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  • Patria más allá del slogan Roberto García

    La Paz » Politica con vos

    Fecha: 07/01/2026 13:10

    Esta primera entrega que me lleva a compartir mí opinión con los lectores, se dispara a partir preguntarnos ¿qué patria queremos?, e inmediatamente llegan a la cabeza, banderas e himnos, pero más allá de la fuerza de lo simbólico, se vuelve necesario poder pensar en recuperar el orgullo nacional y eso exige comprender quiénes somos, qué hemos sido como pueblo latinoamericano y por qué la defensa de la democracia y la soberanía es la condición para avanzar. Frente a los proyectos políticos que subordinaron nuestros territorios al libre mercado, debemos reconstruir una identidad que no sea un eslogan, sino una fuerza transformadora. Cuando hablamos de patria, nos estamos refiriendo a algo mucho más profundo que un conjunto de símbolos -un pedazo de tela, un himno o un día de fiesta-. La patria es ese entramado histórico de luchas, injusticias, victorias y derrotas que configuran nuestra identidad como pueblo. No es un mito vacío, sino la memoria viva de quienes construyeron nuestra libertad y la posibilidad de un futuro común. En América Latina, esa memoria también tiene nombre: Patria Grande. No se trata de una entelequia retórica, sino de la aspiración histórica de unidad y cooperación entre los pueblos que lucharon contra el colonialismo y por su emancipación. Desde los proyectos de Simón Bolívar y José de San Martín hasta diversas corrientes contemporáneas, la idea de una comunidad latinoamericana que mira hacia adelante replantea la cuestión nacional como proyecto político y no como simple consigna. Sin embargo, nuestra autoestima como sociedad ha estado herida por experiencias de subordinación: procesos políticos que, en nombre del ajuste o del orden, entregaron sectores clave de nuestra economía a intereses foráneos y desmantelaron capacidades soberanas. En Argentina, como en otros países, esa entrega ha tenido consecuencias palpables en producción, empleo y soberanía de decisiones económicas. Esta realidad obliga a preguntarnos ¿cómo reconstruir un orgullo nacional que no sea ajeno a la democracia, sino que la fortalezca? La experiencia venezolana aparece en este debate como un espejo ambivalente. Por un lado, es un país que ha buscado afirmarse frente a presiones externas e internas, intentando reivindicar su soberanía y resistir modelos de dominación imperialista. Pero, por otro, su proceso político ha tenido consecuencias contradictorias para la democracia y la participación efectiva de la ciudadanía. El uso de la propaganda, la producción de narrativas uniformes y la debilitación de contrapesos institucionales, con frecuencia asociadas a la Revolución Bolivariana, muestran que la defensa de la soberanía no puede sacrificarse en el altar de un poder centralizado. Entonces, el orgullo nacional no puede reducirse a un relato simplista de confrontación entre buenos patriotas y traidores de la patria. La patria -esa comunidad histórica de personas- exige instituciones fuertes, respeto por la diversidad de voces y la garantía de derechos. La democracia no es un decorado de elecciones periódicas, sino la capacidad de las mayorías y las minorías de convivir en un espacio de deliberación y decisión compartida. Defender la democracia es defender la patria.

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