórico, fue restaurada con paciencia y respeto: no para convertirla en museo, sino para devolverle su vida. La propuesta de cocina está a cargo de una chef que volvió de Italia especialmente para este proyecto. La carta cruza recetas europeas con una mirada actual, todo de elaboración propia. Hay además un brunch de diez pasos que cambia cada semana y funciona como excusa perfecta para ir más de una vez. La selección de vinos es federal y los maridajes buscan algo simple, que uno aprenda mientras come y bebe. Video Puertas adentro, la casa conserva techos altos, vitraux, empapelados y pisos originales que cuentan historias sin hablar. Afuera, los jardines rodean la casona y se vuelven protagonistas en los días de calor amable, cuando la brisa hace lo suyo. Los domingos son de brunch largo y las noches invitan a cenas relajadas, con pastas caseras como especialidad y la idea de recuperar la esencia de la casa y ponerla al servicio del barrio. La historia de Casa Bogotá La casona que hoy ocupa Casa Bogotá es parte del paisaje emocional de Floresta. Construida en 1914, fue durante décadas la casa de la familia Saralegui, conocidos en el barrio como los vascos. Esta es una casa que, como verás, es recontra ícono de Floresta. La gente conocía la casa por los dueños, porque acá vivían los Saralegui, cuenta José Muñoz, uno de los socios del proyecto. No era una casa más: era esa que todos miraban desde afuera y que parecía guardar algo especial. El primer propietario fue Antonio Saralegui, ingeniero agrónomo y pionero en la agrimensura aérea, un oficio poco común para la época. Trabajó en el Instituto Geográfico Militar y recibió premios en Estados Unidos. Sus hijos también dejaron huella. Lucía fue una acuarelista reconocida y Ramón, el último habitante antes de que la casa quedara vacía, era famoso en el barrio por el cuidado obsesivo de su jardín. La casa es parte de la historia de Floresta, pero fuerte, resume Muñoz. Las anécdotas circulan como si el tiempo no hubiera pasado. Vecinos que recuerdan cuando se les caía la pelota en el jardín y Ramón se las devolvía. Una señora de más de 90 años que pintaba con Lucía y todavía habla de ella. Y una historia que emociona incluso a los nuevos dueños: un chico, hijo de una empleada que trabajó en la casa, que aprendió a tocar el piano en la llamada sala dorada, lo usaba cuando los patrones no estaban y que hoy es concertista del Teatro Colón. Historias mínimas que explican por qué esta casa nunca fue solo una casa. Antes de la llegada de los actuales socios, la propiedad estuvo años en venta. El estado era delicado, con humedad, goteras y un mantenimiento complejo que alejaba interesados. Además de ser patrimonio histórico de la Ciudad, tiene el nivel más alto de protección patrimonial, lo que impide demoliciones o grandes cambios. Las limitaciones nos generaron un desafío, pero nunca la idea fue tirar la casa abajo. Siempre fue recuperar la esencia, explica Alejandro Raizman. La obra llevó tiempo: un año de trámites y nueve meses de trabajos, con tormentas usadas como prueba final para saber si el techo, esta vez, aguantaba. La restauración fue artesanal y paciente. No vinimos a romper, sino al contrario, a restaurar y poner en valor lo que fue la historia, dice Raizman. Desde que abrió sus puertas, la respuesta del barrio fue inmediata. El agradecimiento es total. Hay gente que viene emocionada, incluso con lágrimas, por poder conocer la casa por dentro, cuenta. La casona volvió a brillar, pero sobre todo volvió a cumplir su rol: ser parte viva de Floresta y, ahora, estar al servicio de quienes siempre la miraron desde la vereda. Qué comer en Casa Bogotá La propuesta gastronómica de Casa Bogotá se apoya en una idea clara: viajar sin moverse de Floresta. Al frente de la cocina está Daniela Lobeto, la chef que volvió después de vivir veinte años en Europa, sobre todo en Italia, para volcar todo ese recorrido en una carta sin vueltas. Acá la tradición manda, pero siempre con una pequeña vuelta de rosca y sin pretensiones innecesarias. El gran protagonista es el brunch de 10 pasos, que se sirve solo los domingos y ya se convirtió en plan fijo para muchos vecinos. No es algo rápido ni improvisado, dura cerca de tres horas y funciona como un recorrido completo por distintos sabores. Si yo te hago venir a Floresta a comer un brunch, no te puedo tener media hora. Tiene que ser un plan, explica Daniela. La idea es probar cosas que uno, en general, no pediría por motu proprio. Cada domingo el menú cambia por completo. Los diez pasos rotan y arman una especie de montaña rusa que cruza cocina italiana, española, argentina y algún guiño asiático. Puede aparecer un ceviche, un plato de cordero, un raviol de morcilla o unos riñones a la valenciana con queso y dulce. Probás cosas que nunca hubieras pedido, resume. Para almuerzos y cenas, la carta se ordena un poco más, pero sin perder identidad. Hay secciones de pescados, vegetales y carnes, con algunos platos que ya se volvieron favoritos. Uno de ellos es el secreto, un corte muy usado en España que Daniela tuvo que rastrear en mataderos locales para poder hacerlo a la plancha. La influencia italiana aparece fuerte en las pastas artesanales: tagliatelle con ragú de siete horas, lasañas, risottos y sorrentinos de sepia. De lunes a viernes, además, hay menú ejecutivo ($ 22.000) con platos abundantes y accesibles, pensados para el día a día del barrio. Pamplona de pollo, tacos de carne o ensalada de salmón gravlax conviven con una regla que no se negocia: todo es de elaboración propia. Desde el pan y las medialunas hasta la pasta y la pastelería, que ocupa casi la mitad del proyecto. También hay cafetería con café Lavazza y clásicos europeos como la crema de café helado para el verano. El capítulo vinos tiene entidad propia. La cava, a cargo de José, sommelier y socio, busca correrse del eje habitual y federalizar la carta. Hay etiquetas de Catamarca, Jujuy y Santiago del Estero, con especial foco en bodegas como Santa Bax. El vino es comunicación, es compartirlo, dice el experto. Y aclara, entre risas, que en las degustaciones no ponen límites estrictos: Vos te tenés que controlar. Como todo en Casa Bogotá, la idea es clara: comer bien, tomar rico y sentirse parte de la historia del barrio. Casa Bogotá. Bogotá 3900, Floresta. Lunes a miércoles de 10 a 19. Jueves a sábado de 10 a 0. Domingo, brunch de 11.30 a 14.30. Merienda de 16 a 19 hs. Instagram: @casabogotaba. Sobre la firma Mirá también Newsletter Clarín

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