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  • Venezuela, el ensayo de una nueva Doctrina Monroe

    » Clarin

    Fecha: 06/01/2026 15:00

    Estados Unidos volvió a intervenir militarmente en América del Sur, reactivando en violación del derecho internacional una lógica que la región consideraba superada y que confirma el viraje de Washington hacia una política de poder abierta. La operación rompe un largo paréntesis: Sudamérica llevaba casi un siglo sin una acción militar abierta de Estados Unidos. Y se inscribe en la secuencia de intentos de cambio de régimen ensayados en distintas partes del mundo, una práctica que Donald Trump había prometido abandonar durante su campaña de 2016. No lo hizo. Muchas críticas a la intervención se apresuraron a aclarar su rechazo al régimen autoritario de Maduro. Pero ese no es el punto central. Condenar la acción militar estadounidense no implica una defensa del chavismo, sino del derecho internacional y del orden multilateral. La legalidad no admite excepciones por conveniencia política. La aplicación de la ley penal estadounidense a un jefe de Estado extranjero supone una ruptura directa del sistema de reglas que el propio Estados Unidos impulsó tras la Segunda Guerra Mundial. La decisión se inscribe en el Corolario Trump de la Doctrina Monroe, explicitado en su Estrategia de Seguridad Nacional. El dominio estadounidense en el Hemisferio nunca más será cuestionado, afirmó Trump. La Doctrina Monroe es una gran cosa, pero nosotros la hemos superado por mucho. La intervención en Venezuela traduce esa concepción del mundo dividido en esferas de influencia, donde la fuerza se impone a las reglas multilaterales y el poder desplaza a la diplomacia. ¿Fue el petróleo el detonante? Trump pareció sugerirlo: No estamos en eso, ahora lo importante es el petróleo. Sin embargo, el secretario de Estado, Marco Rubio, introdujo una aclaración decisiva: No necesitamos el petróleo de Venezuela. Tenemos mucho petróleo en Estados Unidos. Lo que no vamos a permitir es que la industria petrolera en Venezuela sea controlada por adversarios de Estados Unidos. Rusia, China e Irán completan el mensaje. La lógica es clara. Estados Unidos busca reafirmarse como potencia continental y ejercer control sobre lo que define como su vecindario, manteniendo a América libre de influencias extrahemisféricas en materia militar, económica y tecnológica. En ese marco deben leerse también las alusiones inmediatas de la Casa Blanca a Cuba, Colombia e incluso a México. Venezuela expone, además, el fracaso de la diplomacia regional. Pese a los esfuerzos realizados en particular por el presidente brasileño Lula da Silva, América Latina fue incapaz de articular una salida política. Cuando la política se retira, la fuerza avanza. Y el costo es regional y sistémico. Atrapada una vez más en su péndulo ideológico, la región se inclina hacia gobiernos alineados con Washington con la Argentina automáticamente adherida, debilitando cualquier intento de construir una posición común basada en la autonomía estratégica. La reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU volvió a exhibir los límites del multilateralismo: discursos condenatorios, ninguna resolución. Otro síntoma del deterioro del orden internacional basado en reglas e instituciones surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Venezuela se suma así a Ucrania y Gaza como señal de una época en la que el caos no es ausencia de orden, sino el resultado de intentar imponerlo por la fuerza. Sobre la firma Newsletter Clarín

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