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» TN
Fecha: 06/01/2026 09:45
Es harto sabido que las democracias, salvo excepciones, no empiezan las guerras, pero suelen ganarlas. Este hecho ha abonado una excesiva autoconfianza, y dos creencias peligrosas y muy extendidas en nuestro tiempo: - primero, que las democracias pueden sobrevivir con un gasto decreciente en defensa porque podrán aumentarlo a tiempo cuando lo necesiten - segundo, que su obligación es promover siempre la paz y la resolución pacífica de los conflictos entre Estados, salvo que sean directamente agredidas. Fruto de la combinación entre esas creencias, las democracias han tendido a desarmarse en dos sentidos simultáneos: frecuentemente no están en condiciones de asegurar su defensa frente a amenazas imprevistas de otros Estados, y se atan a reglas incluso frente a regímenes que no las respetan. Con lo cual les dan ventajas injustificadas a las dictaduras: estas pueden hacer y deshacer a su gusto en el concierto mundial, invadir estados vecinos, interferir en sus asuntos internos, conseguir todo tipo de ventajas vía amenazas, porque las democracias solo responderán protestando en foros internacionales puramente declamativos y esperando que, a la larga, la historia les dé la razón, porque los pueblos sometidos a autocracias a la corta o a la larga se cansen de ellas y las derroquen. Leé también: Donald Trump en Venezuela: una diplomacia del garrote que desorienta al mundo entero Pero en el mundo actual esta última presunción, que las autocracias disminuirán y declinarán irremediablemente con el progreso espontáneo de las sociedades, está claramente en cuestión: en todos lados se multiplican, muchas de ellas prosperan, incluso se vuelven para muchos un modelo a seguir, por sus avances económicos, frente a democracias inestables, conflictivas y desprestigiadas. El caso América Latina En América Latina, esta moda autoritaria está afortunadamente en problemas desde que la estrella rutilante del chavismo de los primeros años del siglo empezó a languidecer, y más todavía desde que se hundió con el colapso económico y el exilio masivo. Pero nada indica que haya quedado atrás: el mismo populismo radicalizado que, auspiciado por el régimen venezolano, estaba en auge en el sur del continente hace unos años, es el que ahora florece en México, retrotrayendo la democratización que ese país atravesó a fines del siglo pasado; y nuevas formas de autoritarismo, como el que ha surgido en El Salvador, toman la posta contra el pluralismo democrático. Es en este marco que conviene discutir el caso venezolano, y la intervención militar norteamericana que busca destrabar el statu quo imperante al respecto desde que ese régimen logró burlar todos los intentos lanzados por organismos internacionales y otros gobiernos democráticos en las últimas décadas, para negociar un restablecimiento de su orden constitucional. Y primero hay que entender por qué esos intentos fracasaron. Se debió, ante todo, a que el chavismo supo aprovecharlos a su favor, cínicamente, para ganar tiempo y seguir destruyendo a los disidentes y opositores domésticos. Pero también a las reglas de juego (la diplomacia pacífica y respetuosa de la soberanía) a las que se ataron sus interlocutores, que les impidieron evitarlo. Y a una preferencia implícita y más inconfesable, de dichos interlocutores: ellos prefirieron ese resultado a la alternativa, romper lanzas con el chavismo considerándolo tajantemente como una amenaza intolerable para sus países y sus regímenes políticos. Es que la convivencia con la dictadura, para los socialistas españoles, para el papa Francisco, y para el PT brasileño, para no hablar de los aún más hipócritas del Grupo de Puebla, no era finalmente tan difícil, y podía resultar hasta ventajosa. Ninguno de ellos amenazó siquiera con expulsar al régimen chavista de los organismos regionales o excluirlo de sus intercambios comerciales o de acuerdos aún más comprometedores. Prefirieron convivir porque finalmente tanto no les molestaba, podían considerarlo un compañero de ruta, tal vez algo descarriado, pero compañero al fin. Leé también: El infierno de Nueva York: así es la cárcel de máxima seguridad donde está detenido Nicolás Maduro Es a esa complicidad que debemos, en gran medida, el récord de millones de exiliados, miles de muertos y torturados. Y es ese fracaso el que ahora hay que remontar, haciendo un trabajo sucio que seguramente, de haberse encarado la cuestión en serio años atrás, podría ser mucho menos sucio y muchísimo menos complejo que ahora. Pocas dictaduras caen solas. En general, necesitan además de mucha resistencia interna y discordancias entre sus defensores y una buena dosis de presión externa. Y las democracias tampoco se sostienen solas: sin la voluntad y los recursos necesarios para que se defiendan de sus enemigos, no va a haber efecto demostración que alcance para asegurar su supervivencia. Es bueno recordarlo cada vez que alguien levante la bandera de la soberanía y la no injerencia.
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