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  • La universidad frente a los padres que no sueltan

    » Clarin

    Fecha: 06/01/2026 06:23

    Una vieja sospecha encontró confirmación, hace un tiempo, mediante una imagen mínima, casi banal: un cartel colocado en la Universidad de Granada que reza, con una calma burocrática que suena a manifiesto, El Vicedecanato de Prácticas no atiende a padres. Todo el alumnado matriculado en Prácticas es mayor de edad. La foto se volvió viral y desató una tormenta de comentarios. Pero más allá de la anécdota, el cartel señala un cambio de época: la necesidad de recordarle a los adultos que los adultos son sus hijos. Recuerdo de cuando me desempeñaba como director de una carrera universitaria, hace algunos años, una escena que se repetía en mi despacho, con una frecuencia casi ritual: un estudiante - 17 o 18 de edad, algo tenso, con la vista en el piso o la ventana - acompañado por sus padres que, apenas sentados, desplegaban sus preguntas. Yo respondía con la mirada en el aspirante, intentaba hacerle entender que la conversación era con él, que el asunto le concernía directamente. Pero el gesto no surtía efecto: los padres hablaban, el hijo callaba. Entonces intuía que algo se había desplazado, que la universidad ya no era el umbral de la adultez sino la prolongación del hogar. La noticia reciente desde Granada lo reavivó. No se trata de un caso aislado. Cada vez más docentes - en España, Argentina o cualquier país con universidades masivas - relatan la misma escena: padres que escriben correos para justificar una inasistencia, que exigen explicaciones por una calificación o que, incluso, se presentan en persona para hablar del futuro del muchacho. Lo que antes era impensable hoy se asume con naturalidad. El adulto que estudia se ha convertido en un adulto representado; el aula, en no pocas situaciones, un escenario con ventrílocuos. Muchos jóvenes, lejos de emanciparse, cambian de tutores. Y los padres, sin mala intención, prolongan ese papel hasta el aula universitaria; creen que acompañan y en realidad impiden. Quizás valga recordar a Nietzsche cuando advertía a quien no puede obedecerse a sí mismo, se le manda. La auténtica tarea de la educación y de la paternidad no es proteger indefinidamente sino enseñar a autogobernarse. En los claustros todavía se repite la vieja idea de que el estudiante universitario ya sabe lo que quiere. Pero ¿cuántos llegan sabiendo siquiera formular una pregunta sin mirar de reojo a sus padres? La hiperpaternidad, modo de criar en que el amor se confunde con el control, borra la frontera entre cuidar y dirigir. El resultado es una juventud adulta en edad, pero no en autonomía emocional. En otras épocas, la escuela y la universidad estaban separadas por un umbral simbólico: ingresar en la segunda implicaba asumir cierta distancia respecto de la tutela familiar y escolar. Hoy ese límite se ha vuelto poroso. Ya no se pregunta a los jóvenes si desean estudiar en la universidad, sino qué van a estudiar. La continuidad se da por sentada, como si la educación fuese una autopista sin desvíos, donde detenerse a pensar pudiera considerarse una infracción. La universidad, así, deja de ser una elección para convertirse en la prolongación administrativa del colegio. Cambia el edificio, pero no la lógica de dependencia. Lo que se posterga no es el ingreso al mundo adulto, sino el ejercicio mucho más arduo y menos glamoroso de decidir por cuenta propia. Que una universidad deba colocar un cartel para aclarar que los padres no serán atendidos parece cómico. Pero ese gesto en apariencia burocrático encierra una declaración política: aquí comienza la autonomía. El vicedecanato no prohíbe a los padres amar a sus hijos; simplemente recuerda que el contrato universitario se firma entre la institución y el estudiante. No entre familias. La escena cotidiana del padre que se sienta frente al profesor para resolver un problema académico expone una fisura cultural. La educación superior, espacio donde uno debería aprender a equivocarse, se convierte así en un terreno donde el error es gestionado, explicado, amortiguado por terceros. El aprendizaje se terceriza, como si la experiencia de crecer pudiera subcontratarse. Quizás sea hora de preguntarse si la universidad sigue formando adultos o si se ha convertido en un dispositivo de prolongación adolescente. Las facultades no pueden limitarse a impartir conocimientos; deben volver a ser espacios donde el sujeto se reconozca como agente de su propio destino. Eso implica algo tan elemental - y hoy tan revolucionario - como hablar por sí mismo. No se trata de expulsar a los padres del proceso educativo, sino de devolverles su lugar simbólico. Acompañar no es sustituir, ni representar, ni negociar. Es soltar. Y, paradójicamente, ese acto de soltar puede ser el más amoroso de todos. Vuelvo a aquel escritorio donde un muchacho miraba al piso mientras su madre preguntaba por los requisitos de ingreso. Yo insistía en que él respondiera, aunque me devolviera una frase tímida o un balbuceo. Era su voz la que debía empezar a existir. Ese momento pequeño, incómodo, profundamente humano, era su primer examen. El cartel granadino, que tantos interpretaron como una afrenta, dice algo más profundo: Este espacio es tuyo, si te animás a ocuparlo. La universidad comienza donde los padres terminan. Pero más que enseñar a hablar, debería recuperar su sentido originario: ser el primer ámbito donde una decisión propia se pone en juego. La adultez, como la libertad, no se hereda ni se delega. Se ejerce. Tal vez el gesto verdaderamente revolucionario de esta generación no sea romper con los padres, sino decidir por cuenta propia cuándo y para qué estudiar. Sobre la firma Newsletter Clarín

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