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Villaguay » APonlineVillaguay
Fecha: 05/01/2026 12:09
(AP Noticias) Por María Lucia Amoroto Venanzi. Mis reyes magos y los regalos que perduran - Foto Calendarr Por María Lucia Amoroto Venanzi. Mis reyes magos y los regalos que perduran A mi siempre los Reyes Magos me traían sorpresas. Una vez me trajeron una muñeca de cartón. No era de las que caminaban ni cantaban. Era simple, pero para mí era un tesoro. La muñeca tenía los brazos, los hombros y las piernas articuladas con unos ganchitos chiquitos, y así se podían mover. Venía con ropita para recortar: remeritas, polleritas, medias, zapatitos, hasta un sombrero. Cada prenda tenía una pequeña lengüeta de papel que se doblaba por detrás, en los hombros o en la cintura, y así quedaba puesta. Yo la vestía según el momento del día. Para ir a la escuela, le ponía el guardapolvo y un moñito en el pelo. Para salir a pasear, otra ropa y una carterita, siempre de papel, claro. Para cocinar o sentarse a comer, un conjunto distinto. Hoy le dirían outfits, pero para mí era simplemente jugar a vivir. En la vida de mi muñeca de cartón, no existían las carencias de la vida real. Porque tuve la gran idea de copiar todo el vestuario original, sobre papeles de regalo que encontraba registrando los cajones de los roperos de mi madre. Así mi muñeca tuvo las mejores galas. La llevaba a fiestas importantes, en salones lujosos hechos con cajas forradas. Así pasaban mis días, cambiándole la ropa, inventándole rutinas, haciéndole vivir, una vida que yo no tenía, pero que disfrutaba de su suerte y la acompañaba en silencio. Era una muñeca de cartón, sí pero estaba llena de imaginación, de tiempo compartido y de esa magia sencilla que solo la infancia sabe crear. Otra vez, los Reyes Magos me dejaron un regalo que todavía vive en mi memoria: los famosos ladrillitos Rastin. Eran ladrillitos de colores, que se encastraban unos con otros blancos, rojos y amarillos y venían con techitos de cartón, ventanitas que se colocaban una por una, y hasta rueditas para armar autos. Traían un manual con modelos para construir, pero para mí eso era solo una sugerencia. Recuerdo especialmente la Torre Eiffel. Era complicada, alta, frágil. Carlos, mi hermano, mucho mayor que yo, se sentó a mi lado y me ayudó a armarla. Ese momento quedó guardado para siempre: las manos grandes ayudando a las mías, la paciencia, el tiempo compartido. Con esos ladrillitos no solo armaba lo que decía el diseño. Yo construía casitas que no existían, ciudades inventadas, lugares donde me hubiera gustado vivir. Cambiaba las formas, mezclaba piezas, probaba una y otra vez. Ahí empezó, sin que yo lo supiera, esa manera mía de soñar despierta. Ese juego despertó algo profundo en mí. La imaginación, la libertad de crear, la idea de que no todo tiene que estar escrito para ser real. Siempre fui soñadora. Siempre armé cosas que no existían y quizás, sin saberlo, esos ladrillitos fueron los primeros cimientos de todo eso. Pero a partir de los seis años, algo cambió y la economía de los reyes también. Yo soñaba con una de esas muñecas que caminaban solas y cantaban cuando les ponías un disco en la espalda. La esperé con todas mis ganas. Pero esa mañana, en los zapatos, no había una muñeca: había un libro. Y una nota que decía: Leé, soñá y no pierdas la imaginación. A esa edad yo ya leía muy bien y al el libro lo leí muchas veces y me gustó. Al año siguiente volví a esperar la muñeca y otra vez los Reyes trajeron un libro. Esta vez la nota decía: Los libros te van a llevar lejos, aunque no salgas de casa. Yo ya sabía que los Reyes eran mis padres, pero igual leía esos mensajes como si vinieran de otro lugar. Un año más pasó, y de nuevo apareció un libro en los zapatos. La nota, escrita con la misma letra, decía: Cuidá las palabras, porque un día te van a ayudar a entender el mundo. El próximo año fue distinto. Esa vez, en mis zapatos aparecieron unos lápices de colores y una caja de acuarelas. Tal vez para otros era un simple regalo. Para mí fue una puerta. Con esos colores empecé a pintar el mundo como yo hubiera querido que fuera. Un mundo más lindo, más brillante. En mis dibujos siempre había flores, cielos claros, casas con puertas abiertas, sonrisas. No había enojo ni tristeza: todo estaba envuelto en calma y en amor. Mientras pintaba, el tiempo no corría. Me perdía mezclando colores, inventando paisajes, soñando despierta. Sin darme cuenta, estaba diciendo con pinceles lo que todavía no sabía poner en palabras. Creo que ahí aprendí algo importante: Cuando la realidad duele o es dura, uno puede crear otra, aunque sea en una hoja en blanco. Y ese gesto, tan simple, también es una forma de esperanza. Los Reyes lo sabían. Por eso no siempre trajeron lo que yo esperaba pero siempre trajeron lo que me ayudó a ser quien soy. Hoy, ya grande, cuando recuerdo esos días, entiendo todo. Esos libros me abrieron un camino que ningún juguete me hubiera dado. Por eso creo que los Reyes Magos, a veces, no traen lo que esperamos pero muchas veces traen algo que nos acompaña durante toda la vida. Villaguay 2026-01-05
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